LA VOCACIÓN: UNA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO

Toda vocación presupone un encuentro con Cristo, un diálogo con Él, una aceptación de su propuesta. Ya sea que una vocación madure de forma gradual, lenta, a través de etapas jalonadas en el tiempo, como sucede más generalmente; ya sea que la gracia del Señor golpee casi repentinamente, sobre un nuevo «camino de Damasco», como un chispazo, como una experiencia imprevista, que después se va precisando en el tiempo, la vocación es siempre y en cualquier caso una experiencia «de encuentro»: es el Tú de Dios que se hace presente en el corazón de una persona y la interpela, la invita y solicita una respuesta. Este encuentro (o encuentros) suele ir acompañado por una búsqueda de silencio y de lugares solitarios; de una o varias preguntas que resuenan insistentemente en el corazón; de una “humilde certeza”, de una palabra o de una luz que te empuja a dar el paso, aun sin tenerlo todo claro. 

En la experiencia vocacional de San Francisco podemos descubrir cada uno de estos elementos: 

- La suya es, ante todo, la experiencia de una necesidad nueva y profunda de soledad y de silencio: del «desierto», para reencontrar las vibraciones de aquella palabra que, en una noche llena de estrellas, por las calles de Asís, le había enamorado y trastornado y «de tanta dulzura había llenado su corazón, que ni siquiera podía ya hablar». Basta leer a Celano (1Cel 6) y la Leyenda de los Tres Compañeros (cap. III), que presentaban al joven Francisco que se encierra durante horas en una gruta: «Desde entonces, escondiéndose de la mirada de los hombres, se retiraba todos los días a hacer oración, atraído secretamente por dicha dulzura del corazón, la cual, visitándole cada vez con más frecuencia, lo invitaba a la oración, alejándolo de las plazas y de otros lugares públicos».

- Es también la experiencia de una insistente pregunta del corazón, aun antes que de los labios: «¿Qué quieres que haga...?» Una pregunta tan insistente y tan profundamente enraizada en el corazón de Francisco que aflora hasta en sueños, en la noche de Espoleto: «¿Qué quieres que haga, Señor?» (Tres Compañeros 6).

- Y es, finalmente, la experiencia de la escucha de una Palabra que florece en el silencio, delante del Crucifijo de San Damián: «Francisco, ve y repara mi casa...», a la que sigue una pronta respuesta: «Lo haré con gusto, Señor» (Tres Compañeros 13).

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

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