ADVIENTO: UNA NUEVA OPORTUNIDAD DE GRACIA

Vivimos en un mundo que cambia con una rapidez increíble: los cristianos no podemos permitirnos el lujo de vivir «distraídos», de dejarnos «dis-traer», de dejarnos llevar aquí y allá en vez de estar centrados en lo esencial, en una vida interior continuamente custodiada, renovada y fortalecida. La Iglesia, un año más, está a punto de regalarnos un tiempo precioso para «tomar el pulso» a nuestra vida de fe y a la esperanza que hay en nosotros: el Adviento. Durante este tiempo, si así lo queremos, sentiremos que la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de la Virgen María, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor, el único que salva y consuela realmente.

Sí, queremos estar despiertos, con las manos, los ojos y el corazón bien abiertos, como aquél que permanece vigilando, ¡como el más sagaz de los centinelas!, preparados para salir al encuentro del Señor apenas sintamos sus primeros pasos. La Iglesia necesita centinelas, hombres y mujeres que jamás dejen de esperar y de velar en su corazón. Para ello es necesario, como hacía san Francisco, ¡uno de los mejores centinelas que ha tenido la Iglesia!, que aprendamos a dar gratuitamente un poco más de tiempo al Señor en nuestra vida; que creemos amplios espacios de silencio y escucha para custodiar su Palabra a fin de que ésta sea nuestra lámpara; y que renovemos nuestra fe, es decir, la decisión firme de confiar nuestra propia vida a Aquel que es el único que puede darle plenitud en el tiempo y abrirla a una esperanza que lo transciende.

Vivamos este tiempo de espera junto a la Virgen María, nuestra Señora del Adviento. Pongamos nuestra mano en la suya y entremos con alegría en esta nueva oportunidad de gracia que Dios nos regala. Dejémonos guiar por Ella, para que reavive en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado en el mundo entero, de que venga su reino de justicia y de paz, y de que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. 

¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!

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