HAZ DE MÍ LO QUE QUIERAS


Franquear muchas barreras, vencer muchos miedos y atreverse a hacer ese acto de confianza que nos abre sin condiciones a una llamada venida de fuera. San Francisco también tuvo que recorrer este mismo camino hasta poder exclamar de verdad: «De aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza» (LM 2,4). El hombre que no es capaz de abrirse a la confianza, que no se reconoce en manos de Otro, se constituye en centro absoluto y, poco a poco, cae en la trampa del dominio, de la apropiación, del acaparamiento. ¿Por qué? Porque si Dios no es su origen, el hombre debe «hacerse a sí mismo» él solo, a pulso. Se siente frágil. Tiene miedo. Y disfrazará su miedo, su fragilidad, poseyendo o dominando o excluyendo a los demás. Francisco descubre que el secreto está en hundir sus raíces en otra parte, en Otro, con total confianza. 

Entonces, superada la barrera de la desconfianza, liberado de todo tipo de seguridad en sí mismo, en lo sucesivo estará disponible en las manos del Padre, ¡las mejores!: Haz de mí lo que quieras. Su vuelta al «corazón del Evangelio» comienza por apostar por la paternidad de Dios. Un camino que irá siempre a más... No tengas miedo de decir: Señor, pongo mi vida en tus manos. ¡Haz de mi lo que quieras! 

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

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