12 de noviembre de 2013

LO NUEVO QUE ESTÁ NACIENDO ES IMPARABLE, ¿QUIERES SUMARTE?


Son muchos los que piensan que la vida religiosa está atravesando un áspero período de éxodo o de purificación, especialmente en Europa. Tiempo en el que se nos pide aprender de nuevo a ser caminantes confiados hacia una tierra nueva que no conocemos, y no fieles a las cebollas de un tiempo que ya no existe. Si queremos ser fieles y no morir en este duro desierto (¡Dios no lo quiere!) tendremos que recrear nuestra vida por más que tengamos mucha vida hecha o muy hecha nuestra vida. Y esto es lo que quiere Dios, aquella fidelidad que no se conforma con enterrar lo recibido y conservarlo intacto (Mt 25, 14-30). Nosotros, franciscanos, tenemos un tesoro que ofrecer, que es nuestro carisma, todo entero: la centralidad de Dios y el seguimiento radical de Cristo; la vida en fraternidad y en pobreza evangélica; la “minoridad” como forma de ser y de estar en Iglesia y ante toda criatura; la sencillez de una vida centrada en lo esencial; etc. 

Tenemos sobrados motivos para vivir con esperanza este tiempo, pero sin dormirnos en los laureles... Una esperanza que tiene que empujarnos a superar el miedo a lo nuevo y a desprendernos del «siempre se ha hecho así», que tanto daño hacen a nuestras fraternidades. Una esperanza que puede ayudarnos a mirar con atención las situaciones preocupantes que nos rodean para captar los signos de una posible renovación, lo que «todavía queda por hacer» con la ayuda del Señor. Sin añoranzas ni lamentaciones. Una esperanza que viene de lo alto y que es capaz de transformar el corazón antes incluso de que maduren y cambien los acontecimientos a nuestro alrededor. Una esperanza que quiere sembrarse en lo más hondo de nuestra alma franciscana para ponernos de nuevo en camino y arriesgar: por Cristo, por el Evangelio, por la Iglesia... La situación actual, asumiendo su gran complejidad, contiene numerosos gérmenes de vida, prometedoras expectativas y no pocos interrogantes y desafíos positivos que nos deberían estimular para que una vez más “demos razón de la esperanza que hay en nosotros” (1Pedro 3,15) y la expresemos visiblemente con un estilo de vida significativo y confesante que transparente la alegría de haber encontrado a Cristo, de haberle entregado lo mejor de nuestra vida y el agradecimiento por habernos llamado a su seguimiento junto a otros hermanos. Una certeza nos sostiene: El carisma que Dios regaló a su Iglesia a través de san Francisco y santa Clara es capaz de renovarse y de vencer una y otra vez inercias y estancamientos.

No andéis recordando otros tiempos,
ni se queden vuestros sueños en las cosas del pasado.
Yo estoy haciendo algo nuevo,
¿no lo notáis? (Isaías 43)

¡Al Señor Jesús, nuestra única esperanza, gloria y bendición!