17 de noviembre de 2013

SANTA ISABEL DE HUNGRÍA: LA FUERZA QUE CAMBIA EL MUNDO

Hoy celebramos la fiesta de santa Isabel de Hungría, patrona de la Orden Franciscana Seglar. Y es que, un Viernes Santo, después de los oficios litúrgicos, cuando ya habían desvestido los altares en la iglesia, se arrodilló ante uno de ellos y delante de varios frailes franciscanos hizo voto de renuncia de todos sus bienes y de pobreza, como San Francisco de Asís, y consagró su vida al servicio de los más pobres y desamparados. Cambió sus vestidos de princesa por un simple hábito gris de penitente, hecho de tela burda y ordinaria, y los últimos cuatro años de su vida (de los 20 hasta los 24 años) se dedicó a atender a los pobres enfermos del hospital que había fundado. En el testimonio luminoso de su breve vida (murió con tan solo 24 años) vemos que la fe y la amistad con Cristo crean el sentido de la justicia, de la igualdad de todos, de los derechos de los demás, y crean el amor, la caridad. Y de esta caridad nace también la esperanza, la certeza de que Cristo nos ama y de que el amor de Cristo nos espera y así nos hace capaces de imitar a Cristo y de ver a Cristo en los demás. Santa Isabel nos invita a redescubrir a Cristo, a amarlo, a tener fe y de este modo a encontrar la verdadera justicia y el amor, así como la alegría de que un día estaremos inmersos en el amor divino, en el gozo de la eternidad con Dios. 

ORACIÓN

Santa Isabel, de Hungría y de los pobres, hecha oración, limosna, cruz y canto, con el amor en flor fuiste creciendo, viviste sus fragancias derramando. Nada secó tal fuente de bondades, ni arrancó la dulzura de tus labios, nada te reservaste codiciosa, tú misma te ofreciste en sacrificio. Todos cabían en tu corazón, hondo, anchuroso mar, limpio y magnánimo, entero para Dios, para tu esposo, tus hijos y los más necesitados. Madre de fortaleza y de ternura, las de Dios prolongabas en tus manos, don incansable en hambres y en pobreza, paño en el llanto, en las heridas bálsamo. Radiante te volvía tu oración, radiante los desprecios y quebrantos; abrazada a la cruz de tu Señor, luz de Pascua irradiaban tus calvarios. Joyas y honores despreciaste, viendo a tu Rey con oprobios coronado, de Francisco el espíritu heredaste, pan y albergue ofreciendo y mendigando.

¡Al Señor Jesús, pobre y humilde, gloria y alabanza!