CRISTO EN EL CORAZÓN

María es la casa de Dios. Francisco la saluda de esta manera: ¡Salve, palacio de Dios! ¡Salve, tabernáculo de Dios! ¡Salve, casa de Dios! Pero traslada esa realidad a la vida cristiana: «Y hagamos siempre en nuestro corazón y en nuestra mente habitación y morada a Aquel que es el Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo». Dice en otro lugar: «...el Espíritu del Señor, que habita en sus fieles...». Y, personalmente, San Francisco vive tan intensamente esta realidad que Tomás de Celano puede escribir de él la siguiente frase sorprendente y maravillosa: «En todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre, llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos».

Lo dicho anteriormente nos ayuda a entender mucho mejor lo que acaeció en Greccio, la noche de Navidad. A Francisco se le concedió llevar en sus brazos al Niño que llevaba constantemente en su corazón. El Niño Jesús estaba muy despierto en sus brazos, a la par que lo daba a luz sin cesar con su vida de oración y de amor, e invitaba así a todos los asistentes a hacer lo mismo: «No carece esta visión de sentido, puesto que el Niño Jesús, sepultado en el olvido de muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados» (1Celano 86). Como la Virgen María, todo cristiano está llamado a llevar a Cristo en el corazón por la fe para ofrecerlo luego visiblemente al mundo.

¡A Cristo, Palabra hecha carne, gloria y alabanza!

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