8 de diciembre de 2013

NO HA NACIDO MUJER COMO ELLA

Iglesia de los Franciscanos Conventuales de Siena.
La Inmaculada entre San Francisco y San Max. Kolbe 
El amor del Santo de Asís por la Madre del Señor es evidente desde la época de su conversión: el joven caballero Bernardo de Quintavalle, que lo hospedó algunas veces en su casa y se convirtió, después, en el primer y más fiel compañero de Francisco, observando su comportamiento “lo veía pasar las noches en oración, durmiendo poquísimo y alabando al Señor y a la gloriosa Virgen su Madre” (Tomás de Celano, Vida segunda 24).

Su amor especial por la Madre del Señor se manifiesta también en la elección de la Porciúncula, “una iglesita dedicada a la Virgen: una construcción antigua, pero entonces del todo descuidada y abandonada. Cuando el hombre de Dios la vio tan abandonada, empujado por su fervorosa devoción por la Reina del mundo, puso allí su morada, con intención de repararla” (San Buenaventura, Leyenda mayor II, 8). 

Una característica de María que llenaba de alegría a Francisco y lo hacía especialmente devoto de ella era su maternal misericordia; es ella, “la Madre de la misericordia”, la que obtiene para Francisco la gracia de su vocación; a ella, “Reina de misericordia”, invita el Santo a dirigirle oraciones en las dificultades (Tomás de Celano, Tratado de los milagros 106). Pero, sobre todo, la misericordia de María se manifiesta con ocasión de la concesión del “Perdón de Asís”, episodio que marca el triunfo de la misericordia de Dios y de la atenta intercesión de la Madre. 

Escribiendo sus últimas voluntades a Clara, afirma con sencillez y convicción: “Yo, el hermano Francisco pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza del altísimo Señor nuestro Jesucristo y de su Santísima Madre, y perseverar en ella hasta el final”. Por eso, para san Francisco, la Virgen María no es solamente una obra maestra de la gracia para contemplar, sino, sobre todo, un modelo de fe y un estilo de vida creyente. Aun así reconocerá que no ha nacido en el mundo ninguna semejante a ella entre las mujeres (Oficio de la Pasión): por su belleza, por su santidad, por su fuerza, por su obediencia, por su humildad y pobreza de corazón... En ella "estuvo y está la plenitud de la gracia y todo bien" (Saludo a la BV María). 

Como franciscanos, nuestra confianza en la intercesión eficaz de la Inmaculada Madre de Dios y nuestra gratitud por la ayuda que experimentamos continuamente quieren ayudarnos a comprender la amplitud y profundidad de nuestra vocación. María quiere hacernos comprender con maternal delicadeza que toda nuestra vida debe ser una respuesta al amor rico en misericordia de nuestro Dios. Como si nos dijera: Entiende que Dios, que es la fuente de todo bien y no quiere otra cosa que tu verdadera felicidad, tiene el derecho de exigirte una vida que se abandone totalmente y con alegría a su voluntad, y se esfuerce en que los otros hagan lo mismo. Donde está Dios, allí hay futuro. En efecto: donde dejamos que el amor de Dios actúe totalmente sobre nuestra vida y en nuestra vida, allí se abre el cielo. Allí, es posible plasmar el presente, de modo que se ajuste cada vez más a la Buena Noticia de nuestro Señor Jesucristo. Allí, las pequeñas cosas de la vida cotidiana alcanzan su sentido y los grandes problemas encuentran su solución.

¡Al Señor Jesús, Hijo de María, honor y gloria!