10 de abril de 2014

CONFESIÓN Y VOCACIÓN

Aunque a alguno pudiera parecer esta conexión un tanto forzada, lo cierto es que entre el sacramento de la confesión y el camino de la vocación hay un nexo de unión muy profundo. Partimos de esta premisa: Dios habla al corazón, a la propia conciencia. Por lo tanto, es necesario tener muy afinada la conciencia y nuestra sensibilidad interior si queremos oír la llamada. Siendo sinceros con nosotros mismos, hemos de reconocer que nuestra conciencia no siempre anda muy afinada y, con mucha frecuencia, nos sentimos asediados por una realidad opresiva con la que, por otra parte, parece que tenemos complicidad. ¡El pecado lo enturbia y lo distorsiona todo! Necesitamos que nos salven de la esclavitud a la que estamos sometidos y de las consecuencias que el pecado conlleva. Es necesario que Dios nos re-cree y nos renueve constantemente. De otra manera, ¿cómo podríamos conocer su voluntad? ¡Necesitamos su mismo Espíritu de vida en nosotros! 

Hace unos días, el Papa Francisco decía que "el primer protagonista del ministerio de la reconciliación es el Espíritu Santo. El perdón que el sacramento confiere es la vida nueva transmitida por el Señor Resucitado a través de su Espíritu". Esta es la súplica que nos salva (y no las promesas de cambio que apenas duran en nuestro viejo corazón), pues solo la humildad nos abre a la acción transformadora de Dios: Danos tu EspírituPor eso, es muy importante que te acerques con frecuencia al sacramento de la reconciliación a través del cual Dios Padre renueva en ti el Espíritu de Cristo que recibiste en el bautismo: espíritu firme, que en él no dejó espacio al pecado cuando se encontró frente a la tentación; espíritu santo, que reflejando el del Padre solo exhalaba en él palabras y acciones de vida; espíritu generoso, que te haga vivir como él para los demás sabiendo que la vida del amor nunca se agota, que siempre resucita, aunque pase por la muerte.

El pecado es más que un comportamiento incorrecto; tampoco es una debilidad psíquica. Es la separación o rechazo, libre y voluntario, de Dios y con ello de la fuente de la vida. Ha sido definido como "una palabra, un acto o un deseo contrarios" al amor de Dios. En su dimensión más honda, el pecado es fruto de nuestra "complicidad" con el Mal de nuestro mundo y también del engaño de Satanás: incredulidad, indiferencia, egoísmo, violencia, envidia, erotismo, desprecio de los débiles, racismo, falsedad... El sacerdote, ministro del sacramento, nos concede el perdón en nombre de Dios y de la Iglesia, produciéndose en nosotros una verdadera "resurrección espiritual", una restitución de la dignidad y de los bienes de la vida de los hijos de Dios, el más precioso de los cuales es la amistad con Él y con los hermanos.

El hombre perdonado, ya reconciliado, lleno de alegría por saberse amado, experimenta que la fuerza del pecado parece ser débil frente a la fuerza sobreabundante de la misericordia de Dios. Esto es lo que produce alegría y nos permite avanzar sin miedo por el camino que Dios está abriendo ante nosotros, a pesar de nuestros límites: saber que la fidelidad de Dios hacia sus elegidos es fuerte por encima de toda fuerza, incluso de la del mayor pecado.

Amigo, ¡no lo dudes! Tenemos a Alguien que nos perdona, a Alguien que nos salva de la tristeza de nuestros pecados. Acércate a Él con humildad y dile: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores» (Papa Francisco). Nunca agradeceremos a Jesucristo lo suficiente el haber dejado a la Iglesia el poder de perdonar los pecados. ¡Aprovecha este regalo!, te ayudará a descubrir mucho mejor lo que Dios quiere de ti.

¡Al Señor Jesús, que cargó con nuestro pecado, gloria y alabanza!