28 de mayo de 2014

CONCEPCIÓN ANGÉLICA DE LA VOCACIÓN


La llamada de Dios no elimina nuestra condición de hombres, ni nos libera de los ratos de dudas, sufrimientos, soledades, desilusiones... ¡Ni tampoco de nuestra condición de pecadores! La vocación tenemos que abrazarla desde la debilidad. Debilidad de nuestro propio cuerpo, de nuestra psicología, de nuestro carácter, de nuestra voluntad... ¡Somos vasijas de barro que nos podemos romper en cualquier momento!, aunque Dios nos cuida para que nunca nos rompamos del todo y, también, para "reconstruirnos" una y otra vez. Igualmente, al abrazar la vocación, es importante no olvidar la "debilidad" de Dios en el mundo, que no ha querido actuar con su omnipotencia creadora sino con la fuerza del amor, de un amor que sirve, que respeta, un amor que calla y se deja matar para vencer la incredulidad y el orgullo de los hombres. Y, como el mismo Señor nos dijo: "el discípulo no puede ser más que su Maestro".  

La fuerza de la vocación consagrada reside en la verdad y el poder de Dios que está en Cristo y actúa por medio de sus "elegidos", transformando todas las realidades de nuestro mundo por medio del amor. Por este AMOR seremos marginados y despreciados en muchas ocasiones, porque, según la lógica del mundo, nuestra opción de vida está desfasada, superada... Sin embargo, el que es llamado por Dios con una especial consagración recibe la única fuerza capaz de transformar el mundo, la verdad del evangelio de la salvación que se nos ha confiado como el mejor de los tesoros y la fuerza del Espíritu Santo de Dios que viene siempre en nuestra ayuda, nos sostiene, nos consuela, nos defiende y renueva sin cesar en nuestro corazón el don de la alegría. 

Hoy, más que nunca, en la hora de los "feelings" y en la cultura de la imagen y de la apariencia, unos nos pedirán maravillas espectaculares, otros amoldarnos a los "nuevos tiempos", también eficiencia, resultados... o "callar" lo que no suena bien en nuestra sociedad. Nosotros tenemos que anunciar siempre la verdad, la bondad y el amor de Dios, ¡desde nuestra pobreza y debilidad!, manifestados en Cristo crucificado como centro, norma y esperanza del mundo.

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!