FIESTA DE SAN ANTONIO DE PADUA: «¡VEO A MI SEÑOR!»

Mosaico de San Antonio
Iglesia OFMConv. de Granollers
En el año del Señor de 1231, el 13 de junio, que era viernes, el bienaventurado padre y hermano nuestro Antonio, hispano de nación, emprendió el viaje común a todos los mortales y pasó felizmente al Reino de los cielos en la ciudad de Padua, en el convento de los frailes situado en la Arcella.

Una vez en el convento, se agravó su situación y, aumentando la violencia de su mal, daba muestras de cierta ansiedad. Tras un corto descanso, hecha la confesión y recibida la absolución, empezó a cantar el himno de la gloriosa Virgen que comienza así: “O gloriosa Señora”. Apenas terminó, levantó los ojos al cielo, y con la mirada perdida se quedó mirando al frente un buen rato. Como el fraile que lo sostenía le preguntara qué era lo que veía, respondió: “Veo a mi Señor”. Teniendo las manos extendidas y juntas las palmas, cantó completos con los frailes los salmos penitenciales. Aún resistió casi media hora hasta que se sumergió para siempre en el abismo de la claridad divina.

Una gran cantidad de niños comenzaron a gritar por las calles: “¡Ha muerto el padre santo! ¡Ha muerto san Antonio!”. Al oír esto, todas las gentes del lugar comenzaron a llegar hasta el convento para contemplar y venerar el cuerpo del santo.

«Un cristiano auténtico, iluminado por los rayos de la gracia al igual que un cristal, deberá iluminar a los demás con sus palabras y acciones, con la luz del buen ejemplo» (San Antonio de Padua). 
  
ORACIÓN: Dios y Padre nuestro, que mediante el testimonio admirable de tus santos fecundas sin cesar a tu Iglesia con vitalidad siempre nueva, te damos gracias y te bendecimos por el testimonio de vida evangélica de san Antonio de Padua, fiel predicador de tu verdad y defensor de los pobres y débiles; haz que, animados por su presencia fraterna, podamos crecer en la fe que obra por medio de la caridad, resplandeciendo cada vez más por la santidad de nuestra vida, y demos fiel testimonio ante el mundo de la verdad del Evangelio, luchando sin desfallecer contra el mal, el pecado y la injusticia hasta alcanzar, por tu gran misericordia, como san Francisco y san Antonio, la corona de gloria que no se marchita. Por Jesucristo nuestro Señor.

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