HACIA LA FIESTA DE SAN ANTONIO (2)

Los "tiempos" de Dios no son nuestros tiempos: la vida humilde y escondida en Montepaolo

San Francisco y San Antonio
Asís, Basílica inferior
Tras reponerse del terrible naufragio en costas sicilianas, Antonio se dirige a Asís, donde conocerá al hermano Francisco. Allí participa en el Capítulo de las esteras de 1221. Al finalizar, los ministros provinciales, como era costumbre, enviaron a sus lugares respectivos a los frailes a ellos encomendados, y sólo Antonio quedó abandonado en manos del ministro general, ya que, por ser desconocido y creerlo hombre inexperto y de poca utilidad, ningún ministro provincial lo había solicitado. Finalmente, llamando aparte el siervo de Dios Antonio a fray Graciano, que era entonces ministro provincial de la Romaña, empezó a suplicarle que, pidiéndolo al ministro general, lo llevase consigo a la Romaña. No hizo la mínima alusión a sus estudios, ni de su boca salió palabra de orgullo sobre su ejercicio del ministerio eclesiástico, sino que, escondiendo sus letras y su inteligencia por amor a Cristo, proclamaba querer saber, desear y abrazar a sólo Cristo, y éste crucificado.

Admirando fray Graciano la extraordinaria devoción de Antonio, accedió a sus ruegos y lo llevó consigo a la Romaña, al eremitorio de Montepaolo, donde, alejado de las gentes del mundo, se dedicó a la oración y a los trabajos más humildes.

En Montepaolo, San Antonio, después del Capítulo de las esteras de Asís, se retiró como un hermano desconocido, desorientado, extranjero. Sin duda, durante aquellos meses se preguntaría: ¿Dónde estoy? ¿Qué futuro me espera? ¿Qué proyecto me reserva Dios en sus manos? Lo que nadie podía imaginar es que aquellas semanas y meses en el más absoluto anonimato fueron verdaderamente providenciales, pues Antonio bajó del monte con el rostro radiante, el corazón "lleno" de Palabra de Dios y con todo su ser enardecido por la Buena Noticia del Evangelio que tenía que anunciar hasta el agotamiento...

Oración: Te suplicamos, Señor Jesús, que nos hagas tierra buena, para que podamos recibir la semilla de tu gracia y podamos dar frutos dignos de conversión, así mereceremos vivir eternamente en tu gloria. Te pedimos que nos lo concedas tú mismo, que eres el Dios bendito por todos los siglos. Amén. [Compuesta por el mismo San Antonio]. 

Eremitorio de Montepaolo (Forlí, Italia) - Convento OFM de Emilia-Romaña

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