22 de septiembre de 2014

MIRA EN TU CORAZÓN Y PIDE AYUDA

No es extraño que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al principio con nitidez. De ahí la tentación de no prestarle mucha atención y de ir posponiendo sin cesar el momento de afrontar el tema de una posible llamada del Señor... Sin embargo, queremos animaros a que, si os encontráis en esa situación, en vez de intentar escapar, pongáis en práctica dos sencillas recomendaciones. En primer lugar, orar, dialogar con Dios, rogarle que os haga ver con más claridad qué quiere de vosotros. Normalmente no lo hará por medios excepcionales, como a San Pablo camino de Damasco, sino que os dejará una cierta penumbra, quizá para no forzar vuestra libertad, para dejaros más iniciativa personal. En segundo lugar, pedir consejo a quien realmente os pueda ayudar y os oriente para descubrir la voluntad de Dios, en vez de a quien siempre os dice que no os compliquéis la vida. 

En una entrada anterior, vimos como San Francisco no tomaba una decisión, grande o pequeña, sin recurrir a la oración. Aun para elegir si ir a predicar a un país o a otro “oraba e invitaba a los hermanos a orar, para que Dios inclinase su corazón a ir allí donde fuese mejor, según la voluntad divina” (Leyenda Perusa 108). La oración, por tanto, era indispensable para él. Junto a ella, también Francisco buscaba descubrir la voluntad del Señor en las resonancias interiores que su espíritu iba gustando: la alegría, la dulzura que le inundan llegan a ser el signo de que cumple la voluntad de Dios. Así experimenta que cuando se determina por un gesto de misericordia, aunque éste repugne a su naturaleza, como el servicio a los leprosos, experimenta una especial dulzura interior, a diferencia de cuando se abandonaba a los placeres de otro tiempo, que lo dejaban vacío (2Celano 9).

Otro medio para descubrir lo que es mejor ante Dios es el diálogo con los hermanos y su consejo. En la Carta a un Ministro, refiriéndose a un problema concreto entonces suscitado, Francisco escribe que sería tratado en el capítulo general de Pentecostés, “con el consejo de los hermanos” (Leyenda menor 12). Cuando le vuelve la duda de si el Señor le quiere para la vida eremítica o para el apostolado, ora y hace orar, y habla largamente con los hermanos: “Hermanos, ¿qué decidís, qué os parece justo?” Luego manda pedir consejo a Fray Silvestre y a Santa Clara: su respuesta es para él “indicación de la voluntad de Dios”

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!