CRISTO SIGUE HABLANDO EN EL EVANGELIO... Y ¡CON QUÉ FUERZA!

Queridos amigos: Paz y Bien. Retomamos nuestro ritmo habitual, después del parón veraniego. En un museo de la ciudad de Barcelona se encuentran algunos lienzos muy interesantes sobre la vida del Pobrecillo de Asís. Pertenecieron al antiguo convento de San Francisco de la Ciudad Condal, que estaba situado junto al puerto actual hasta la desamortización de Mendizábal, con la que sobrevino la exclaustración de los frailes y la posterior demolición del convento. ¡Una pena! En uno de estos lienzos (imagen de la entrada) podemos ver representada la vocación de los primeros compañeros de Francisco: Bernardo y Pedro. 

  
Cuentan los biógrafos, que asistiendo Francisco a la misa en una iglesia de Asís, se sintió interpelado hasta tal punto por el Evangelio del día, el de la misión de los discípulos (Mt 10, 5-15), que pidió al sacerdote que se lo explicara, descubriendo en aquel fragmento del Evangelio una llamada personal de Cristo que le revelaba su verdadera vocación y misión. Inmediatamente puso en práctica la palabra de Jesús: se hizo un nuevo hábito, reducido a una sola túnica más pobre todavía, se ciñó con una cuerda, desechó el calzado y bastón de ermitaño, y, sin alforja, bolsa ni dinero, marchó a anunciar a todos la llegada del Reino por la conversión de los corazones. A todo el que encontraba le dirigía «el saludo que le reveló el Señor» (Test 23). Por todas partes «anunciaba la paz que viene de Dios, predicando la salvación» y llevando a Cristo a aquellos que estaban alejados de Él.
 
Poco después, el Señor le regaló sus primeros hermanos. El primero fue Bernardo, noble caballero de Asís. Y, junto a él, un tal Pedro. Francisco los llevó a Cristo, vivo y que habla en el Evangelio, yendo con ellos a una iglesia para pedirle «que les manifestase lo que debían de hacer». Pidieron a un sacerdote que les enseñase los textos evangélicos sobre «la renuncia al mundo», e inmediatamente los adoptaron como «forma de vida y regla para ellos y para todos los que quisieran unirse a ellos». Como advierte con agudeza el autor de la Leyenda de los Tres Compañeros, esto no fue más que el resultado de la transformación operada por Dios en Francisco y la confirmación ahora manifestada y comprobada de que su nueva vida no era fruto de otro capricho, sino obra de Dios.
 
Para obedecer a la llamada de Cristo, Bernardo y Pedro vendieron todos sus bienes y distribuyeron lo recaudado a los pobres, tomaron un hábito parecido al de Francisco y «desde entonces vivieron unidos según la forma del santo Evangelio que el Señor les había manifestado». Poco a poco comenzaron a llegar muchos más hermanos, de toda Italia, e incluso de otros países...
 
Sí, querido amigo, como recordó el Papa Francisco hace unos días, quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, permanece fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez... Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, se han sentido tan conmovidos por Jesús, que se han convertido a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano de “agua de rosas”. Cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el Reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. El Evangelio te hace conocer a Jesús verdadero, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí, dejas todo. Puedes cambiar efectivamente el tipo de vida, o seguir haciendo lo que hacías antes, pero tú eres otro, has renacido...”.  
 
Y concluía el Papa con esta petición: Leed el Evangelio, leed el Evangelio. Cada día leed un pasaje del Evangelio, y también llevad un pequeño Evangelio con vosotros, en el bolsillo, en la cartera. En cualquier caso tenedlo a mano. Y allí, leyendo un pasaje encontraréis a Jesús

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

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