DÍA 1º. EN EL CENTRO DE TODO: EL EVANGELIO DE CRISTO

San Francisco con el libro del Evangelio-Regla en su mano
Comenzamos la preparación a la fiesta de nuestro padre y hermano san Francisco, que celebraremos el próximo sábado, 4 de octubre. Cada día ofreceremos un breve texto de las Fuentes Franciscanas, con un comentario y su actualización.

Dice Tomás de Celano (2Cel 208) que “Francisco quería vivir con fidelidad la profesión común de la vida y de la Regla que había profesado junto con sus hermanos. Así es que decía a los suyos que la Regla es el libro de la vida, esperanza de salvación, médula del Evangelio, camino de perfección, llave del paraíso, pacto de alianza eterna. Enseñó que había que tenerla presente a todas horas, como despertador de la conducta que se ha de observar, y –lo que es más- que se debería morir con ella”.
 
Francisco entendió la Regla no sólo como un documento jurídico, sino como médula del Evangelio, esperanza, camino, llave, alianza... Para él y para sus hermanos vivir el Evangelio era el centro de todo. Vivir el Evangelio en su conjunto, lo que Cristo dijo y lo que hizo, “sine glossa”, sin referencias y sin ajustes o retoques, sobre todo sin diluirlo ni instrumentalizarlo; vivir anclados en el Evangelio en una actitud contemplativa, obediente y siempre decidida a ponerlo en práctica. Es sobre este centro que el franciscano está llamado a construir su vocación, su misión, su identidad.
 
La Regla, precioso documento que inspira nuestra vida, es el Evangelio mismo que toma “forma”, que se hace concreto en la medida en que nuestra existencia cotidiana se propone “seguir los pasos, la humildad, la pobreza y las enseñanzas del Santo Evangelio”. Para san Francisco la Regla no es cuestión de cumplimiento, sino de “seguimiento” (incluso de "abrazar", llegará a decir) que significa que siempre estamos dispuestos a dejarlo todo para aferrarnos a la única seguridad que es Jesucristo. Nuestra vida siempre será una itinerancia evangélica, en fraternidad y en minoridad, modelada por el Evangelio, plasmada según los sentimientos del corazón de Cristo, alimentada por la escucha fiel de Aquel que es la Palabra del Padre, Palabra que ilumina y sostiene nuestro corazón.

San Francisco de Asís, oyente fiel del Evangelio, ¡ruega por nosotros!

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