30 de septiembre de 2014

DÍA 2º: RECONSTRUIR LA CASA DEL SEÑOR

Leemos en la Vida primera de Tomás de Celano (18), que la primera obra que emprendió el bienaventurado Francisco al sentirse libre de la mano de su padre carnal fue la construcción de una casa al Señor; pero no pretende edificar una nueva: repara la antigua, remoza la vieja. No arranca el cimiento sino que edifica sobre él, dejando siempre, sin advertirlo, tal prerrogativa para Cristo: Nadie puede poner otro fundamento sino el que está puesto, que es Jesucristo. Como hubiese retornado al lugar donde, según se ha dicho, fue construida antiguamente la iglesia de San Damián, la restauró con sumo interés en poco tiempo, ayudado de la gracia del Altísimo.
 
Francisco conocía de cerca la situación decadente del clero, el poder secular y las riquezas de los prelados, el cristianismo superficial de las masas, la violencia de la contestación herética... Pero su visión de la realidad iba más lejos, era más profunda: en la «santa madre Iglesia», de la que San Damián era imagen, Francisco veía el lugar de la presencia misma de Dios, de Cristo, de su evangelio, de sus sacramentos, de los santos. Francisco fue caminando hasta conocer y experimentar las alegrías y las penas que conlleva asumir la propia vocación en un contexto eclesial de mediaciones pobres y humildes. El amor y la obediencia de san Francisco a la Iglesia no fueron ni ciegos ni infantiles, ya que supo distinguir siempre entre la salvación que en ella se nos da y la torpeza con que, a veces, la transparenta y la ofrece a los hombres. Quien ha comprendido esto, sabe bien que las críticas y los desplantes no llevan a ningún sitio. Sólo el amor inspirado por el Evangelio, vivido con radicalidad, puede propiciar la verdadera reconstrucción de la casa del Señor, que es la Iglesia. Y eso fue lo que hizo san Francisco. 
 
San Francisco, "reconstructor" de la casa del Señor, ¡ruega por nosotros!