1 de octubre de 2014

DÍA 3º. AMAR AL HERMANO COMO UNA MADRE

En la Regla bulada (6, 7-8), dice san Francisco que dondequiera que estén y se encuentren los hermanos, muéstrense familiares mutuamente entre sí. Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, porque, si la madre cuida y ama a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual? Y en la preciosa carta al hermano León, podemos leer lo siguiente: Tu hermano Francisco te desea salud y paz. Así te digo, hijo mío, como una madre, que todo lo que hemos hablado en el camino...
 
Sorprende encontrar en los escritos de san Francisco no pocas expresiones que privilegian el amor materno como criterio de relación entre los hermanos. Se acostumbra a atribuir la preferencia de san Francisco por el amor maternal a la experiencia negativa que tuvo con su padre. Se trata de un equívoco. Francisco tuvo una sublime y profunda experiencia del amor paterno. Fue una experiencia tan profunda y sublime que, al “romper” con su padre Pedro Bernardone, Francisco no rompió afectivamente con la figura paterna, sino que se la atribuyó únicamente a Dios.

San Francisco privilegia el amor materno no por contraposición a una percepción negativa del amor de padre, sino por el valor profundo del amor materno. ¡Y esto es muy hermoso! Quizás fue la experiencia con su madre Pica la que le ayudó a captar los elementos propios del amor materno, elementos que juzgó necesarios para el desarrollo de su fraternidad. Ser madre, para Francisco, es amar, nutrir y servir. De tal manera el nutrir es una de las características del amor materno, que él da a la tierra que nos sustenta el nombre de “madre”. Nutrir es dar la vida, hacer vivir al otro. Es preocuparse por el hermano, servirle en sus necesidades materiales y buscar su bien espiritual. Es amarlo tal y como es, con ternura y afecto sinceros.

Así lo percibieron también los que conocieron personalmente a Francisco y a sus primeros hermanos, al testimoniar en la Leyenda de los Tres Compañeros y en el Anónimo Perusino, que los hermanos se amaban con un amor entrañable, y cada uno servía al otro como la madre alimenta a su hijo único y querido. Ardía en ellos de tal manera el fuego de la caridad que les parecía fácil entregar sus cuerpos a la muerte, no sólo por amor de Cristo, sino también por la salvación del alma o por la salud del cuerpo de sus hermanos". “Amar”, “nutrir”, “servir”, “dar la propia vida” son, para Francisco, términos propios del modo de relación de una madre con su hijo que han de caracterizar las relaciones entre sus hermanos.

San Francisco, hermano con corazón de madre, ¡ruega por nosotros!