DÍA 4º. EL CIELO NO ESTÁ TAN LEJOS: LOS ÁNGELES

Tanto la Sagrada Escritura como la Tradición de la Iglesia hablan mucho de los ángeles y les atribuyen un papel importante en nuestra vida de fe. Los cristianos, desde muy antiguo, hemos sentido la exigencia de corresponder a su silenciosa y benévola compañía, honrándoles de una manera especial. Dentro de esta tradición se sitúa también san Francisco. Creer en ellos, en el fondo, es creer en la cercanía de Dios y en las mil formas que tiene de ayudarnos en nuestro camino. Sin duda alguna, Dios se nos ha manifestado sobre todo en Jesucristo, y ahora, Señor Resucitado, él es el verdadero Pastor y Guardián de nuestras vidas. Pero así como a su lado estuvieron los ángeles, desde su nacimiento hasta su ascensión, la revelación nos quiere descubrir que también están a nuestro lado, ayudándonos y guiándonos de parte de Dios. Especialmente en la hora de nuestros miedos, tristezas y dificultades nos consuelan, nos cogen de la mano y nos conducen por el buen camino para que no nos perdamos.

San Francisco, que se abrió a la gracia del Reino de los cielos haciéndose pobre y humilde, entendió bien esta Providencia del Padre, que guía los pasos de sus hijos y cuida con amor de cada uno de ellos también a través de los ángeles, porque es “nuestro protector, custodio y defensor”. En la Leyenda mayor de san Buenaventura (5, 11) se cuenta que cierta vez en que Francisco estaba abrumado en su cuerpo por la presencia de tantas enfermedades y dolores, sintió vivos deseos de oír los acordes de algún instrumento músical para alegrar su espíritu y verse aliviado; pensando que no sería correcto ni conveniente que interviniera en ello alguna persona humana, he aquí que acudieron los ángeles a brindarle este obsequio y satisfacer su ilusión. En efecto, mientras estaba velando cierta noche, puesto el pensamiento en el Señor, de repente oyó el sonido de una cítara de admirable armonía y melodía suavísima. No se veía a nadie, pero las variadas tonalidades que percibía su oído insinuaban la presencia de un citarista que iba y venía de un lado a otro. Fijo su espíritu en Dios, fue tan grande la suavidad que sintió a través de aquella dulce y armoniosa melodía, que se imaginó haber sido transportado al cielo.

¡Qué alegría saber que tenemos un ángel siempre a nuestro lado que nos trae continuamente el consuelo de Dios! Que ojalá a lo largo de nuestra vida, especialmente cuando el dolor o la tristeza nos visiten, el recuerdo de la presencia de los ángeles nos fortalezca. Y que nos enseñen a prestarnos, los unos a los otros, un servicio semejante al suyo, haciéndonos “cercanía providente” de nuestros hermanos, mensajeros de buenas noticias, ángeles los unos para los otros, a lo largo del camino de la vida, hasta que lleguemos juntos a contemplar el rostro de Dios.

San Francisco de Asís, ángel de buenas noticas, ¡ruega por nosotros!

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