31 de octubre de 2014

EL TIEMPO DE LA DECISIÓN


¿Habéis pensado alguna vez cómo continuaría la historia de la vida del “joven rico” del Evangelio? El Maestro le invitó a dejar todo y seguirle. Pero él se negó, y se fue triste. Hubo otros que sí le siguieron, que no dejaron pasar la "oportunidad de su vida" y fueron grandes apóstoles, grandes santos, con la ayuda de la gracia de Dios. Podemos suponer que, pasado el tiempo, a aquel joven le irían llegando noticias del Maestro. Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado...

Podemos imaginarnos ahora que el personaje ya es anciano. Está sentado, al atardecer, en el zaguán de su casa. Han terminado ya las faenas del campo, y se oyen, a lo lejos, las risas bulliciosas de las espigadoras que regresan y los gritos de los hombres que transportan las últimas gavillas. Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio. También la vida, como un reloj de arena, se va consumiendo, poco a poco, entre rumores apagados de cansancio. Vive de nostalgias y de recuerdos, asombrosamente cercanos a pesar del tiempo. Y hay algunos instantes de su vida que pesan en su alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel Rabí. Hace muchos años, más de sesenta, él cruzaba Palestina con un viejo criado que murió hace tiempo. Entonces era un chico joven, tenía fuerzas, no como ahora. Era rico y un tanto arrogante. ¿Feliz? Aceptablemente feliz. Y temeroso de Dios. Por eso, fue corriendo al encuentro de aquel hombre extraordinario. Le preguntó: «Maestro bueno... ». Y aquel Rabí, mirándole a los ojos, sonriendo, le invitó a seguirle. Pero él tuvo miedo de aceptar aquella llamada y prefirió seguir con lo suyo. Y se fue triste.

Pasó el tiempo. Las noticias de Jerusalén llegaban con retraso a su aldea. Una pascua le contaron que lo habían crucificado. Respiró hondo. «Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes y mis proyectos!». Pero, sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda a la mirada del Maestro, llena de un amor nuevo, distinto. En su mente seguía fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por miedo a arriesgar, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior. Descubrió que su antigua ilusión de entrega, sus deseos de Dios, seguían allí, en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando.

Aquel hombre pudo haber sido un gran apóstol. Recibió, como Juan, la llamada en plena juventud. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que no. El miedo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por miedo a perder esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus seguridades...

¡Al Señor Jesús, por quien vale la pena dejarlo todo, gloria y alabanza!