9 de noviembre de 2014

DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN

Monumento a san Francisco y a sus hermanos frente a la Basílica Lateranense (Roma)

Cada 9 de noviembre celebramos la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, la "catedral del Papa", que preside todas las iglesias en la caridad. Como gesto de comunión, las comunidades católicas del todo el mundo nos unimos en la misma liturgia y escuchamos las mismas lecturas, rezamos con las mismas oraciones y tenemos sentimientos de afecto con quien es el pastor universal, el Papa. 

La Basílica de Letrán está muy unida a la historia franciscana. Un hecho de especial relevancia para Francisco y sus hermanos tuvo lugar allí en 1215. En el discurso de apertura del Concilio Lateranense IV, el anciano Papa Inocencio III habló acerca del símbolo Tau, que aparece en el libro del profeta Ezequiel: "La gloria del Dios de Israel se levantó de sobre los querubines sobre los cuales estaba, hacia el umbral del templo. Llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escriba en la cintura; y el Señor le dijo: ‘Pasa por la ciudad, por Jerusalén y marca una tau en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se comenten en medio de ella'" (Ez 9, 1-4).

Habría querido -dijo el Papa- ser él mismo aquel hombre "vestido de lino que tenía la cartera de escriba en la cintura" y pasar personalmente por toda la Iglesia marcando una Tau en la frente de las personas que aceptaban abrir su corazón a una verdadera conversión. Evidentemente no podía hacerlo en persona, y no sólo porque era anciano.

Escuchándole, oculto entre la multitud, se piensa que estaba también san Francisco de Asís con algunos de sus hermanos; es cierto, en cualquier caso, que el eco del discurso del Papa llegó hasta ellos, que acogieron la llamada a la conversión y la hicieron suya. Desde aquel día empezaron a predicar, todavía con mayor intensidad que antes, la penitencia y la conversión, y a marcar una Tau en la frente de las personas que se acercaban a ellos. La Tau se convirtió en su sello. Con ella, Francisco firmaba sus cartas, la dibujaba en las celdas de los frailes... 

Francisco asumió la gran tarea de renovación que la Iglesia, a través del Papa, quería poner en marcha en todos sus miembros, en cada piedra viva. Lo hizo sin espíritu polémico o condenatorio. No polemizó ni con la Iglesia institucional, ni con los enemigos de la Iglesia institucional; con nadie. Desde una fe sencilla y espontánea en la Iglesia “como madre”, Francisco fue caminando hasta conocer y experimentar las alegrías y las penas que conlleva asumir la propia vocación en un contexto eclesial de mediaciones pobres y humildes. En ella había recibido la fe; en ella se le había dado la gracia de la conversión; en ella se le había hecho patente que debía vivir según la forma del santo Evangelio; a ella había recurrido para asegurarse de que su propósito no era fruto de un capricho personal. Por tanto, era también lógico que caminara dentro de ella en su seguimiento tras las huellas del Señor. Sólo el amor inspirado por el Evangelio, vivido con radicalidad, puede suscitar la verdadera renovación de la Iglesia y de sus instituciones. Y esto fue lo que hicieron Francisco y sus hermanos.

¡Al Señor Jesús, piedra angular de la Iglesia, gloria y alabanza!