CUANDO LA ALEGRÍA ANUNCIA EL TRIUNFO DEL EVANGELIO


«Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra bondad sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca.» (Flp. 4, 4-5) 
 
El tercer domingo de Adviento también es conocido como domingo "gaudete" o de la alegría. La palabra alegría aparece unas 248 veces entre los escritos y las biografías de San Francisco. En Espejo de Perfección (93) leemos que Francisco, ebrio de amor compasivo a Cristo, exteriorizaba así sus sentimientos: A veces, cogía del suelo un palo, lo apoyaba en el brazo izquierdo y, tomando otro palo en su mano derecha, lo rasgaba, a modo de arco, como si se tratara de una viola u otro instrumento, mientras, acompañando con gestos acompasados, cantaba en francés al Señor Jesucristo. Todo este regocijo terminaba, por fin, en lágrimas, y el júbilo se deshacía en compasión de la pasión de Cristo. Con esto exhalaba continuos suspiros; y, redoblando sus gemidos, olvidado de lo que tenía en las manos, se quedaba absorto mirando al cielo. Él mismo, en la Regla no bulada (7), “prohíbe” firmemente a los hermanos que se muestren tristes exteriormente o hipócritamente ceñudos; ya que lo que corresponde a los hermanos menores es mostrarse gozosos en el Señor y alegres y debidamente agradables

Francisco “impone” a los hermanos la ley de la alegría iluminado por el Espíritu Santo (Espejo de Perfección 108), porque la alegría - la alegría que procede del Espíritu - es el remedio más seguro contra las mil asechanzas y astucias de nuestro Enemigo, que nos quiere tristes, desaminados, pesimistas. Él está siempre al acecho, pero no puede hacer daño al siervo de Cristo, a quien ve rebosante de alegría santa. Por eso Francisco reprendía muchas veces a sus hermanos cuando los veía exteriormente tristes y desganados (2Celano 125).  

Ese estilo de vida fue asumido por los hermanos que, cuando volvían a verse, rebosaban de tanta jovialidad y alegría espiritual que para nada se acordaban de las adversidades, estrecheces y pobreza extrema que padecían en muchos de los lugares por donde pasaban o se establecían (Anónimo perusino 25). En esta misma línea, el Espejo de Perfección (100) recuerda que, cuando los hermanos predicaban, tenían que decir al pueblo: “Nosotros somos juglares del Señor; los siervos de Dios son unos juglares que deben levantar y mover los corazones de los hombres hacia la alegría espiritual”.  

La alegría de Francisco y de sus hermanos brotaba de la Buena Noticia de Cristo y conducía a Cristo, ya que la alegría evangélica es una fuente interior y un camino hacia Dios (Admonición 21). La alegría de los hermanos es una Buena Noticia que manifiesta que el santo Evangelio «triunfa» en el corazón del hombre, a pesar de todo... No tiene nada que ver con la fugaz alegría, frágil y artificial, que tantas veces se fabrica el hombre. Es la alegría de ser amado, ¡siempre!, mirado con bondad, salvado gratuitamente, perdonado hasta setenta veces siete..., arma privilegiada contra las fuerzas del mal y la tristeza del egoísmo.

Esta era la alegría, más fuerte que las adversidades, que las burlas de las gentes razonables y de los sabios de este mundo, que las persecuciones morales y físicas, que envolvía a Francisco y a sus hermanos como una suave luz radiante, la del Sol de Cristo viviente, cuyo reino comienza en la noche. ¡La alegría anuncia el triunfo del Evangelio en el corazón!


¿Podrías decir que el Evangelio es para ti fuente de alegría? En concreto ¿qué tiene de Buena Noticia, de esas que te alegran de verdad?

¡Al Señor Jesús, nuestra alegría, gloria y alabanza!

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