LA GRATUIDAD DE LA VOCACIÓN



«El Señor me concedió de esta manera a mí, el hermano Francisco, el comenzar...». Con estas palabras empieza Francisco la síntesis de su propio camino de conversión a Cristo, con el consiguiente descubrimiento de su vocación en la Iglesia. Y es que en la raíz de toda vocación no se da una iniciativa humana o personal con sus inevitables limitaciones, sino una misteriosa iniciativa de Dios: El Señor me concedió...

Desde la eternidad, desde que comenzamos a existir en los designios del Creador y Él nos quiso criaturas, también nos quiso llamados, preparándonos con dones y condiciones para la respuesta personal, libre y consciente a la llamada de Cristo o de la Iglesia. Dios que nos ama, que es Amor, es «Él quien llama».

Experimentar la vocación es un acontecimiento único, indecible, que sólo se percibe como suave soplo a través del toque esclarecedor de la gracia; un soplo del Espíritu Santo que, al mismo tiempo que perfila de verdad nuestra frágil realidad humana, enciende en nuestros corazones una luz nueva. 

Los discípulos fueron elegidos por el Maestro, no se presentaron voluntarios, al menos en su inicio, porque la amistad que ofrece Jesús es completamente gratuita. Y el que se siente querido de Jesús también se siente a su vez obligado a ser discípulo fiel y activo. A dar fruto. A buscar la santidad, que no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo por no obstaculizar nunca la acción de la gracia en la propia alma, y ser, más bien, sus humildes «colaboradores».

Si hoy escuchas su voz,
¡no cierres ni endurezcas tu corazón!
 

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