21 de enero de 2015

AQUEL ENCUENTRO INOLVIDABLE A LAS 4 DE LA TARDE...

 
El primer relato vocacional que nos narra el evangelio de san Juan, con una fuerte carga vivencial, nos señala que todo comenzó un día lejano pero imborrable, alrededor de las cuatro de la tarde... En la inevitable selección de recuerdos que hizo san Juan para componer el cuarto Evangelio, no pudo olvidar esta preciosa indicación de una hora de gracia, ¡las cuatro de la tarde!, en la que empezó una historia realmente única e impresionante.
 
No se trató de un encuentro bello pero fugaz, sino de un encuentro que tuvo un inicio pero no un final, sino sólo una progresiva maduración. “Fueron y permanecieron con Él”. Aún con todos los altibajos, incluso con las infidelidades y traiciones, los discípulos que en aquella hora comenzaron a convivir con Jesús, permanecerán con Él para siempre. ¿Quién no querría permanecer durante toda la vida junto a una "Persona" tan impresionante, excepcional, única, etc...? Y pensar que también a nosotros se nos ofrece la misma oportunidad, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello. 

Todo comenzó por una pregunta del Maestro: ¿Qué buscáis? Jesús no les pregunta para saber, ¿acaso no sabe lo que hay en el corazón del hombre? La pregunta va más allá de un mero conocimiento, les pregunta para ganarse su amistad, para abrir una rendija de confianza en ellos. En el fondo es una pregunta dirigida directamente al centro, sin rodeos: ¿Cuáles son los deseos más profundos de vuestro corazón? ¡Vaya pregunta! Quizás la misma que te está dirigiendo a ti en este momento de tu vida...
 
A esta pregunta le siguió otra, esta vez de parte de los interlocutores (Andrés...): ¿Dónde vives? Preguntar por el lugar donde uno vive es preguntar por el lugar de la intimidad. Juan y Andrés quieren entrar y compartir la cercanía del Maestro. Preguntaron por lo que el Señor llevaba en su corazón. ¿Qué verían en Él? Sólo el hecho de imaginar la escena te hace vislumbrar un encuentro con alguien tan especial... Pregúntale también tú: Maestro, ¿dónde vives?  
 
Y por fin la llamada, la invitación: Venid y lo veréis. Jesús muchas veces no se explica, invita a entrar, a dar el paso, a tomar una decisión. No se contentó tampoco con indicarles el camino que llevaba hasta su casa, o el lugar en que ésta se hallaba, sino que los llevó consigo, animándoles aún más a seguirle al darles a entender que ya les había acogido entre los suyos. Por eso no les dijo, por ejemplo: “Mañana tendréis ocasión de escuchar lo que queréis saber de mí”. Cristo no les dijo venid mañana, Cristo invita siempre, ya, ahora. Juan y Andrés son invitados en el hoy, en su ahora. Venid y lo veréis. Muchas veces somos nosotros los que preferimos esperar a mañana, para lo mismo decir mañana...
 
Todo termina en la convivencia: Fueron y permanecieron con Él aquel día. Era más o menos la hora décima. Era su hora, una hora que ya no se les olvidará jamás; hora en la que comenzaron a descubrir el verdadero por qué de sus vidas; en la que intuyeron que su camino no era el de la pesca junto al mar de Galilea; en la que sus ojos se abrieron a un horizonte nuevo y su corazón comenzó palpitar al ritmo del corazón del Maestro, del Señor.
Habla, Señor, que tu siervo escucha
(1Samuel 3,3b-10.19)