18 de febrero de 2015

CUARESMA CON SAN FRANCISCO: UN PASO ADELANTE


La conversión es una gracia, es iniciativa de Dios. Francisco lo recordará en su testamento: “El Señor me concedió a mí, el hermano Francisco, el comenzar...”. Y es muy importante que sea así para que no nos frustremos ante las mil y una caídas que vamos a experimentar. Si la conversión es sólo un proyecto nuestro, un deseo nuestro... no vamos a conseguir nada, sólo decepcionarnos, desanimarnos, etc. Es Cristo el que pone ese deseo, esa urgencia en ti, en cada uno de nosotros. Es una gracia que renueva sin cesar, si tú se lo pides con humildad. Una gracia que puedes estrenar cada mañana.

En general, en el Antiguo Testamento convertirse significaba un «volver atrás» (el término hebreo shub significa invertir el rumbo, regresar sobre los propios pasos). Indicaba el acto de quien, en cierto punto de la vida, se percata de estar «fuera del camino»; entonces se detiene, hace un replanteamiento, decide cambiar de actitud y regresar al punto de partida, a una situación anterior. La conversión, en este caso, consiste en cambiar las costumbres, en reformar la propia vida. En labios de Jesús este significado adquiere una fuerza nueva. Convertirse ya no consiste tanto en volver atrás, sino que significa más bien dar un paso adelante y entrar en la novedad del Evangelio, acoger, abrazar, aferrar la salvación que ha venido a los hombres gratuitamente, por libre y soberana iniciativa de Dios, que ha dado a su propio Hijo por nosotros.

Seguro que ahora mismo Dios está pidiéndote un signo de novedad, un paso adelante: romper con una cierta rutina o tibieza; o despojarte de ese ropaje que desde hace tiempo te está estrecho, te impide caminar con ligereza, o con el que intentas aparentar lo que no eres; o acabar con alguna “obsesión” que te está dañando y también a los que te rodean; o comenzar a vivir con mayor exigencia tu fe; o amar más a alguien o tratar mejor a una persona con la que no logras sintonizar; o ser más fiel a tu compromiso de noviazgo, de matrimonio; o vencer el miedo a decir sí a una posible vocación consagrada... 

El signo de que algo se ha empezado a mover en ti será que empiezas, poco a poco, a aceptarlo todo y a amarlo todo de la manera nueva como Dios lo acepta y lo ama, empezando por tu propia vida. La realidad empieza a adquirir un nuevo sentido, es vista de distinta manera, amada de diferente manera. El joven Francisco, que había hecho de sí mismo el centro del mundo, que había pretendido adorarse a sí mismo en una búsqueda obsesiva de su propia gloria, sale de sí mismo, se abaja, se desapropia, ¡y no sólo de sus vestidos!, para nacer de nuevo, para abrazar una nueva lógica: lo que antes le parecía amargo se vuelve dulzura de alma y cuerpo, es decir, descubre un nuevo modo de entender la vida, ¡de gustarla! 

En este camino desde lo alto hacia lo más bajo, como Jesús, el joven Francisco recibe la gracia de entender cuál es el verdadero sentido de la vida y dónde se esconde la dulzura y la belleza que llenan de verdad: no en el afán de conquistar, de ganar, de ser el centro… sino en el don de sí mismo, especialmente hacia aquellos que no pueden pagarte. Es así que poco a poco Francisco comienza a vislumbrar su verdadera identidad: no la del hijo del rico mercader Bernardone, no la del caballero, sino la del hermano. En su camino de conversión empieza a estrenar un modo nuevo de relacionarse consigo mismo, con el mundo, con los otros, con Dios.

¡Ahora es tiempo favorable, 
ahora es día de salvación!
(2Cor 5,20-6,2)

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