18 de julio de 2015

EL CAMINO HACIA LA GLORIA (1)


Las 28 escenas que decoran el perímetro de la nave central de la Basílica de san Francisco, obra de Giotto y de su escuela, podríamos considerarlas como la primera “película” rodada sobre la vida del Santo, ¡un corto de 28 minutos!, el más conocido y el más visto desde hace siglos.

En la primera escena, Francisco aparece en la plaza del ayuntamiento ("comune" en italiano) de Asís, signo del poder político y económico de la ciudad (lugar del mercado, la casa de Francisco se encontraba a un paso de esa plaza). Es el centro neurálgico de la pequeña ciudad umbra que desde hace algunos años está experimentando un enorme desarrollo económico, social y político. Francisco está ricamente vestido con un manto azul, quizás una de las últimas novedades llegadas a la tienda de su padre desde el lejano oriente. El manto cubre todo su cuerpo de manera un tanto ampulosa, hasta el punto de tener que sujetárselo para poder caminar. Es como si este tipo de vestimenta empezara a quedársele estrecha... Tan estrecha se le quedará, que un buen día decidirá despojarse totalmente de ella para empezar a vestir con una simple túnica remendada y ceñida a la cintura con una pobre cuerda. ¡Qué cambio! Francisco aparece rodeado de otros personajes ilustres de la ciudad que comentan la escena con un cierto aire de sopresa o desconcierto. Francisco es hijo del rico mercader Pedro Bernardone, sí, pero su “linaje” no merece semejante gesto de reverencia, pues no pertenece al estamento aristocrático.
 
El joven aprendiz de mercader, con deseos de ser caballero, acepta el homenaje que se le rinde y empieza a dar el primer paso sobre el manto extendido en forma de alfombra: ¿Qué futuro le espera? El hecho de que sólo un pie esté sobre el manto y el otro quede fuera, muestra la ambigüedad de la escena: ¿Es este tipo de gloria “mundana”, reconocida en el mismo corazón de la ciudad, la que le espera o será más bien otra? Francisco parece dudar, aunque el gesto de su mano derecha indica aceptación, consentimiento. No debemos olvidar que, aunque Giotto dibuja una enorme corona sobre la cabeza de Francisco, ¡anticipando su santidad!, el hijo de Pedro Bernardone tiene 25 años, es rico, hábil en los negocios, de compañía y conversación agradables, por lo que posee todo lo necesario para seducir, triunfar y deslumbrar. Y no se priva de ello. Fácilmente excéntrico, le gusta hacerse notar. Ambicioso, sueña con poseer la vida a manos llenas. Los honores militares, la gloria y la celebridad asedian su mente, de ahí que no rechace un gesto de tan alta distición hacia su persona.
 
Pero el proyecto de Dios sobre él es aún mayor, tal y como irá comprendiendo poco a poco... De hecho, en la siguiente escena, Giotto lo representará fuera de la ciudad, en abierta campaña, con la única compañía de su caballo (sobre el que no aparece montado y del que más adelante se desprenderá), cuyo gesto insinúa un cierto ambiente de rendición (cabeza agachada del caballo), como si estuviera preanunciando los fracasos, el año de cárcel y la enfermedad que golpearán duramente a Francisco, cuarteando definitivamente sus sueños de grandeza. Junto a él, vemos a un caballero empobrecido hacia el que siente compasión, dándole el manto. Sin duda alguna el joven Francisco había visto y se había encontrado muchas veces a lo largo de su vida con personas empobrecidas, y hasta incluso había tenido gestos de caridad hacia ellas, dándoles limosna. Sin embargo, en esta escena parece vislumbrarse algo mucho más profundo: una auténtica identificación solidaria, compasiva, con su suerte. No es casualidad que Giotto haya colocado la ciudad en lo alto de un monte, como queriendo remarcar el camino de “bajada” que Francisco comienza a recorrer, ¡no sin dificultades! (el gesto serio de Francisco parece indicarlo), y que le llevará en muy poco tiempo a lo más bajo: la compañía de los leprosos.
 
Y es que sólo cuando el hijo de Pedro Bernardone deje, conducido por Dios, las alturas de Asís para iniciar un verdadero camino de “abajamiento”, de “descendimiento”, para entrar así en otro mundo (el de los leprosos, el del Cristo de la ermita de san Damián), sólo entonces empezará a comprender el verdadero sentido de su vida. Podemos imaginarnos la pregunta que le inquieta sin cesar: “Y ahora, ¿qué hacer?” Un gran vacío se apodera de él, a pesar de tenerlo aparentemente todo en sus manos. Francisco tiene sed de otra cosa. Pero, ¿de qué? Dios lo deja insatisfecho de sí mismo. La carrera militar y el negocio familiar pierden atractivo. Toma distancias. Y empieza la búsqueda, que le marcará de por vida. «Lleno de un nuevo y singular espíritu, oraba en lo íntimo a su Padre... Sostenía en su alma tremenda lucha... Uno tras otro se sucedían en su mente los más varios pensamientos» (Vita prima de Tomás de Celano, 6).