3 de octubre de 2015

FRANCISCO, POBRE Y HUMILDE, ENTRA RICO EN EL CIELO...


Padre y hermano San Francisco: en esta noche, en la que rodeado de tus hermanos, después de una vida penitente por amor a Cristo, entregaste tu alma al altísimo y buen Señor en tu querida iglesita de Santa María, queremos dirigirte nuestro agradecimiento por el testimonio de tu vida santa y también nuestra humilde súplica:
 
Tú, padre Francisco, un día decidiste no adorarte más a ti mismo y seguir decididamente las huellas de Cristo; te enamoraste del Evangelio, que fue para ti la «regla sin glosa», la «forma» de vida; sentiste una profunda ternura por el misterio de la Encarnación y, en las proximidades de Greccio, recreaste el pesebre de Belén, y no podías pensar en la pasión de nuestro Señor sin conmoverte y llorar: ayúdanos a ser mejores creyentes, a vivir de la fe en el Hijo de Dios que nos amó y se entregó por nosotros.
 
Tú, padre Francisco, acogiste la invitación a pasar por la puerta estrecha, y esta puerta te condujo a los leprosos: tenían el rostro de Cristo, más aún, eran Cristo mismo, su santo icono. Desde entonces, inclinarte sobre Cristo e inclinarte sobre la humanidad sufriente se convirtió para ti en la misma cosa: ayúdanos a vivir una fe que obra por medio de la caridad, de la misericordia, de la ternura y de la compasión.
 
Tú, hermano Francisco, te enamoraste de la «altísima pobreza», te expropiaste de todo y tomaste la cruz, y sobre el monte Alverna Dios mismo te marcó también exteriormente con las llagas de su Hijo amado: enséñanos a poner cada vez más nuestro corazón en la esperanza que no defrauda, en la Providencia del Padre que cuida de cada uno de sus hijos, en la cruz gloriosa de Cristo y en la vida eterna.
 
Padre y hermano San Francisco, con tu vida pobre, humilde y reconciliada nos enseñaste el motivo dominante de toda existencia humana: vivir es cantar y alabar a Dios; es desencarcelar en toda criatura, con la fuerza del Evangelio, el himno coral de la gloria de Dios: el todo Bien, el sumo Bien, el Bien total. Amén. ¡Aleluya!