FELIZ TRÁNSITO AL CIELO DE SANTA CLARA

DÍA TERCERO

Para este tercer día, os proponemos la lectura de algunos párrafos del bellísimo tránsito de san Clara, según se narra en la Leyenda, escrita en gran medida siguiendo los testimonios directos y orales de las Hermanas Pobres de San Damián.


DEL TRÁNSITO FINAL DE LA MADRE CLARA DE ASÍS Y DE LO QUE EN ÉL SUCEDIÓ

Mostrándose ya más cerca el Señor, y como si ya estuviera a la puerta, quiere que le asistan los sacerdotes y los hermanos espirituales, para que le reciten la pasión del Señor y sus santas palabras. ¿Quién podrá relatar el resto sin llorar? Están presentes aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco: Ángel el uno, que, lloroso él, consuela a las que lloran; León el otro, que besa el lecho de la moribunda. Lloran las hijas desamparadas ante la separación de la piadosa madre y acompañan con lágrimas a quien se les va y no han de ver más en la tierra. Se duelen muy amargamente de que todo su consuelo se les marcha con ella y de que, abandonadas en este valle de lágrimas, ya no se verán más consoladas por su maestra.

Entretanto, la virgen Clara, vuelta hacia sí misma, habla serenamente a su alma: «Ve segura -le dice-, porque llevas buena escolta para el viaje. Ve -añade-, porque aquel que te creó te santificó; y, guardándote siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. Tú, Señor -prosigue-, seas bendito porque me creaste». Al preguntarle una de las hermanas que a quién hablaba, ella le respondió: «Hablo a mi alma bendita». No estaba ya lejano su glorioso tránsito, pues, dirigiéndose luego a una de sus hijas, le dice: «¿Ves tú, ¡oh hija!, al Rey de la gloria a quien estoy viendo?»

La mano del Señor se posó también sobre otra de las hermanas, quien con sus ojos corporales, entre lágrimas, contempló esta feliz visión: estando en verdad traspasada por el dardo del más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado. A la mañana siguiente, pues, del día del bienaventurado Lorenzo, sale aquella alma santísima para ser coronada con el premio eterno; y, disuelto el templo de su carne, el espíritu emigra felizmente a los cielos. 

Bendito este éxodo del valle de miseria que para ella fue la entrada en la vida bienaventurada. Ahora, a cambio de sus austerísimos ayunos, se alegra en la mesa de los ciudadanos del cielo; y desde ahora, a cambio de la vileza de las cenizas, es bienaventurada en el reino celeste, condecorada con la estola de la eterna gloria. 

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