8 de agosto de 2016

PREPARACIÓN A LA FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS

DÍA PRIMERO

Habían pasado casi 7 años desde que el joven Francisco emprendiera el camino de la santidad. En las palabras del Crucificado -Ve, Francisco, y repara mi iglesia- y en el abrazo a los leprosos, rostro sufriente de Cristo, había encontrado su vocación. El fruto de estos encuentros fue el gesto liberador de renuncia y desapropiación ante la presencia del obispo Guido. Entre el ídolo del dinero que le proponía su padre terreno y el amor de Dios que prometía llenar su corazón, no tuvo ninguna duda sobre cuál de los dos elegir, exclamando con gran determinación: “Desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. Y me iré desnudo al Señor” (Vita Seconda, 12). Tal decisión de Francisco desconcertó a toda la ciudad. Los primeros años de su “nueva vida” estuvieron marcados por dificultades, amarguras e incomprensiones. Pero muchos empezaron a reflexionar... También la joven Clara, entonces adolescente, fue tocada por el testimonio de Francisco. Dotada de una gran finura espiritual, fue conquistada por el “cambio radical” de aquel que, hasta entonces, había sido el rey de las fiestas.

Buscó el modo de encontrarse con él y se dejó seducir por su amor a Cristo y por su forma de vivir el santo Evangelio. Según el Testamento de santa Clara, aún antes de recibir a los primeros compañeros, Francisco había profetizado acerca del camino de su primera hija espiritual y de sus hermanas. Mientras trabajaba en la restauración de la iglesita de san Damián, donde el Crucificado le había hablado, comenzó a anunciar que aquel lugar sería habitado por algunas mujeres que con su estilo de vida pobre y humilde glorificarían a Dios (cfr. Tomás de Celano, Vita seconda, 13).

Santa Clara de Asís, pequeña planta del padre Francisco, viva imagen de Cristo pobre y antorcha de santidad en la Iglesia: Haz que nos miremos cada vez más “en ese espejo que es el mismo Señor de la gloria, donde resplandece la dichosa pobreza, la santa humildad y la entrañable caridad”.