9 de agosto de 2017

PREPARACIÓN A LA FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS (I)

CRISTO EN LA EUCARISTÍA: MIRA, CONSIDERA, CONTEMPLA, IMITA...

Cuentan las fuentes históricas, que santa Clara comulgaba lo más frecuentemente posible el cuerpo de Cristo. Y que se estremecía de emoción y de respeto. Hasta lloraba de gozo (Proceso 2,11; 3,7; 9,9-10). Acogía el cuerpo del Señor como «tan grande beneficio... que el cielo y la tierra no se le pueden comparar» (Proceso 9,10; cf. LCl 42). No es extraño pensar que hubiera leído, releído y meditado las cartas de Francisco sobre este sacramento. Su amor, su fe y su intuición femenina debieron de vibrar intensamente con las intuiciones realistas y profundísimas del padre Francisco. 

Santa Clara contemplaba, a su vez, en este cuerpo entregado, en este pan compartido, toda la actualidad del misterio de la redención y la permanencia del don de Dios. Este prodigio de respeto, esta humilde grandeza del amor le arrancaba lágrimas de alegría y de reconocimiento. Veneraba al que cada día, bajo una forma u otra, renueva el abajamiento del Niño de Belén, multiplicando al infinito el don de su vida a fin de que todo hombre pudiera acogerlo y vivir de él. Adoraba al que se da así al Padre y a los hermanos hasta el fin de los tiempos. Le recibía con fervor porque «no reverenciaba menos a quien está escondido en el sacramento que al que rige cielo y tierra» (Leyenda Clara 28). 

Enferma en la pequeña celda que le servía a la vez de enfermería y de oratorio, consumía sus últimas fuerzas en venerar este sacramento humilde y sublima a la vez. Sostenida por algunas almohadas, hilaba y tejía para hacer corporales. Y no podía impedir rozar con sus labios estos paños preciosos que habían de contener el cuerpo santísimo del que ella ama por encima de todo. Luego los enviaba a los hermanos que los hacían bendecir por el obispo de Asís y los distribuían entre las iglesias más pobres (Leyenda Clara 28).

Oración: Señor Jesús, con la fe eucarística de santa Clara, te digo: creo que estás realmente presente en la Eucaristía, con tu cuerpo, sangre, alma y divinidad. Oigo tu invitación: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo». «Tomad y comed; esto es mi Cuerpo». Creo, Señor y Maestro, pero aumenta mi débil fe.