EL CAMINO DE LA CRUZ CON SAN FRANCISCO (I)

Las Florecillas de san Francisco, quizás uno de los textos más conocidos del santo de Asís, son una traducción no íntegra de una obra escrita en latín, conocida con el nombre de Actus beati Francisci, que contiene una recopilación de episodios de la vida de san Francisco y de sus primeros compañeros, realizada por un fraile llamado Hugolino Boniscambi a principios del siglo XIV en la región italiana de las Marcas. Una de las expresiones más sorprendentes que encontramos en las Florecillas es aquella en la que se dice que san Francisco fue en ciertas cosas "quasi alter Christus", es decir, "casi otro Cristo". Sabemos que Cristo es único y definitivo, desde luego, ¡nadie puede pretender ocupar su lugar! Además, si san Francisco hubiera oído decir de él una cosa así se hubiera escandalizado, considerándolo una verdadera locura. Pero lo cierto es que desde muy pronto aquellos que conocieron al santo de Asís y compartieron su misma vida pobre, humilde y entregada, entendieron que en este hombre se había dado una conformidad tal con Jesucristo pobre y crucificado, que había llegado a convertirse, en el culmen de su camino espiritual con la impresión de la Llagas en el monte Alverna, en un icono o imagen viva de Cristo. Un don de Dios más que una conquista suya, que expresa su íntima identificación con Jesús, a quien tanto amó y a quien invitaba a amar, porque, como solía repetir entre lágrimas por los alrededores de Asís: "Lloro la pasión de mi Señor... ¡El Amor no es amado!"

Asís, claustro del Sacro Convento
Esta memoria permaneció muy viva en la Orden que él fundó y se fue desplegando, poco a poco, como atestigua la misma simbología franciscana: el afecto y difusión del Crucifijo de san Damián, el recuerdo de la impresión de las llagas, el emblema franciscano de una cruz con dos brazos enlazados (el de Cristo en la cruz y el de Francisco llagado), la letra Tau como recuerdo de Aquel que extendió sus brazos en la cruz (Plegaria eucarística II), el hábito de los hermanos hecho en forma de cruz para que cada día se asemejen más a Cristo pobre y crucificado, etc. Para san Francisco la cruz, o mejor, el Crucificado, fue su punto de partida y su meta. Toda su vida la podemos encerrar en un "arco de pasión" apoyado en el encuentro con Cristo crucificado en la carne herida del leproso en íntima unión a la oración ante el Crucificado en san Damián, ambos en los comienzos de su conversión, y en la impresión de las llagas en el Alverna casi al final de su vida.

La entrega amorosa y sin medida del Señor Crucificado (¡en el Cristo de san Damián está concentrado todo el misterio pascual de pasión, muerte y resurrección!) trabajó y modeló a san Francisco por dentro y por fuera toda su vida. Su corazón y sus gestos, sus palabras y su mirada, todo se fue plasmando desde este centro, como señal de un secreto vivido entre san Francisco y Cristo. De esta manera, la pasión de Cristo fue para el Poverello lo primero de todo, vida y carne propia. No algo que se evoca desde fuera, sino "Alguien" a quien se contempla, se escucha y se sigue desde dentro. Porque se le ama de verdad y se vive TODO con Él, por Él y para Él. En la primavera de 1225, el dolor de la enfermedad era tal para san Francisco, que su vicario fray Elías le propuso: "¿Por qué no pides a algún hermano que te lea algún texto de la Escritura que te sirva de consuelo?" A lo que respondió Francisco: "Es bueno buscar al Señor en las Escrituras, pero yo estoy tan lleno de ellas, y me consuela tanto meditar la humildad del Hijo de Dios en la tierra, que podría vivir hasta el fin del mundo sin necesidad de escuchar o meditar pasajes bíblicos. Conozco a Cristo pobre y crucificado. Eso me basta, hermano" (2Celano 105). Los que no saben del Crucificado, tampoco pueden hablar del Resucitado. Los que no pasan por el Viernes Santo, nunca llegarán al Domingo de Resurrección. No hay cima más alta que la cumbre del calvario, ¡el monte de los santos!

En esta "semana de pasión", preludio de la gran Semana Santa, no nos quedemos en lo superficial o en un sentimentalismo efímero, no pasemos "de puntillas" por estos grandes misterios de nuestra fe. Intentemos ir más allá, más arriba, de la mano de san Francisco, para aprender en el libro de la cruz de Cristo (San Buenaventura, Leyenda Mayor 4) la sabiduría de la Pascua que atraviesa toda nuestra vida de creyentes.

¡Al Señor Jesús todo honor y gloria!
Paz y Bien, hermano.

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