LIBERTAD DE CORAZÓN

Una de las cosas que más atrae de San Francisco es su libertad interior. En sus gestos, en sus palabras, en sus decisiones... reconocemos a un hombre profundamente reconciliado: desnudo, libre y sin propiedades. Francisco, sabedor de que sólo una cosa es necesaria y basta para todo, es el hombre “sin propio”. No sólo renuncia drásticamente al dinero, sino que exige renunciar también a la “posesión” del propio parecer y aparentar, rechazando todo dominio o poder sobre personas: he aquí la fuente de su obediencia. No sólo rechaza toda propiedad de tierra, casas, lugares, iglesias, sino también la ilusoria posesión de la razón: he aquí su pobreza. Y en esta dimensión, su castidad, de la que tan poco hablan sus escritos: la renuncia a toda posesión de personas.

Francisco no quiere ni éxito ni fama; por eso no puede fracasar: porque no quiere triunfar. No lucha por mantenerse en el pedestal porque está en el último de los peldaños. Por lo tanto no puede caer... No lucha por el poder por el simple hecho de no tener ni ansiar el poder. Se siente poseído por la Verdad, nunca poseedor de ideas o de principios, por eso no tiene ni adversarios ni contrincantes.
 

El no apropiarse de nada ni de nadie, de manera radical, es la raíz de la alegría verdadera: todo lo espera de Dios, el altísimo y buen Señor, único necesario que basta para todo. Esta libertad del corazón es gracia, ¡sin duda alguna!, pero no exime a Francisco de tener que librar duras batallas: El siervo de Dios que no se enoja ni se turba por cosa alguna, vive, en verdad, sin nada propio. Y dichoso es quien nada retiene para sí, restituyendo al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios [Adm. 11].
 

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

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