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17 de noviembre de 2020

SANTA ISABEL DE HUNGRÍA: A MÍ ME LO HICISTEIS...


Hoy, 17 de noviembre, celebramos la fiesta de santa Isabel de Hungría, princesa y penitente franciscana del siglo XIII, patrona y modelo de la Orden Franciscana Seglar (OFS) o Tercera Orden. La santidad aparece en la historia de la Iglesia como un exceso de amor: por Cristo y su evangelio, por los pobres, por la Iglesia, por la justicia y la caridad... En santa Isabel, a pesar de los siglos, brilla con una fuerza siempre nueva este exceso de amor. 

Su breve pero intensa vida, ¡murió con 24 años!, estuvo colmada de servicio amoroso y de alegría, pero también de sufrimiento. Su generosidad y su amor desbordantes hacia los pobres, en quien reconocía el rostro de Cristo, provocó no pocos escándalos en la corte de Wartburgo; no encajaba en aquel ambiente prepotente y ambicioso. Muchos la tenían como una loca. Se discute entre los biógrafos si fue echada del castillo de Wartburgo o simplemente se marchó. Lo cierto es que su respuesta a esta nueva situación de precariedad fue un canto de agradecimiento que pidió entonar en la capilla de los franciscanos, el Te Deum, por haber abandonado el castillo... 

Poco tiempo después, el Viernes Santo de 1228, puestas las manos sobre el altar desnudo de la capilla de los franciscanos, hizo profesión pública de abandonar la lógica de este mundo para seguir a Cristo en pobreza y humildad, asumiendo el hábito gris de penitente como signo externo. Desde aquel momento, día tras día, hora tras hora, pobre con los pobres, libre de toda atadura, practicó la misericordia sin descanso, fundando hospitales y sirviendo personalmente a pobres y enfermos, siguiendo las palabras de Cristo: cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.

Santa Isabel hizo resplandecer la luz y la esperanza en el corazón de muchas almas. ¡Sólo Dios sabe las lágrimas que secó, las heridas que vendó, el amor que supo despertar! Su santidad fue una novedad rica en matices que abrió un camino nuevo en la Iglesia y en la Orden Franciscana, siendo la primera mujer que alcanzó la santidad en el seguimiento de Cristo según la forma de vida de san Francisco, el pobrecillo de Cristo. 

En el día de su fiesta nos encomendamos a su intercesión, para que su testimonio siga iluminando nuestro camino cristiano y franciscano, especialmente el de los hermanos de la Orden Franciscana Seglar.

Santa Isabel de Hungría,
que siguiendo el ejemplo de san Francisco 
rechazaste las riquezas para abrazar la pobreza con Cristo pobre; 
mujer fuerte que te desviviste en el servicio a los más débiles e indefensos: 
¡Ruega por nosotros y enséñanos a buscar los bienes que no pasan!

10 de junio de 2020

800 AÑOS DE LA VOCACIÓN FRANCISCANA DE S. ANTONIO


LA VOCACIÓN DENTRO DE LA VOCACIÓN

Cuando fueron llevabas desde Marruecos las reliquias de los primeros mártires franciscanos (Berardo y compañeros), se divulgaron por los reinos de España los muchos milagros que Dios hacía por sus méritos. Oyendo el siervo de Dios Antonio, canónigo regular de san Agustín, los milagros que por ellos se obraban, se confirmaba en la fortaleza del Espíritu Santo, haciéndose más firme su fe. Decía en su corazón: ¡Oh, si el Altísimo quisiera hacerme partícipe de la corona de sus santos mártires! ¡Oh, si pudiera ofrecer mi vida por Cristo!

Habitaban entonces no lejos de la ciudad de Coimbra, en un lugar que se llama San Antonio dos Olivais, algunos frailes menores, los cuales, según la regla de su Orden, iban frecuentemente a pedir limosna al monasterio donde moraba el siervo de Dios Antonio. 

Acercándose un día a ellos, como tenía por costumbre, para saludarlos, les dijo: “Hermanos, de buena gana recibiría vuestro hábito, si me prometéis que, una vez aceptado entre vosotros, me enviaréis a tierra de misión, para poder así yo también merecer ser hecho partícipe de la corona junto con los santos mártires”. Volvieron los frailes gozosos al convento, y quedó el siervo de Dios Antonio para pedir licencia al abad del monasterio donde residía sobre lo tratado. A duras penas, y a fuerza de ruegos, pudo recibir la licencia de su abad para vestir el hábito de los menores. No olvidados de la promesa, llegaron los frailes de buena mañana, según lo convenido, y vistieron con premura al siervo de Dios el hábito franciscano en el convento. 

Apenas concluido el rito de admisión, se acercó uno de sus antiguos hermanos, de los canónigos regulares, y con amargura de corazón, le dijo: “Vete, vete, que serás santo”. El siervo de Dios Antonio, volviéndose a él, le respondió humildemente: “Cuando oigas que soy santo, alabarás al Señor”. 

Oración: Padre santo, dueño de la mies y de los sembrados, por intercesión de san Antonio de Padua, te pedimos que llames a nuevos jóvenes que estén dispuestos a entregar su vida por el Evangelio de tu Hijo Jesucristo, en la Orden Franciscana. Amén.


Coimbra (Portugal), Iglesia de San Antonio donde el joven canónigo Fernando Martins
fue acogido en la Orden de los Menores y tomó el nombre de fray Antonio (OFM Conv.-Portugal)

18 de septiembre de 2019

CAMINAR POR LAS ALTURAS: S. JOSÉ DE CUPERTINO

El 18 de septiembre celebramos a san José de Cupertino, franciscano conventual italiano. Cuando pienso en este santo, me vienen a la cabeza las palabras del profeta Habacuc: “El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas” (3, 19). Toda su vida estuvo jalonada de experiencias muy duras y aplastantes. Lo normal hubiese sido que una persona así jamás hubiera “levantado el vuelo”, arrastrando como una losa pesadísima una imagen de sí mismo y una autoestima ínfimas... Me explico. 

Cuentan que Giuseppe vino al mundo en un establo de la pequeña aldea de Cupertino (Pulla, sur de Italia). Su familia tuvo que refugiarse en aquel tugurio pobrísimo como consecuencia de la sentencia de embargo dictada contra el padre por no poder pagar a sus acreedores. Desde niño, sufrió el carácter áspero y furibundo de su madre, que solía tratarlo con mucha dureza, recordándole frecuentemente que “no servía para nada, que era un inútil”. Sintió muy joven la llamada a la vida religiosa y pidió ser admitido en varios conventos franciscanos, pero de todos ellos lo echaron. Los frailes decían que los encargos que se le daban, o se le olvidaban o los hacía al revés. Pasaba por ser un inútil para todo. En el colmo de sus males, al volver a casa tras un nuevo fracaso en la vida conventual, su padre acababa de morir y los acreedores pretendieron meter al hijo, heredero de deudas, entre rejas. ¡Con cuántas humillaciones prepara el Señor el alma de algunos de sus santos! 

Pasará largas horas en el santuario de la Grottella de su ciudad natal, delante de la imagen de la Virgen, confiándole su suerte: “Todos me echan. Todos se burlan de mí. ¡Mis propios familiares! ¿Qué será de mí? ¿Qué hacer? ¡Señor, en tus manos entrego mi destino! ¡María, sálvame y ayúdame!”. Finalmente, será admitido entre los franciscanos conventuales. Pero esta vez, el oro que cubrían las pobres apariencias empezó a brillar. Y los frailes lo percibieron. Superó los estudios al sacerdocio con tesón y mucha ayuda del cielo, y en el ejercicio del ministerio se desvivió en el cuidado de los pobres con una caridad sin límite. Fue buscado como confesor; sus jornadas estuvieron entretejidas de mucha oración, ayuno y penitencias. También de milagros, éxtasis y levitaciones. Pero no tardaron en aparecer envidias y denuncias que hicieron que interviniera la Inquisición, condenándole a una especie de “arresto conventual”. 

Murió entre sus frailes en el convento de Ósimo, donde se encuentra su sepulcro. Cuando todo hacía presagiar una vida “aplastada” bajo el peso de tantas humillaciones y desprecios, “el Señor soberano fue su fuerza, le dio piernas de gacela y le hizo caminar por las alturas”. Y será conocido como “el santo de los vuelos”. Tremenda paradoja. Tras su muerte, un perfume extraordinario, que tantas veces había descubierto su presencia en los recovecos de los conventos, se difundió por todas partes y duró en su celda más de trece años.

10 de agosto de 2019

FELIZ FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS


Padre de las misericordias, te damos gracias y te bendecimos por nuestra madre y hermana santa Clara de Asís:

Ella, mujer de noble estirpe, no se dejó engañar por los honores y las falsas promesas de este mundo, sino que halló en tu Hijo Jesús, única y verdadera riqueza que no pasa, el tesoro de gracia que colma el corazón. De la mano de tu siervo Francisco descubrió que no es posible ambicionar la gloria en este mundo y después reinar en el cielo con Cristo. 

Ella, mujer fuerte y valiente, no temió arriesgar su honor y su fama huyendo de la casa paterna, despreciando las comodidades de un palacio para vivir en un pobrísimo monasterio y entregar toda su vida a Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres, despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo y crucificado entre atroces dolores por nuestra salvación. Desde entonces, todo su empeño no fue otro que mirarle y contemplarle, con el único deseo de imitarlo. 

Ella, mujer hecha oración, se dejó transformar por la Belleza sin igual del rostro de tu Hijo amado, contemplado en la asidua oración y celebrado con fervor en los sacramentos. Su corazón quedó totalmente conquistado por la pobreza del Niño colocado en el pesebre y envuelto en pañales, por la humildad, la pobreza bienaventurada y los múltiples trabajos y penalidades que soportó durante su ministerio y por la inefable caridad, a cuyo impulso quiso padecer en el leño de la cruz y morir. 

Ella, mujer pobre y humilde tras los pasos de san Francisco, ¡mujer nueva del valle de Espoleto!, descubrió que de nada nos sirve ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma. Ella, alma clarísima y reluciente, vivió una oscura «noche» de casi veintinueve años de enfermedad, en la que aprendió el significado de la palabra paciencia, haciendo la experiencia de un «Esposo» pobre y crucificado, «clavado en el leño de la cruz». 

Ella, hermana y madre, cuidó con inefable caridad de la pequeña grey que Tú, oh Padre, quisiste engendrar en tu Iglesia santa con la palabra y ejemplo del bienaventurado Francisco, para seguir la pobreza y humildad de tu amado Hijo y de la gloriosa Virgen su Madre, un pueblo de hermanas pobres, nacidas del Espíritu Santo, para un único ideal: el seguimiento del santo Evangelio en pobreza y humildad. 

En el día de su fiesta, te pedimos Altísimo Padre, por tu Hijo Jesús, que se ha hecho para nosotros camino, en el Espíritu Santo, que cuantos nos inspiramos en su testimonio luminoso de santidad, sigamos cada día con mayor autenticidad el Evangelio como norma de vida y aprendamos a vivir en pobreza y humildad, saliendo al encuentro de las necesidades de los hermanos, practicando con ellos la santa caridad y la entrañable misericordia. Amén. 

Santa Clara de Asís, ¡ruega por nosotros!

18 de mayo de 2018

KOLBE O LA GRANDEZA DE LA VOCACIÓN


Este fin de semana se estrena en España la película-documental "Dos coronas", sobre la vida y misión de san Maximiliano M. Kolbe. ¡Vayamos a verla todos los que podamos! Hay vidas e historias memorables a las que merece la pena volver con frecuencia, porque sugieren pequeñas o grandes victorias del amor sobre el miedo, el odio y la sinrazón cuando todo parecía perdido. Sin duda, una de ellas es la del padre Kolbe, franciscano conventual polaco, fundador de la Milicia de la Inmaculada (Asociación Internacional de Fieles Católicos presente en 46 países, también en España) y de varias “Ciudades de la Inmaculada”, entre ellas Niepokalanów, cerca de Varsovia, con más de 700 frailes entregados al trabajo apostólico utilizando los medios más modernos: prensa, radio, cine… 

El 14 de agosto de 1941 moría en el campo de concentración de Auschwitz, dando su vida para salvar a un joven padre de familia como testimonio supremo de caridad. Había llegado el 28 de mayo de ese mismo año tras haber pasado varios meses entre torturas y palizas de la Gestapo en la cárcel Pawiak de Varsovia, lugar que “hacía helar la sangre”. Al día siguiente de su muerte, su cuerpo fue quemado en el horno y sus cenizas esparcidas al viento. Humanamente hablando: Un rotundo fracaso, una derrota del mal sobre el bien. Sin embargo, el padre Kolbe no murió, “dio la vida por el hermano”, como afirmó el Papa san Juan Pablo II en su canonización. 

El amor vence. Vence siempre. Es así que comprendemos la vida y la muerte de san Maximiliano María Kolbe, mártir de la caridad, es decir, ¡testigo del amor más grande! “No olvidéis el amor”, había dicho a sus hermanos antes de dejar Niepokalanów camino de la prisión. Acosado, sí, pero no desesperado; perseguido, sí, pero no abandonado; derribado, sí, pero no vencido (cf. 2Corintios 4, 7), porque entregó su vida por amor. Y “el amor es más fuerte que la muerte” (Cant 8, 6). 

Toda vocación tiene la promesa de ver cosas grandes (¡según el Evangelio!). Los que aceptan entregar su vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas que la gracia realiza en los corazones (empezando por el propio) y del triunfo del amor de Dios sobre el mal y el pecado. Sin esta perspectiva sobrenatural, es difícil entender el camino que a cada uno le depara su vocación. Sin esta perspectiva profunda, es difícil (¡por no decir imposible!) entender la vida, la misión y el desenlace final de san Maximiliano. Y tú, ¿qué crees que tiene preparado para ti el Señor? ¿Y si fuera la vida franciscana, como a san Maximiliano Kolbe? 

Madre Inmaculada, nos dejamos guiar por ti.
San Maximiliano Kolbe, ¡ruega por nosotros!