El 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor en el templo, celebramos la Jornada de la Vida Consagrada. Entrar hoy en una orden o congregación religiosa es, más que nunca, remar contracorriente. Es para gente muy centrada en lo esencial de la fe, que no desea someterse al pensamiento único, que no se conforma con el hedonismo placentero dominante, que tiene muy claro que los pobres no son artículos de modas ideológicas, que ha descubierto a la Iglesia como el mayor espacio de libertad personal y comunitario, que se ha enamorado apasionadamente de la forma de vivir el Evangelio de un fundador. Ser religioso o religiosa es optar por una forma de vida que no se cotiza, que no tiene aplausos. Sin embargo, es la manera más bella de vivir la vida “escondida en Cristo” (Col 3,3), de ser “sal y luz del mundo” (Mt 5,13-16), de encarnar el espíritu de las Bienaventuranzas.
Hay que alejar esa idea de que los religiosos son una “especie en vías de extinción”. Dios no abandona a su Iglesia. A pesar del problema demográfico en occidente y de la crisis de fe, aún hay jóvenes que con la gracia de Dios rompen con los esquemas establecidos y entran en una orden, congregación o instituto. Todavía hay madres y padres cristianos que se alegran cuando una hija o hijo decide dar un paso así. ¡No está tan seca la fuente de nuestras comunidades cristianas! Podemos estar tan obsesionados por el número y la suplencia en los diversos servicios y no dar gracias al Señor por ese gran testimonio de fidelidad que hoy representan tantos y tantas religiosos que mueren sin haber “mirado atrás” (Lc 9, 62).
Nos toca vivir nuevos tiempos con grandes desafíos. No tenemos formulas mágicas, pero lo cierto es que no debemos caer en un pesimismo contagioso, ni alentar espejismos triunfalistas. Hoy como ayer, quien está dispuesto a arriesgar por Cristo, jamás se equivoca y sabe que sólo quien pierde la vida por Él, la gana. Solo en el cielo, con toda certeza, comprenderemos el sentido de ese sí, y daremos gracias eternamente rebosando de alegría. Hoy, 2 de febrero, puede ser el día en el que finalmente aceptes este riesgo...
Este fin de semana se estrena en España la película-documental "Dos coronas", sobre la vida y misión de san Maximiliano M. Kolbe. ¡Vayamos a verla todos los que podamos! Hay vidas e historias memorables a las que merece la pena volver con frecuencia, porque sugieren pequeñas o grandes victorias del amor sobre el miedo, el odio y la sinrazón cuando todo parecía perdido. Sin duda, una de ellas es la del padre Kolbe, franciscano conventual polaco, fundador de la Milicia de la Inmaculada (Asociación Internacional de Fieles Católicos presente en 46 países, también en España) y de varias “Ciudades de la Inmaculada”, entre ellas Niepokalanów, cerca de Varsovia, con más de 700 frailes entregados al trabajo apostólico utilizando los medios más modernos: prensa, radio, cine…
El 14 de agosto de 1941 moría en el campo de concentración de Auschwitz, dando su vida para salvar a un joven padre de familia como testimonio supremo de caridad. Había llegado el 28 de mayo de ese mismo año tras haber pasado varios meses entre torturas y palizas de la Gestapo en la cárcel Pawiak de Varsovia, lugar que “hacía helar la sangre”. Al día siguiente de su muerte, su cuerpo fue quemado en el horno y sus cenizas esparcidas al viento. Humanamente hablando: Un rotundo fracaso, una derrota del mal sobre el bien. Sin embargo, el padre Kolbe no murió, “dio la vida por el hermano”, como afirmó el Papa san Juan Pablo II en su canonización.
El amor vence. Vence siempre. Es así que comprendemos la vida y la muerte de san Maximiliano María Kolbe, mártir de la caridad, es decir, ¡testigo del amor más grande! “No olvidéis el amor”, había dicho a sus hermanos antes de dejar Niepokalanów camino de la prisión. Acosado, sí, pero no desesperado; perseguido, sí, pero no abandonado; derribado, sí, pero no vencido (cf. 2Corintios 4, 7), porque entregó su vida por amor. Y “el amor es más fuerte que la muerte” (Cant 8, 6).
Toda vocación tiene la promesa de ver cosas grandes (¡según el Evangelio!). Los que aceptan entregar su vida a Dios se convierten en testigos privilegiados de las maravillas que la gracia realiza en los corazones (empezando por el propio) y del triunfo del amor de Dios sobre el mal y el pecado. Sin esta perspectiva sobrenatural, es difícil entender el camino que a cada uno le depara su vocación. Sin esta perspectiva profunda, es difícil (¡por no decir imposible!) entender la vida, la misión y el desenlace final de san Maximiliano. Y tú, ¿qué crees que tiene preparado para ti el Señor? ¿Y si fuera la vida franciscana, como a san Maximiliano Kolbe?