21 de enero de 2021

CAPACITA A LOS QUE LLAMA


Tomar la decisión vocacional es difícil, no podemos negarlo. Ante una opción que comprometerá tu vida entera, sentirás todos tus miedos, incertidumbres y limitaciones: “¡Ay, Señor! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho...” (Jeremías 1, 7). Pero Dios no se deja condicionar por nuestros miedos ni limitaciones. Es más, deja claro a Jeremías: ¡Precisamente porque eres joven te estoy llamando! Y es que, como seguro habrás oído, "Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los llamados".   

No sé si has pensado alguna vez que Dios nos tiene una confianza enorme, no obstante nuestra fragilidad y nuestros límites... Está siempre dispuesto a aceptar nuestra pequeñez, nuestros “cinco panes y dos peces”, nuestro “sí” titubeante. Necesitamos recobrar la certeza de esta CONFIANZA de Dios hacia cada uno de sus hijos; intuir y experimentar, como san Francisco, la presencia viva y eficaz del Espíritu de Dios en nosotros: fuerza, luz, confianza, valentía. ¡Cuenta con Él y con su ayuda a la hora de responder! Llegar a tomar una decisión con la cual comprometerás toda tu vida, no sólo es difícil, que también, es sobre todo... ¡Una gracia! Hay que pedir al Espíritu Santo esa capacidad de respuesta. 

Entonces verás cómo, a pesar de todas tus limitaciones, o mejor, con todas ellas, es posible responder al Señor, como Isaías: “Aquí estoy, envíame” (Isaías 6,8); es posible decidirse como María, aún sin tenerlo todo claro: “Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho” (Lucas 1,38). 

Su amor cubrirá el resto de acciones que tu incapacidad no pueda alcanzar. Aquel que te llama y te ama, se encargará de todo lo demás... ¡No lo dudes! 

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

24 de diciembre de 2020

LA FIESTA DE LAS FIESTAS PARA SAN FRANCISCO


Cuando pensamos en la celebración que san Francisco hacía de la Navidad, seguro que instintivamente nos vienen dos imágenes y referencias principales. En primer lugar, Greccio (1223) y Francisco como “el inventor de los belenes”. En 1Celano 84-87, que recoge este hecho, se subraya: “Tenía tan presente la humildad de la encarnación..., deseaba celebrar y ver con sus propios ojos... la simplicidad, pobreza y humildad... los cantos de alegría...”. A san Francisco le encantaba expresar sus convicciones y mensajes a base de gestos: la predicación silenciosa con la ceniza, vestirse de saco, untar paredes de comida, morir desnudo... La Navidad en Greccio hay que encuadrarla ahí. 

En segundo lugar, el tono festivo, no penitencial, ya que para san Francisco la Navidad era la “Fiesta de las fiestas” (2Celano 199): no ayunar, dar de comer a pobres, animales y paredes... Todo esto tendemos a situarlo en lo folklórico y pintoresco, como casi todo lo navideño, y se nos puede escapar el trasfondo. En la vivencia de san Francisco hay un contenido claro y bien profundo: el misterio sublime y, a la vez, humilde de la Encarnación del Hijo amado de Dios. Nunca nombra la Navidad directamente, siempre habla del Hijo que tomó la carne de nuestra humanidad y fragilidad; del gran Rey que se hizo pobre y nació de camino; del Hijo de Dios que en María se hizo hermano nuestro, etc. 

Eso es la Navidad para el santo de Asís: el camino humilde, la opción clara, que el Hijo de Dios ha querido elegir en este mundo para salvarnos, para enriquecernos, para hacerse hermano nuestro. Un camino que san Francisco recorrió y que nos invita a recorrer. 

¡FELIZ Y FRANCISCANA NAVIDAD!

19 de diciembre de 2020

¿PRESCINDIBLE? NO PARA DIOS...


El ángel Gabriel fue enviado "a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret". Decir Galilea significa nombrar una región esencialmente comercial, cruce de gentes, tierra habitada por paganos... En aquella región, además, Nazaret es un lugar apartado, sin renombre, cosa que atestigua también el dicho reflejado por el evangelista san Juan: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn 1, 42). Desde lo alto de los cielos el mensajero de Dios desciende tan lejos y tan abajo. 

Sorprendente misterio el de las elecciones de Dios, que nos interpela y al mismo tiempo nos remueve: nadie es prescindible para Dios, de todos espera Él una generosa colaboración a su historia de salvación. Dios es tenaz en su amor, nos conoce y, aunque no invade, tampoco está dispuesto a darse por vencido tan fácilmente por más resistencias que pongamos por nuestra parte. Para Dios somos únicos e irrepetibles, por eso no le es indiferente nuestra respuesta, es decir, nuestro sí. ¡Para Dios no somos prescindibles!

Pero... ¿Y si todo esto no fuera sino una semilla loca que nuestra psicología ha creado, una especie de proyección o de ilusión? Dice san Francisco en una de sus oraciones: "Tú eres amor, caridad". El amor de Dios por nosotros no es una ilusión, porque podemos verlo y tocarlo en una persona: Jesucristo. San Francisco nos enseña a acoger en estos días la “verdad” del amor de Dios hecho carne, hecho niño por nosotros. Ojalá que en nuestro corazón nazca el asombro, el agradecimiento y, al final, caigamos rendidos como María ante un amor así, para el que no somos prescindibles: "Aquí estoy, Señor. Hágase en mí".