20 de diciembre de 2019

SI ESTÁS A PUNTO DE DAR EL PASO


RECUERDA...

- que quieres entregarte por completo a Dios, porque Él se ha fijado en ti y te ha llamado por tu nombre, y esto es lo más grande que puede ocurrirnos en esta vida. ¡No retrases más tu respuesta! 

- que desde ahora no te pertenecerán tus ilusiones, tu vida, tus comodidades, el honor, el dinero, la gloria, la fama... Siempre que vayas detrás de estas cosas, te irás apartando de tu vocación. No olvides la promesa que el Señor te ha hecho y que Él siempre cumple: "El que deja casa, padre, madre, campos... recibirá cien veces más y la vida eterna". 

- que la vocación, la llamada de Dios, no se pierde pero puedes dejar que se enfríe si diariamente no cuidas esas pequeñas fidelidades que van centrando tu corazón en Cristo. 

- que las dificultades, las dudas, los momentos de oscuridad forman parte del camino. De ahora en adelante cuenta con ello y no te asustes: ¡Él no te dejará ni su gracia te faltará! Cuenta con los ratos de aburrimiento, con tus soledades, con la incomprensión de los demás, con la monotonía... 

- que la perfección no es de este mundo. No existe la Iglesia perfecta, el sacerdote perfecto, la comunidad religiosa perfecta, la parroquia perfecta... ¡Todo eso existe sólo en tu cabeza! 

- que el desánimo es la tentación de abandonar lo grande y siempre viene de nuestro enemigo. No te desanimes cuando palpes tu fragilidad, cuando te veas incapaz de salvar el mundo, cuando veas la posible dejadez de algunos consagrados, cuando te sientas un poco solo, cuando observes a tu alrededor la indiferencia de los que debían ser mejores.

- que sin vida de oración pronto estarás más cerca del "mundo" que del "cielo" y entonces nada valdrá la pena y entrarás en la espiral de la doble vida . 

- que una tentación constante en tu vida va a ser la de querer recuperar, poco a poco, lo que estás a punto de dejar o lo que ya dejaste. Y un consagrado a Dios no puede ser un triste solterón forzado a serlo... 

- que la felicidad en tu vocación está en razón directa con tu entrega sin rebajas, humilde, confiada. 

María dijo: "Aquí está la esclava del Señor, ¡hágase!"

10 de diciembre de 2019

TE ESPERA, TE BUSCA


La vocación no es algo que tú inventas o decides por tu cuenta: es algo que encuentras o que poco a poco vas descubriendo en tu vida. No es el proyecto que tú tienes sobre ti mismo, es el proyecto que Dios tiene sobre ti y que te invita a realizar. Por eso, para descubrir tu vocación, es fundamental crecer en el diálogo y la familiaridad con el Señor, es decir, aprender a orar con el corazón. Sólo mediante la oración es posible encontrar lo que Dios quiere de ti. En la oración, el Espíritu Santo afina tu oído y todos tus sentidos para que puedas escuchar y percibir la voz de Aquel que te llama por tu nombre y te conoce desde siempre: "Samuel, Samuel... Habla, que tu siervo escucha" (1Samuel 3, 10). Así fue también para san Francisco de Asís, quien, como nos recuerdan sus primeros biógrafos, "cuando oraba en selvas y soledades, hablaba con su Señor" (2Celano 95).

Todo esto te puede parecer un poco difícil… Es verdad, ¡a veces este camino se hace arduo! Pero no olvides la Buena Noticia de la Navidad, que celebraremos dentro de muy poco: ¡El Señor se deja encontrar! Más aún, no tiene otro deseo que ser encontrado y ha tomado Él la iniciativa saliendo a nuestro encuentro. Por eso, el Hijo de Dios, anhelando buscar al hombre, oveja perdida, deja la gloria del Padre y viene a nuestro mundo. Este misterio llenaba de alegría y de agradecimiento profundo el corazón de san Francisco. ¡Y no era para menos! 

El Señor puede y quiere hacerte entender que sus caminos para ti son más grandes de lo que te habías imaginado. Que donde tú ves limitación, Él encuentra posibilidad; que donde tú te cierras por miedo o falta de confianza, Él sabe que todavía hay mucho camino por recorrer. Entonces, ¿también tú estás dispuesto a dejarlo todo para seguirle?

Ven, Señor. Ven, Salvador

30 de noviembre de 2019

AQUÍ Y AHORA: NO DEJES PASAR LA VIDA


¿Habéis pensado alguna vez cómo continuaría la historia del “joven rico” del Evangelio? Jesús le invitó a dejarlo todo y seguirle. Pero él se asustó y se fue triste, porque "era muy rico". Hubo otros que sí le siguieron, que no dejaron pasar la oportunidad de su vida y fueron grandes apóstoles, grandes santos, con la ayuda de la gracia de Dios. Podemos suponer que, pasado el tiempo, a aquel joven le irían llegando noticias del Maestro. Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado...

Podemos imaginarnos que el personaje se ha hecho un poco más grande... Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio. Vive de nostalgias y de recuerdos, de lo que pudo ser y no fue. Hay algunos instantes de su vida que pesan en su alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel Maestro de Galilea que "mirándole le amó". 

El tiempo ha pasado. Hace unos años, con motivo de la fiesta de pascua, le contaron que lo habían crucificado. Y respiró hondo. «Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes y mis proyectos!». Pero, sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda a la mirada del Maestro, llena de un amor nuevo, distinto. En su mente seguía fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por miedo a arriesgar, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior. Descubrió que su deseo de entrega, su deseo de Dios, seguía allí, en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando.

Aquel hombre pudo haber sido un gran apóstol. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que no. El miedo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por miedo a perder esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus seguridades, a sus propios proyectos... ¿Qué es todo eso en comparación con el Reino de los cielos, con servir a Cristo y participar de su gloria, con la vida eterna?

Señor: ¡vence nuestros miedos y resistencias!