2 de agosto de 2018

PERDÓN DE ASÍS: AL CIELO DE LA MANO DE MARÍA


Hoy, 2 de agosto, la Orden Franciscana celebra una de sus fiestas más entrañables: Santa María de los Ángeles y el Perdón de Asís. En la pequeña iglesita de la Porciúncula es el corazón de la Madre, la "Virgen hecha iglesia", como Francisco solía invocarla, la que acoge al peregrino. San Francisco sentía un cariño especial por esta iglesita, que se conserva dentro de la gran basílica de Santa María de los Ángeles, ya que fue una de las iglesias que él se encargó de reparar en los primeros años de su conversión y donde escuchó y meditó el Evangelio de la misión. 

Después de los primeros pasos en Rivotorto, obligados por el dueño a abandonar el pobre tugurio, se establecieron en la "pequeña porción" propiedad de los benedictinos del monte Subasio. Allí Francisco y sus primeros hermanos pudieron resguardarse casi como en el seno materno, para renovarse espiritualmente y volver a partir para la misión llenos de ardor apostólico. Allí, la tarde-noche del Domingo de Ramos de 1211, recibió a Clara. En ese mismo lugar, por intercesión de la Madre de Dios, Francisco obtuvo para todos un manantial de misericordia en la experiencia del "gran perdón" de Asís en 1216. Por último, allí el padre san Francisco vivió su encuentro con la "hermana muerte" la tarde del 3 de octubre de 1226.

Cuenta san Buenaventura que san Francisco amó a la Porciúncula con preferencia a todos los demás lugares, pues allí comenzó humildemente, allí progresó en la virtud, allí terminó felizmente el curso de su vida; en fin, ese lugar lo encomendó encarecidamente a sus hermanos, como morada muy querida por la Virgen. Y en otro pasaje nos dice que Francisco se estableció en la Porciúncula, una iglesita dedicada a la Virgen: una construcción antigua, pero entonces del todo descuidada y abandonada. Cuando el hombre de Dios la vio tan abandonada, empujado por su fervorosa devoción por la Reina del mundo, puso allí su morada, con intención de repararla.

¡FELIZ FIESTA DE SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES DE LA PORCIÚCULA!

31 de julio de 2018

LA SANTIDAD SE DA EN CADENA


"¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?", se decía Ignacio de Loyola durante su convalecencia mientras leía la vida de los santos. No da igual ser santo que no serlo. No da igual que san Francisco o santo Domingo lo hayan sido. La historia cambió con ellos; otros muchos, como Ignacio, han sido santos también gracias a ellos. 

La santidad se da en cadena: por contagio e imitación, por atracción y deseo de llevar una vida así, tan extraordinaria. Nosotros, ¿a qué esperamos? ¿Por qué ellos sí y nosotros no? A veces se piensa que la santidad es un privilegio reservado a unos pocos elegidos. En realidad, ¡llegar a ser santo es la tarea de cada cristiano! Los santos fueron santos porque quisieron, con inmenso querer, ser fieles a Cristo y no anteponer nada a su amor. ¡Feliz fiesta de san Ignacio de Loyola!

¡Sed santos porque yo, vuestro Dios, soy santo!
(Lev 19, 2) 

14 de julio de 2018

LA VOCACIÓN: UNA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO


Toda vocación nace del encuentro con Cristo, del diálogo con Él. Ya sea que una vocación madure de forma gradual, lenta, a través de etapas jalonadas en el tiempo, como sucede más generalmente; ya sea que la gracia del Señor golpee casi repentinamente, sobre un nuevo «camino de Damasco», como un chispazo, como una experiencia imprevista, que después se va precisando en el tiempo, la vocación es siempre y en cualquier caso una experiencia «de encuentro»: la voz del Señor empieza a resonar con fuerza en el corazón de una persona y la interpela, la invita y solicita una respuesta. Este encuentro (o encuentros) suele ir acompañado por una búsqueda de silencio y de lugares solitarios; de una o varias preguntas que resuenan insistentemente interiormente; de una “humilde certeza”, de una palabra o de una luz que te empuja a dar el paso, aun sin tenerlo todo claro. 

En la experiencia vocacional de san Francisco podemos descubrir cada uno de estos elementos: 

- La suya es, ante todo, la experiencia de una necesidad nueva y profunda de soledad y de silencio para reencontrar los susurros de aquella palabra que, en una noche llena de estrellas, por las calles de Asís, le había enamorado y trastornado y «de tanta dulzura había llenado su corazón, que ni siquiera podía ya hablar». Basta leer a Celano (1Cel 6) y la Leyenda de los Tres Compañeros (cap. III), para descubrir al joven Francisco que se encierra durante horas en una gruta: «Desde entonces, escondiéndose de la mirada de los hombres, se retiraba todos los días a hacer oración, atraído secretamente por dicha dulzura del corazón, la cual, visitándole cada vez con más frecuencia, lo invitaba a la oración, alejándolo de las plazas y de otros lugares públicos».

- Es también la experiencia de una insistente pregunta del corazón, aun antes que de los labios: «¿Qué quieres que haga...?» Una pregunta tan insistente y tan profundamente enraizada en el corazón de san Francisco que aflora hasta en sueños, en la noche de Espoleto: «¿Qué quieres que haga, Señor?» (Tres Compañeros 6).

- Y es, finalmente, la experiencia de la escucha de una Palabra que resuena en el silencio, delante del Crucifijo de San Damián: «Francisco, ve y repara mi casa...», a la que sigue una pronta respuesta: «Lo haré con gusto, Señor» (Tres Compañeros 13).

¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!