20 de febrero de 2019

NUESTRA PUERTA ESTÁ ABIERTA PARA TI

Encontrar el “motivo” por el que vale la pena vivir no tiene precio.

Saberse valioso para Aquél que nos dio la vida y nos espera para completarla aún más, es la mejor noticia que nos pueden dar.

Descubrir la grandeza de la propia libertad que lucha por no estar centrada en sí misma, para ser así capaz de ayudar a otros a ser libres de verdad, es lo más “alternativo” y “contracorriente” que podemos hacer.

Pero, sobre todo, comprender que las preguntas decisivas quizás no se refieren al “QUÉ”, sino al “QUIÉN”: hacia “quién” ir, a “quién” seguir, a “quién” confiar la propia vida, es sin duda lo mejor que nos puede pasar en la vida. 

Sólo Cristo nos espera cuando no nos satisface nada de lo que encontramos.

Sólo en Él descubrimos la belleza y la libertad que tanto nos atrae.

Es Él quien nos provoca con esa sed de "más" que no nos permite dejarnos llevar del conformismo.

Es Él quien nos lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar y nos da la gracia para tomarlas… 

¡Sólo Cristo tiene palabras que resisten al paso del tiempo y permanecen para la eternidad! 

Seguirle a Él, como san Francisco, en pobreza, humildad y fraternidad es la esencia de la vocación franciscana

No le des más vueltas: si esto despierta lo mejor de ti mismo: Ven, ¡nuestra puerta está abierta!

28 de enero de 2019

QUIEN ARRIESGA POR CRISTO, SIEMPRE GANA

Querer tenerlo todo claro o esperar la confirmación decisiva y evidente por parte de Dios antes de tomar una decisión, son dos reacciones (normales) que podemos experimentar a lo largo del tiempo de búsqueda vocacional. El problema es que pueden convertirse en justificaciones que esconden un ansia de seguridad y el deseo de una certeza tal que nunca vamos a tener y que, por supuesto, no pedimos a Dios en otros asuntos. 

El Señor, llamándonos, no nos indica exactamente lo que tenemos que hacer. Eso nos lo irá revelando poco a poco, a través de signos, personas, experiencias, en la oración... Su llamada es ante todo un encuentro que ensancha nuestro deseo de dar la vida, de entregar lo que somos, de dejarlo todo por Él, porque hemos encontrado el amor más grande. No tengamos ninguna duda: ¡Dios nunca jugará con nosotros, confundiéndonos con su propuesta! 

Si nos abrimos a la confianza y decidimos ponernos en camino, paso a paso, entonces experimentaremos que el pequeño grano de mostaza de la primera intuición o certeza de su llamada, comienza a crecer porque es una semilla que posee una gran fuerza, despertando en nosotros energías insospechadas y una alegría hasta entonces desconocida. ¿Te ha pasado algo así? No lo dejes pasar... 

Todo sería mucho más fácil si nos fiáramos. Lo único que se nos pide es dar el primer paso. Luego, ¡Dios dirá! ¿Y si resulta que ese no era mi camino? ¿Y si me equivoco? No pasa nada. Podemos no acertar a la primera. ¡Les ha ocurrido a muchos santos! Dios no te pide que aciertes siempre, sino que aprendas a confiar en Él. Quien confía en Él nunca se equivoca. Quien arriesga por Él siempre gana. Lo triste sería no dar el paso, permanecer en la duda, dejarse paralizar por el miedo, huir una y otra vez, posponer la decisión, esperar a que todo esté claro como el agua...   

26 de enero de 2019

EL TIEMPO DE LA VOCACIÓN


Cuando Dios llama, importa poco la edad, la experiencia, los títulos... Hace muchos siglos, Jeremías vivía en Anatot, un pueblecito cercano a Jerusalén, en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios para ser profeta. El chico se resistía aduciendo que era demasiado joven y débil para este oficio tan importante, pero Dios le respondió: «No digas que eres demasiado joven o demasiado débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré». ¿Qué más se puede pedir? Samuel, que llegaría a ser un gran profeta, recibió la llamada siendo aún niño y siempre le acompañó la gracia de Dios para realizar su vocación y cumplir su misión. 

San Alfonso María de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional; san Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una juventud bastante loca; y san Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos, tras una existencia aventurera. Dios llama cuando quiere y como quiere. Aunque también es cierto que su llamada suele llegar casi siempre en la adolescencia o en la juventud, como les ocurrió a san Francisco y a santa Clara.

Todos hemos escuchado alguna vez (o quizás también lo pensemos…) la cansina y socorrida cantinela de que «es demasiado joven para elegir ese camino», o que «ha de esperar a saber más de la vida», o que «ha de probar antes otras cosas, pensarlo bien y tenerlo muy claro». Sin embargo, la vocación no es programable: ¡El Señor llama cómo y cuándo quiere! Es cierto que somos nosotros los que libremente respondemos a su invitación, pero no es bueno imponer a Dios nuestro propio calendario. Con frecuencia, esta actitud es fruto de nuestros miedos e inseguridades... 

La llamada de Dios no es una “desgracia”, no nos hace perder nada, nada, absolutamente nada de lo que hace nuestra vida libre, bella y grande. Entonces, ¿por qué tener miedo? ¿Por qué pensar que Dios quiere “estropear” los mejores años de nuestra vida y por tanto hay que apurarlos al máximo? ¿Por qué seguir posponiendo la decisión que hace vibrar nuestro corazón, que nos hace soñar alto, que nos llena de una alegría sin comparación? Samuel, al final, con la ayuda del profeta Elí, respondió: "Habla, Señor, que tu siervo escucha". Y tú, ¿qué vas a responder?