10 de diciembre de 2019

TE ESPERA, TE BUSCA


La vocación no es algo que tú inventas o decides por tu cuenta: es algo que encuentras o que poco a poco vas descubriendo en tu vida. No es el proyecto que tú tienes sobre ti mismo, es el proyecto que Dios tiene sobre ti y que te invita a realizar. Por eso, para descubrir tu vocación, es fundamental crecer en el diálogo y la familiaridad con el Señor, es decir, aprender a orar con el corazón. Sólo mediante la oración es posible encontrar lo que Dios quiere de ti. En la oración, el Espíritu Santo afina tu oído y todos tus sentidos para que puedas escuchar y percibir la voz de Aquel que te llama por tu nombre y te conoce desde siempre: "Samuel, Samuel... Habla, que tu siervo escucha" (1Samuel 3, 10). Así fue también para san Francisco de Asís, quien, como nos recuerdan sus primeros biógrafos, "cuando oraba en selvas y soledades, hablaba con su Señor" (2Celano 95).

Todo esto te puede parecer un poco difícil… Es verdad, ¡a veces este camino se hace arduo! Pero no olvides la Buena Noticia de la Navidad, que celebraremos dentro de muy poco: ¡El Señor se deja encontrar! Más aún, no tiene otro deseo que ser encontrado y ha tomado Él la iniciativa saliendo a nuestro encuentro. Por eso, el Hijo de Dios, anhelando buscar al hombre, oveja perdida, deja la gloria del Padre y viene a nuestro mundo. Este misterio llenaba de alegría y de agradecimiento profundo el corazón de san Francisco. ¡Y no era para menos! 

El Señor puede y quiere hacerte entender que sus caminos para ti son más grandes de lo que te habías imaginado. Que donde tú ves limitación, Él encuentra posibilidad; que donde tú te cierras por miedo o falta de confianza, Él sabe que todavía hay mucho camino por recorrer. Entonces, ¿también tú estás dispuesto a dejarlo todo para seguirle?

Ven, Señor. Ven, Salvador

30 de noviembre de 2019

AQUÍ Y AHORA: NO DEJES PASAR LA VIDA


¿Habéis pensado alguna vez cómo continuaría la historia del “joven rico” del Evangelio? Jesús le invitó a dejarlo todo y seguirle. Pero él se asustó y se fue triste, porque "era muy rico". Hubo otros que sí le siguieron, que no dejaron pasar la oportunidad de su vida y fueron grandes apóstoles, grandes santos, con la ayuda de la gracia de Dios. Podemos suponer que, pasado el tiempo, a aquel joven le irían llegando noticias del Maestro. Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado...

Podemos imaginarnos que el personaje se ha hecho un poco más grande... Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio. Vive de nostalgias y de recuerdos, de lo que pudo ser y no fue. Hay algunos instantes de su vida que pesan en su alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel Maestro de Galilea que "mirándole le amó". 

El tiempo ha pasado. Hace unos años, con motivo de la fiesta de pascua, le contaron que lo habían crucificado. Y respiró hondo. «Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes y mis proyectos!». Pero, sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda a la mirada del Maestro, llena de un amor nuevo, distinto. En su mente seguía fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por miedo a arriesgar, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior. Descubrió que su deseo de entrega, su deseo de Dios, seguía allí, en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando.

Aquel hombre pudo haber sido un gran apóstol. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que no. El miedo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por miedo a perder esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus seguridades, a sus propios proyectos... ¿Qué es todo eso en comparación con el Reino de los cielos, con servir a Cristo y participar de su gloria, con la vida eterna?

Señor: ¡vence nuestros miedos y resistencias!

4 de octubre de 2019

¡FELIZ FIESTA DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO!

A los veinte años de haberse unido totalmente a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles, el varón apostólico Francisco voló felicísimamente a Cristo, y, después de incontables trabajos, alcanzó el descanso eterno y fue presentado dignamente a la presencia del Señor. Uno de sus discípulos, célebre por su santidad, vio el alma del Santo que, como si fuera una estrella del tamaño de la luna, resplandeciente con claridades de sol y sostenida por una nubecita blanca entre aguas inmensas, ascendía derecha al cielo. 

Había trabajado mucho en la viña del Señor: empeñado y fervoroso en oraciones, ayunos, vigilias, predicaciones y caminatas apostólicas; perseverante en el cuidado y compasión del prójimo y en el desprecio de sí mismo, desde el momento de su conversión hasta su tránsito a Cristo, a quien había amado de todo corazón, mantuvo continuamente vivo su recuerdo, le alabó con la boca y lo glorificó con sus obras. Tan de corazón y con tanto ardor amó a Dios, que, oyendo su nombre, se derretía interiormente y prorrumpía externamente, diciendo que el cielo y la tierra deberían inclinarse al nombre del Señor. (De la Leyenda de los Tres Compañeros 68ss).

¡FELIZ Y SANTA FIESTA DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO DE ASÍS!