13 de diciembre de 2018

ADVIENTO CON S. FRANCISCO: EL COMIENZO DEL FIN...

El Adviento nos invita a preparar nuestro corazón (habitación interior lo llamaba también san Francisco) a la venida del Señor, despertando en nosotros el deseo de un encuentro con Aquel que sólo espera ser reconocido, deseado y acogido. Es un tiempo único, que no podemos dejar pasar sin más, para caer en la cuenta de que Alguien nos ama desde siempre y nos acoge tal como somos, sin condiciones ni chantajes; de que Alguien nos busca, aunque no le busquemos, y quiere entrar donde ya habita. No tengamos miedo del silencio ni de la soledad, busquemos cada día un rato para entrar dentro de nosotros mismos, donde Él nos espera: “Mira que estoy a la puerta y llamo”. 


El misterio de Adviento es un misterio de vaciamiento, de pobreza, de limitación. Debe ser así. De otro modo no podría ser un misterio de esperanza. El misterio de Adviento es un misterio de comienzo: pero también es el misterio de un fin. Es el comienzo del fin de todo lo que en nosotros no es todavía Cristo. Y eso, sin duda, es motivo de alegría. Pero por desgracia nos aferramos a nuestra irrealidad, preferimos lo nuestro a lo suyo, continuamos aferrados a nosotros mismos, no queremos ser “un solo hombre en Cristo”.

Adviento, para nosotros, significa aceptación de ese comienzo totalmente nuevo. Significa una disposición para hacer que la eternidad y el tiempo se encuentren en Cristo y en nosotros, en el hombre, en nuestra vida, en nuestro mundo, en nuestro tiempo. 

Si hemos de entrar en el comienzo de lo nuevo, debemos aceptar la muerte de lo viejo. El comienzo, pues, es el fin. Hemos de aceptar el fin, antes de poder empezar. O más bien, para ser más fieles a la complejidad de la vida, hemos de aceptar el final en el comienzo, ambos juntos.


Esta es la invitación que nos hace san Francisco para el Adviento
«Ruego a todos los hermanos que, removido todo impedimento y pospuesta toda preocupación y solicitud (muerte de lo viejo), del mejor modo que puedan, hagan servir, amar, honrar y adorar al Señor Dios con corazón limpio y mente pura, que es lo que él busca sobre todas las cosas (¡Dios reinando en nosotros!); y hagámosle siempre allí habitación y morada a aquél que es Señor Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, que dice: Vigilad y orad en todo momento» (Regla no bulada, 22).
¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús! 

14 de noviembre de 2018

PARA QUE CUMPLA TU SANTO Y VERAZ MANDAMIENTO

¡Qué bien entendió san Francisco que nuestro bien más grande está en hacer la voluntad de Dios! Por eso, desde su primera oración ante el Cristo de san Damián hasta el final de su vida, concibió el camino del hermano menor bajo la acción del Espíritu, buscando en todo y por todo la voluntad de Dios. “Toda la voluntad, en cuanto es posible con la ayuda de la gracia, se dirija a Dios, deseando agradar al solo sumo Señor” (Carta a la Orden 15). “Ninguna otra cosa hemos de hacer sino seguir la voluntad del Señor y agradarle en todo” (Regla no bulada 22, 9). 

San Francisco busca la voluntad de Dios a través de la oración, y la consiguiente percepción interior del Espíritu; la escucha de las palabras del santo Evangelio (así dice el Señor...); la voz de la Iglesia; las resonancias interiores; el consejo de los hermanos y de la hermana Clara; y de otras personas que le merecen toda confianza.

Desde el momento de su conversión, cuando se dirige a Dios pidiéndole: “Señor, ¿qué quieres que haga?”, hasta los últimos instantes de su vida, en los que se exhorta a sí mismo e invita a sus hermano a nuevos comienzos (“comencemos, hermanos, a servir al Señor”), toda la existencia de san Francisco estuvo orientada a una búsqueda ininterrumpida del querer de Dios.

San Buenaventura dejó constancia de esta búsqueda infatigable: “Con frecuencia y singular celo buscaba el camino y el modo de servir lo más perfectamente a Dios conforme a su beneplácito”.

Descubrir lo que Dios quiere de nosotros no es fácil, pero tampoco es algo imposible. Si con sinceridad y humildad nos ponemos a buscar la voluntad de Dios, es posible encontrarla, siempre con la ayuda de algún religioso o sacerdote. ¡Es Él el más interesado en que descubramos y realicemos nuestra vocación!

¡Que quiera, Señor, lo que tú quieres!

10 de octubre de 2018

NO ESTÁS SOLO EN ESTO...


Amigo, quizás desde hace tiempo late en tu corazón un deseo, una ilusión, una inquietud que no te deja tranquilo aun en medio de la aparente normalidad de tu vida... Y te preguntas: “¿Qué me está pasando? ¿Por qué hay palabras, personas, acontecimientos que, casi sin saber por qué, me están tocando el corazón especialmente? Hasta no hace mucho pasaban casi desapercibidos, sin embargo ahora me llegan, me calan, me hieren. ¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Por qué esta circunstancia, por qué este encuentro, por qué esta alegría cuando pienso en…?”

Poco a poco estás advirtiendo, bajo todas esas circunstancias, un “lenguaje misterioso” con el que quizás Alguien (¿Dios?) te está diciendo que quiere contar contigo, que espera tu sí, que tiene un camino nuevo para ti. Y esto te llena de alegría y despierta lo mejor de ti mismo, aunque a veces también te confunde o te abruma, porque mucha de la gente que te rodea ven a la Iglesia con recelo, como una realidad de otro tiempo que juzga y se opone a los deseos de felicidad y de amor de los jóvenes... Y la vocación religiosa o sacerdotal como una desgracia o una pérdida de tiempo. Quizás por eso has decidido no contárselo a nadie y esperar a que se pase esta racha para no complicarte la vida. 

Recuerda que no estás solo en esto de la vocación. ¡Tienes a la Iglesia! Por eso, lo mejor que puedes hacer es contárselo a un sacerdote o a un religioso/a, para que te ayuden a descubrir lo que Dios quiere de ti: ¿Puede haber un descubrimiento más grande? Si quieres, puedes escribirnos a nosotros que encantados te responderemos: vocacionesfranciscanas@pazybien.org

Reza con confianza: “Aquí me tienes, Señor. Ciertamente no soy todavía como tú quisieras que fuera; ni siquiera logro entenderme a fondo a mí mismo, pero con tu ayuda estoy dispuesto a seguirte. Nada es imposible para quien se fía de ti y se entrega a ti. ¡Aquí me tienes!”.