4 de octubre de 2019

¡FELIZ FIESTA DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO!

A los veinte años de haberse unido totalmente a Cristo en el seguimiento de la vida y huellas de los apóstoles, el varón apostólico Francisco voló felicísimamente a Cristo, y, después de incontables trabajos, alcanzó el descanso eterno y fue presentado dignamente a la presencia del Señor. Uno de sus discípulos, célebre por su santidad, vio el alma del Santo que, como si fuera una estrella del tamaño de la luna, resplandeciente con claridades de sol y sostenida por una nubecita blanca entre aguas inmensas, ascendía derecha al cielo. 

Había trabajado mucho en la viña del Señor: empeñado y fervoroso en oraciones, ayunos, vigilias, predicaciones y caminatas apostólicas; perseverante en el cuidado y compasión del prójimo y en el desprecio de sí mismo, desde el momento de su conversión hasta su tránsito a Cristo, a quien había amado de todo corazón, mantuvo continuamente vivo su recuerdo, le alabó con la boca y lo glorificó con sus obras. Tan de corazón y con tanto ardor amó a Dios, que, oyendo su nombre, se derretía interiormente y prorrumpía externamente, diciendo que el cielo y la tierra deberían inclinarse al nombre del Señor. (De la Leyenda de los Tres Compañeros 68ss).

¡FELIZ Y SANTA FIESTA DE NUESTRO PADRE SAN FRANCISCO DE ASÍS!

18 de septiembre de 2019

CAMINAR POR LAS ALTURAS: S. JOSÉ DE CUPERTINO

El 18 de septiembre celebramos a san José de Cupertino, franciscano conventual italiano. Cuando pienso en este santo, me vienen a la cabeza las palabras del profeta Habacuc: “El Señor soberano es mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por las alturas” (3, 19). Toda su vida estuvo jalonada de experiencias muy duras y aplastantes. Lo normal hubiese sido que una persona así jamás hubiera “levantado el vuelo”, arrastrando como una losa pesadísima una imagen de sí mismo y una autoestima ínfimas... Me explico. 

Cuentan que Giuseppe vino al mundo en un establo de la pequeña aldea de Cupertino (Pulla, sur de Italia). Su familia tuvo que refugiarse en aquel tugurio pobrísimo como consecuencia de la sentencia de embargo dictada contra el padre por no poder pagar a sus acreedores. Desde niño, sufrió el carácter áspero y furibundo de su madre, que solía tratarlo con mucha dureza, recordándole frecuentemente que “no servía para nada, que era un inútil”. Sintió muy joven la llamada a la vida religiosa y pidió ser admitido en varios conventos franciscanos, pero de todos ellos lo echaron. Los frailes decían que los encargos que se le daban, o se le olvidaban o los hacía al revés. Pasaba por ser un inútil para todo. En el colmo de sus males, al volver a casa tras un nuevo fracaso en la vida conventual, su padre acababa de morir y los acreedores pretendieron meter al hijo, heredero de deudas, entre rejas. ¡Con cuántas humillaciones prepara el Señor el alma de algunos de sus santos! 

Pasará largas horas en el santuario de la Grottella de su ciudad natal, delante de la imagen de la Virgen, confiándole su suerte: “Todos me echan. Todos se burlan de mí. ¡Mis propios familiares! ¿Qué será de mí? ¿Qué hacer? ¡Señor, en tus manos entrego mi destino! ¡María, sálvame y ayúdame!”. Finalmente, será admitido entre los franciscanos conventuales. Pero esta vez, el oro que cubrían las pobres apariencias empezó a brillar. Y los frailes lo percibieron. Superó los estudios al sacerdocio con tesón y mucha ayuda del cielo, y en el ejercicio del ministerio se desvivió en el cuidado de los pobres con una caridad sin límite. Fue buscado como confesor; sus jornadas estuvieron entretejidas de mucha oración, ayuno y penitencias. También de milagros, éxtasis y levitaciones. Pero no tardaron en aparecer envidias y denuncias que hicieron que interviniera la Inquisición, condenándole a una especie de “arresto conventual”. 

Murió entre sus frailes en el convento de Ósimo, donde se encuentra su sepulcro. Cuando todo hacía presagiar una vida “aplastada” bajo el peso de tantas humillaciones y desprecios, “el Señor soberano fue su fuerza, le dio piernas de gacela y le hizo caminar por las alturas”. Y será conocido como “el santo de los vuelos”. Tremenda paradoja. Tras su muerte, un perfume extraordinario, que tantas veces había descubierto su presencia en los recovecos de los conventos, se difundió por todas partes y duró en su celda más de trece años.

16 de septiembre de 2019

SAN FRANCISCO RECIBE LAS LLAGAS DE CRISTO


El 17 de septiembre, la Orden Franciscana celebra la fiesta de la impresión de las llagas de Cristo en el cuerpo de san Francisco: manifestación externa de una largo camino de seguimiento, pertenencia e identificación con Cristo que llega a su culmen, a su cima.

Estando próxima la fiesta de la cruz de septiembre, fue una noche el hermano León, a la hora acostumbrada, para rezar los maitines con san Francisco. Lo mismo que otras veces, dijo desde el extremo de la pasarela: Domine, labia mea aperies, y san Francisco no respondió. El hermano León no se volvió atrás, como san Francisco se lo tenía ordenado, sino que, con buena y santa intención, pasó y entró suavemente en su celda; no encontrándolo, pensó que estaría en oración en algún lugar del bosque. Salió fuera y fue buscando sigilosamente por el bosque a la luz de la luna. Por fin oyó la voz de san Francisco, y, acercándose, lo halló arrodillado, con el rostro y las manos levantadas hacia el cielo, mientras decía lleno de fervor de espíritu: - ¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? Y, ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo? Y repetía siempre las mismas palabras, sin decir otra cosa. El hermano León, fuertemente sorprendido de lo que veía, levantó los ojos y miró hacia el cielo; y, mientras estaba mirando, vio bajar del cielo un rayo de luz bellísima y deslumbrante, que vino a posarse sobre la cabeza de san Francisco; y oyó que de la llama luminosa salía una voz que hablaba con san Francisco; pero el hermano León no entendía lo que hablaba. Al ver esto, y reputándose indigno de estar tan cerca de aquel santo sitio donde tenía lugar la aparición y temiendo, por otra parte, ofender a san Francisco o estorbarle en su consolación si se daba cuenta, se fue retirando poco a poco sin hacer ruido, y desde lejos esperó hasta ver el final. Y, mirando con atención, vio cómo San Francisco extendía por tres veces las manos hacia la llama; finalmente, al cabo de un buen rato, vio cómo la llama volvía al cielo.