11 de agosto de 2016

FELIZ FIESTA DE SANTA CLARA, MADRE Y HERMANA

Padre de las misericordias, te damos gracias y te bendecimos por el testimonio de santidad de Clara de Asís, fiel seguidora de tu humilde siervo san Francisco, el “Pobrecillo”:

Ella, mujer de noble estirpe, no se dejó engañar por los honores y las falsas promesas de este mundo, sino que halló en tu Hijo Jesús, única y verdadera riqueza que no pasa, el tesoro de gracia que colma el corazón. De la mano de tu siervo Francisco descubrió que no es posible ambicionar la gloria en este mundo y después reinar en el cielo con Cristo. 

Ella, mujer fuerte y valiente, no temió arriesgar su honor y su fama huyendo de la casa paterna, despreciando las comodidades de un palacio para vivir en un pobrísimo monasterio y entregar toda su vida a Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres, despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, y muriendo en la cruz entre atroces angustias por nuestra salvación. Desde entonces, todo su empeño no fue otro que mirarle y contemplarle, con el único deseo de imitarlo.

Ella, mujer hecha oración, se dejó transformar por la Belleza sin igual del rostro de tu Hijo amado, contemplado en la asidua oración y celebrado con fervor en los sacramentos. Su corazón quedó totalmente conquistado por la pobreza del Niño colocado en el pesebre y envuelto en pañales, por la humildad, la pobreza bienaventurada y los múltiples trabajos y penalidades que soportó durante su ministerio y por la inefable caridad, a cuyo impulso Cristo quiso padecer en el leño de la cruz y morir.

Ella, mujer pobre y humilde tras los pasos de san Francisco, ¡mujer nueva del valle de Espoleto!, descubrió que de nada nos sirve ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma. Ella, alma clarísima y reluciente, vivió una oscura «noche» de casi veintinueve años de enfermedad, en la que aprendió el significado de la palabra paciencia, haciendo la experiencia de un «Esposo» pobre y crucificado, «clavado en el leño de la cruz».

Ella, hermana y madre, cuidó con inefable caridad de la pequeña grey que Tú, oh Padre, quisiste engendrar en tu Iglesia santa con la palabra y ejemplo del bienaventurado Francisco, para seguir la pobreza y humildad de tu amado Hijo y de la gloriosa Virgen su Madre, un pueblo de Hermanas Pobres, nacidas del Espíritu Santo, para un único ideal: el seguimiento del santo Evangelio en pobreza y humildad.

En el día de su fiesta, te pedimos Altísimo Padre, por tu Hijo Jesús, que se ha hecho para nosotros camino, en el Espíritu Santo, que cuantos nos inspiramos en su testimonio luminoso de santidad, sigamos cada día con mayor autenticidad el Evangelio como norma de vida y aprendamos a vivir en pobreza y humildad, saliendo al encuentro de las necesidades de los hermanos, practicando con ellos la santa caridad y la entrañable misericordia. Amén. 

10 de agosto de 2016

FELIZ TRÁNSITO AL CIELO DE SANTA CLARA

DÍA TERCERO

Para este tercer día, os proponemos la lectura de algunos párrafos del bellísimo tránsito de san Clara, según se narra en la Leyenda, escrita en gran medida siguiendo los testimonios directos y orales de las Hermanas Pobres de San Damián.


DEL TRÁNSITO FINAL DE LA MADRE CLARA DE ASÍS Y DE LO QUE EN ÉL SUCEDIÓ

Mostrándose ya más cerca el Señor, y como si ya estuviera a la puerta, quiere que le asistan los sacerdotes y los hermanos espirituales, para que le reciten la pasión del Señor y sus santas palabras. ¿Quién podrá relatar el resto sin llorar? Están presentes aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco: Ángel el uno, que, lloroso él, consuela a las que lloran; León el otro, que besa el lecho de la moribunda. Lloran las hijas desamparadas ante la separación de la piadosa madre y acompañan con lágrimas a quien se les va y no han de ver más en la tierra. Se duelen muy amargamente de que todo su consuelo se les marcha con ella y de que, abandonadas en este valle de lágrimas, ya no se verán más consoladas por su maestra.

Entretanto, la virgen Clara, vuelta hacia sí misma, habla serenamente a su alma: «Ve segura -le dice-, porque llevas buena escolta para el viaje. Ve -añade-, porque aquel que te creó te santificó; y, guardándote siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. Tú, Señor -prosigue-, seas bendito porque me creaste». Al preguntarle una de las hermanas que a quién hablaba, ella le respondió: «Hablo a mi alma bendita». No estaba ya lejano su glorioso tránsito, pues, dirigiéndose luego a una de sus hijas, le dice: «¿Ves tú, ¡oh hija!, al Rey de la gloria a quien estoy viendo?»

La mano del Señor se posó también sobre otra de las hermanas, quien con sus ojos corporales, entre lágrimas, contempló esta feliz visión: estando en verdad traspasada por el dardo del más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado. A la mañana siguiente, pues, del día del bienaventurado Lorenzo, sale aquella alma santísima para ser coronada con el premio eterno; y, disuelto el templo de su carne, el espíritu emigra felizmente a los cielos. 

Bendito este éxodo del valle de miseria que para ella fue la entrada en la vida bienaventurada. Ahora, a cambio de sus austerísimos ayunos, se alegra en la mesa de los ciudadanos del cielo; y desde ahora, a cambio de la vileza de las cenizas, es bienaventurada en el reino celeste, condecorada con la estola de la eterna gloria. 

9 de agosto de 2016

HACIA LA FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS

DÍA SEGUNDO

Hermanas Clarisas en oración (Soria)
Santa Clara entendió, como san Francisco, que la verdadera lucha de la vida cristiana es por tener la mente y el corazón vueltos hacia el Señor: Es un mirar, un contemplar, para imitar y transformarse en Él. El verdadero obstáculo para la santidad es estar demasiado centrados en nosotros mismos y vivir distraídos, dispersos. Sus escritos están llenos de referencias a la mirada, a la contemplación: 

«Míralo hecho despreciable por ti, y síguelo, haciéndote despreciable por Él en este mundo. Mira... a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, convertido por tu salvación en el más vil de los hombres, despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, y muriendo en la cruz entre atroces angustias. Mira, medita, contempla, con deseos de imitarlo... Si sufres con Él, reinarás también con Él; si con Él lloras, con Él gozarás...» (Carta II).

«Aplica tu mente al espejo de la eternidad, y pon tu alma en el esplendor de la gloria, y tu corazón en la figura de la divina sustancia, y transfórmate totalmente por la contemplación en la imagen de su divinidad» (Carta III). «Mira diariamente este espejo (Cristo, esplendor de la gloria)... para revestirte totalmente... de todas las virtudes... 

Mira... la pobreza del niño colocado en el pesebre y envuelto en pañales... Considera luego... la humildad, la pobreza bienaventurada, y los múltiples trabajos y penalidades que soportó... Contempla, por fin... la inefable caridad, a cuyo impulso quiso padecer en el leño de la cruz y morir...» (Carta IV).

Una mirada continua a Cristo: del corazón y de la mente, que se hace meditación de su vida, contemplación de su persona humana y de su gloria en el Padre para gozar de su misma herencia. Es la suerte que espera a quien se hace pobre en Cristo pobre, que está «muerto para el mundo» y su «vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3). «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).