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17 de abril de 2021

TÚ ERES NUESTRA ALEGRÍA


Una de las cosas que más atrae de san Francisco es su alegría. En sus gestos, en sus palabras, en sus decisiones... reconocemos a un hombre que se sabía profundamente amado y cuidado por Dios. Escuchando a Cristo a través de su evangelio descubrió que sólo una cosa era necesaria y bastaba para todo: dejarse hacer, dejarse guiar, dejarse transformar por el Espíritu de Dios. 

San Francisco, a partir de su conversión, dejará de buscar el éxito y fama; ya no luchará por mantenerse en el pedestal porque habrá elegido el último de los peldaños, como Jesús, con Jesús. El no apropiarse de nada ni de nadie, de manera radical, será la raíz de su alegría verdadera: todo lo esperará de Dios, el altísimo y buen Señor, único necesario que basta para todo. 

Esta libertad del corazón es gracia, ¡sin duda alguna!, pero no ahorró a san Francisco de librar librar duras batallas: El siervo de Dios que no se enoja ni se turba por cosa alguna, vive, en verdad, sin nada propio. Y dichoso es quien nada retiene para sí, restituyendo al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios [Adm. 11].

¡Al Señor Jesús, que vive por los siglos, gloria y alabanza!

9 de marzo de 2021

EL CORAZÓN VUELTO HACIA DIOS

Con esta expresión, "tener el corazón vuelto hacia Dios", entendía san Francisco lo que hoy nosotros llamamos conversión. Volver nuestra mirada, sí. La de los ojos y la del corazón. Porque tantas veces anda perdida o demasiado centrada en nuestro ombligo. Volver nuestra mirada, sí. Porque, más que en las palabras o en los gestos el encuentro con Él se da en la mirada. En la Suya y en la nuestra. 

Cuentan los biógrafos que el joven Francisco, al comienzo de camino de conversión, buscaba la soledad y el silencio de la ermita de san Damián. Fue en ese lugar donde aprendió a fijar su mirada en el Crucificado que presidía el ábside de la pequeña iglesia en ruinas. Al calor de su mirada, misericordiosa, sumergido en la profundidad de aquellos ojos grandes y penetrantes, descubrió su vocación. Una voz le invitaba a entregar su vida por la Iglesia de Dios que debía ser reparada y restaurada sobre su único y seguro fundamento que es Cristo, pobre y humilde. Él fue fue quien enseñó a Francisco a mirarse a sí mismo y a mirar el mundo con ojos nuevos.

En esta Cuaresma, mira mucho a Jesús...
Pídele que te enseñe a mirar con sus ojos...

Cuando san Francisco oraba en selvas y soledades, llenaba de gemidos los bosques, bañaba el suelo en lágrimas, se golpeaba el pecho con la mano, y allí hablaba muchas veces con su Señor. Allí respondía al Juez, oraba al Padre, conversaba con el Amigo, se deleitaba con el Esposo. Meditaba muchas veces en su interior sin mover los labios, e, interiorizando todo lo externo, elevaba su espíritu a los cielos. Así, hecho todo él no ya sólo orante, sino oración, enderezaba todo en él -mirada y afectos- hacia lo único que buscaba en el Señor (2Celano 95).

2 de mayo de 2020

CRISTO VIVE Y TE QUIERE VIVO

Cuentan los biógrafos, que asistiendo Francisco a la misa en una iglesia de Asís, se sintió interpelado hasta tal punto por el Evangelio del día, el de la misión de los discípulos (Mt 10, 5-15), que pidió al sacerdote que se lo explicara, descubriendo en aquel fragmento del Evangelio una llamada personal de Cristo que le revelaba su verdadera vocación y misión. Inmediatamente puso en práctica la palabra de Jesús: se hizo un nuevo hábito, reducido a una sola túnica más pobre todavía, se ciñó con una cuerda, desechó el calzado y bastón de ermitaño, y, sin alforja, bolsa ni dinero, marchó a anunciar a todos la llegada del Reino por la conversión de los corazones. A todo el que encontraba le dirigía «el saludo que le reveló el Señor» (Test 23). Por todas partes «anunciaba la paz que viene de Dios, predicando la salvación» y llevando a Cristo a aquellos que estaban alejados de Él. 

Poco después, el Señor le regaló sus primeros hermanos. El primero fue Bernardo, noble caballero de Asís. Y, junto a él, un tal Pedro. Francisco los llevó a Cristo, vivo y que habla en el Evangelio, yendo con ellos a una iglesia para pedirle «que les manifestase lo que debían de hacer». Pidieron a un sacerdote que les enseñase los textos evangélicos sobre «la renuncia al mundo», e inmediatamente los adoptaron como «forma de vida y regla para ellos y para todos los que quisieran unirse a ellos». Como advierte con agudeza el autor de la Leyenda de los Tres Compañeros, esto no fue más que el resultado de la transformación operada por Dios en Francisco y la confirmación ahora manifestada y comprobada de que su nueva vida no era fruto de otro capricho, sino obra de Dios. 

Para obedecer a la llamada de Cristo, Bernardo y Pedro vendieron todos sus bienes y distribuyeron lo recaudado a los pobres, tomaron un hábito parecido al de Francisco y «desde entonces vivieron unidos según la forma del santo Evangelio que el Señor les había manifestado». Poco a poco comenzaron a llegar muchos más hermanos, de toda Italia, e incluso de otros países...

Sí, querido amigo, como nos recuerda el Papa Francisco con frecuencia, “quien conoce a Jesús, quien lo encuentra personalmente, permanece fascinado, atraído por tanta bondad, tanta verdad, tanta belleza, y todo en una gran humildad y sencillez... Cuántas personas, cuántos santos y santas, leyendo con corazón abierto el Evangelio, se han sentido tan conmovidos por Jesús, que se han convertido a Él. Pensemos en san Francisco de Asís: él ya era cristiano, pero un cristiano de “agua de rosas”. Cuando leyó el Evangelio, en un momento decisivo de su juventud, encontró a Jesús y descubrió el Reino de Dios, y entonces todos sus sueños de gloria terrena se desvanecieron. El Evangelio te hace conocer a Jesús verdadero, te hace conocer a Jesús vivo; te habla al corazón y te cambia la vida. Y entonces sí, dejas todo. Puedes cambiar efectivamente el tipo de vida, o seguir haciendo lo que hacías antes, pero tú eres otro, has renacido...”.  


¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

6 de abril de 2020

MIRAR A CRISTO CON LOS OJOS DE S. FRANCISCO

“Ante el crucificado de la ermita de san Damián, quedó el corazón de Francisco llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la visión de Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor” (Tres Compañeros 14).

Su camino de discípulo llevó a Francisco a una cercanía, a una familiaridad y a una unión muy profundas con el Señor. Un camino iniciado en san Damián ante Cristo crucificado, contemplado con los ojos, pero sobre todo, con el corazón. La cruz de Cristo resume el sufrimiento del mundo y, a la vez, manifiesta la medida sin medida del amor de Dios, que vence la fuerza del mal con el poder de su amor humilde y entregado hasta el final.

En este primer día, quédate en silencio ante la cruz del Señor, como tantas veces hizo san Francisco. Deja que esa imagen se grabe en tus ojos y luego, poco a poco, se imprima en tu corazón. Deja, también, que brote de dentro: “Fue por mí”. Era lo que repetía san Francisco en estos días: "Sucedió por mí". No para caer en la culpabilidad, sino en la gratitud y en la adoración: “Por mí, por el perdón de mis pecados, por mi salvación. ¡Gracias, Señor!”.

El teólogo Romano Guardini, intentado comprender el misterio de la redención, ¡todo un Dios que se baja y se humilla hasta el extremo!, cosa que no lograba, escuchó una frase de un amigo que le iluminó: “El amor hace cosas así”. El amor. Ante una verdad así desaparece toda lógica. Solo queda agradecer, acoger, adorar... Pide a san Francisco el deseo sincero de corresponder mejor a este "Amor que no es amado": “¿Por qué me has amado tanto Señor? ¿Por qué?¿Qué puedo hacer por ti?”.

16 de septiembre de 2019

SAN FRANCISCO RECIBE LAS LLAGAS DE CRISTO


El 17 de septiembre, la Orden Franciscana celebra la fiesta de la impresión de las llagas de Cristo en el cuerpo de san Francisco: manifestación externa de una largo camino de seguimiento, pertenencia e identificación con Cristo que llega a su culmen, a su cima.

Estando próxima la fiesta de la cruz de septiembre, fue una noche el hermano León, a la hora acostumbrada, para rezar los maitines con san Francisco. Lo mismo que otras veces, dijo desde el extremo de la pasarela: Domine, labia mea aperies, y san Francisco no respondió. El hermano León no se volvió atrás, como san Francisco se lo tenía ordenado, sino que, con buena y santa intención, pasó y entró suavemente en su celda; no encontrándolo, pensó que estaría en oración en algún lugar del bosque. Salió fuera y fue buscando sigilosamente por el bosque a la luz de la luna. Por fin oyó la voz de san Francisco, y, acercándose, lo halló arrodillado, con el rostro y las manos levantadas hacia el cielo, mientras decía lleno de fervor de espíritu: - ¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? Y, ¿quién soy yo, gusano vilísimo e inútil siervo tuyo? Y repetía siempre las mismas palabras, sin decir otra cosa. El hermano León, fuertemente sorprendido de lo que veía, levantó los ojos y miró hacia el cielo; y, mientras estaba mirando, vio bajar del cielo un rayo de luz bellísima y deslumbrante, que vino a posarse sobre la cabeza de san Francisco; y oyó que de la llama luminosa salía una voz que hablaba con san Francisco; pero el hermano León no entendía lo que hablaba. Al ver esto, y reputándose indigno de estar tan cerca de aquel santo sitio donde tenía lugar la aparición y temiendo, por otra parte, ofender a san Francisco o estorbarle en su consolación si se daba cuenta, se fue retirando poco a poco sin hacer ruido, y desde lejos esperó hasta ver el final. Y, mirando con atención, vio cómo San Francisco extendía por tres veces las manos hacia la llama; finalmente, al cabo de un buen rato, vio cómo la llama volvía al cielo.

10 de agosto de 2019

FELIZ FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS


Padre de las misericordias, te damos gracias y te bendecimos por nuestra madre y hermana santa Clara de Asís:

Ella, mujer de noble estirpe, no se dejó engañar por los honores y las falsas promesas de este mundo, sino que halló en tu Hijo Jesús, única y verdadera riqueza que no pasa, el tesoro de gracia que colma el corazón. De la mano de tu siervo Francisco descubrió que no es posible ambicionar la gloria en este mundo y después reinar en el cielo con Cristo. 

Ella, mujer fuerte y valiente, no temió arriesgar su honor y su fama huyendo de la casa paterna, despreciando las comodidades de un palacio para vivir en un pobrísimo monasterio y entregar toda su vida a Cristo, el más hermoso de los hijos de los hombres, despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo y crucificado entre atroces dolores por nuestra salvación. Desde entonces, todo su empeño no fue otro que mirarle y contemplarle, con el único deseo de imitarlo. 

Ella, mujer hecha oración, se dejó transformar por la Belleza sin igual del rostro de tu Hijo amado, contemplado en la asidua oración y celebrado con fervor en los sacramentos. Su corazón quedó totalmente conquistado por la pobreza del Niño colocado en el pesebre y envuelto en pañales, por la humildad, la pobreza bienaventurada y los múltiples trabajos y penalidades que soportó durante su ministerio y por la inefable caridad, a cuyo impulso quiso padecer en el leño de la cruz y morir. 

Ella, mujer pobre y humilde tras los pasos de san Francisco, ¡mujer nueva del valle de Espoleto!, descubrió que de nada nos sirve ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma. Ella, alma clarísima y reluciente, vivió una oscura «noche» de casi veintinueve años de enfermedad, en la que aprendió el significado de la palabra paciencia, haciendo la experiencia de un «Esposo» pobre y crucificado, «clavado en el leño de la cruz». 

Ella, hermana y madre, cuidó con inefable caridad de la pequeña grey que Tú, oh Padre, quisiste engendrar en tu Iglesia santa con la palabra y ejemplo del bienaventurado Francisco, para seguir la pobreza y humildad de tu amado Hijo y de la gloriosa Virgen su Madre, un pueblo de hermanas pobres, nacidas del Espíritu Santo, para un único ideal: el seguimiento del santo Evangelio en pobreza y humildad. 

En el día de su fiesta, te pedimos Altísimo Padre, por tu Hijo Jesús, que se ha hecho para nosotros camino, en el Espíritu Santo, que cuantos nos inspiramos en su testimonio luminoso de santidad, sigamos cada día con mayor autenticidad el Evangelio como norma de vida y aprendamos a vivir en pobreza y humildad, saliendo al encuentro de las necesidades de los hermanos, practicando con ellos la santa caridad y la entrañable misericordia. Amén. 

Santa Clara de Asís, ¡ruega por nosotros!

18 de abril de 2019

DEJARSE QUERER POR UN AMOR ASÍ


Sabemos por las Fuentes Franciscanas que el Santo de Asís vivía los días del Triduo Pascual con una gran intensidad espiritual, preparándose a conciencia durante toda la Cuaresma. 

San Francisco nos enseña a vivir desde dentro estos días santos, dejando que resuenen en nuestro corazón estas palabras: “Aquello sucedió por mí”. No para caer en la culpabilidad, sino para dejar que emerja el asombro, el agradecimiento y, al final, caigamos rendidos en adoración humilde: Sí, fue “por mí” y “por el mundo entero”... por eso te adoramos, Señor Jesucristo, aquí y...”. Esta es la clave. El sentido de la Semana Santa es entender que aquello sucedió por mí y que desde aquella hora todo es distinto, nuevo, definitivo, porque ya nada ni nadie podrán separarnos del amor de Cristo. 

San Francisco rompía en lágrimas al reconocer que misteriosamente el mundo, y cada uno con él, estaba siendo salvado a través de un Amor que se dejaba crucificar. Por eso dirá a un campesino que un día lo encontró sollozando por los alrededores de santa María de la Porciúncula: “Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo”.

Que en estos días nos veamos absolutamente implicados en primera persona en el Misterio de amor que vamos a celebrar, para que podamos revivir en la fe lo que aconteció en la historia: Cristo, crucificado por nosotros y resucitado para nuestra esperanza. “¿Por qué nos has amado tanto, Señor? ¿Por qué?”

4 de octubre de 2018

FELIZ FIESTA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

Hoy, 4 de octubre, toda la Familia Franciscana celebra con gran gozo y alegría la fiesta de san Francisco de Asís, padre y hermano nuestro en los caminos del santo evangelio. Damos gracias a Dios por el testimonio luminoso de santidad y de finísima humanidad de este fiel seguidor de Cristo. 

Toda su vida, desde el inicio de su conversión, fue un descubrimiento progresivo de la inmensa bondad y misericordia del Aquel que él solía llamar “el Altísimo y buen Señor”, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así lo manifiestan sus profundas oraciones, llenas de contemplación y de alabanza, su tierno abrazo al Niño Jesús en Greccio, su identificación con la pasión de Cristo en la Verna, su “vivir según la forma del santo Evangelio”, su elección de la pobreza y su búsqueda de Cristo en el rostro de los pobres, su amor y delicadeza hacia todas las criaturas. 

Al celebrar un año más su fiesta, pidamos al Señor la gracia de seguir sus pasos para que también nosotros nos convirtamos sinceramente “al Amor que no es amado”, como el mismo Francisco gritaba entre lágrimas por los caminos de Asís.

Tú, padre Francisco, un día decidiste no adorarte más a ti mismo y seguir decididamente las huellas de Cristo; te enamoraste del Evangelio, que fue para ti la «regla sin glosa», la «forma» de vida; sentiste una profunda ternura por el misterio de la Encarnación y, en las proximidades de Greccio, recreaste el pesebre de Belén, y no podías pensar en la crucifixión de nuestro Señor sin conmoverte y llorar: ayúdanos a ser mejores creyentes, a vivir de la fe en el Hijo de Dios que nos amó y se entregó por nosotros. 

Tú, padre Francisco, acogiste la invitación a pasar por la puerta estrecha, y esta puerta te condujo a los leprosos: tenían el rostro de Cristo, más aún, eran Cristo mismo, su santo icono. Desde entonces, inclinarte sobre Cristo e inclinarte sobre la humanidad sufriente se convirtió para ti en la misma cosa: ayúdanos a vivir una fe que obra por medio de la caridad, de la misericordia, de la ternura y de la compasión. 

Tú, padre Francisco, te enamoraste de la «altísima pobreza», te expropiaste de todo y tomaste la cruz, y sobre el monte Alverna, Dios mismo te marcó también exteriormente con las llagas de su Hijo amado: enséñanos a poner cada vez más nuestro corazón en la esperanza que no defrauda, en la Providencia del Padre que cuida de cada uno de sus hijos, en la cruz gloriosa de Cristo y en la vida eterna. 

Padre y hermano San Francisco: con tu vida pobre, humilde y reconciliada nos enseñaste el motivo dominante de toda existencia humana: vivir es cantar y alabar a Dios; es desencarcelar en toda criatura, con la fuerza del Evangelio, el himno coral de la gloria de Dios: el todo Bien, el sumo Bien, el Bien total. Amén. ¡Aleluya!

13 de junio de 2018

FIESTA DE SAN ANTONIO DE PADUA

Aunque san Antonio no pertenecía al círculo de los primeros compañeros de san Francisco, vivió la frescura de los orígenes del carisma con total adhesión y con docilidad absoluta. Supo captar la esencia de la vida y de la espiritualidad de san Francisco y de sus primeros hermanos: el seguimiento radical de Cristo pobre y humilde; el deseo apasionado de dar testimonio de su amor por Cristo hasta el martirio, si fuera necesario; el espíritu de itinerancia y de provisionalidad para ir donde lo mandara la obediencia y lo esperara «el pueblo sediento de Dios»; la centralidad de la palabra de Dios en su predicación, que para Antonio era la «tierra fecunda, el resumen de todo el saber: «Quien no conoce las sagradas letras, no conoce ninguna».

Su sensibilidad franciscana fue plenamente reconocida por los hermanos y por el mismo santo de Asís. Así lo demuestra la carta que san Francisco le escribió a finales de 1223 o a principio de 1224, cuando llamaron a Antonio a Bolonia para que enseñara sagrada teología a los hermanos: «Al hermano Antonio, mi obispo, el hermano Francisco: salud. Me agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos, a condición de que, por razón de este estudio, no apagues el espíritu de la oración y devoción, como se contiene en la Regla». 

Una alusión de la Vida primera de Celano, redactada entre 1228 y 1229, es decir, cuando Antonio todavía vivía, revela la fidelidad con que el Santo de Padua siguió, tanto en su enseñanza en Bolonia como en su predicación itinerante, las indicaciones de Francisco. Hablando del Capítulo provincial de 1224 en Arlés, escribe Celano: «También estaba presente en aquel capítulo el hermano Antonio, a quien el Señor abrió la inteligencia para que entendiese las Escrituras y hablara de Jesús en todo el mundo palabras más dulces que la miel y el panal». 

Algunas preciosas frases extraídas de sus escritos: 

“La caridad es el alma de la fe, hace que esté viva; sin el amor, la fe muere”. 

“Oh ricos haced amigos... a los pobres, acogedlos en vuestras casas: luego serán ellos, los pobres, quienes os acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna”.

“Cristo, que es tu vida, está colgado delante de ti, para que tú mires en la cruz como en un espejo. Allí podrás conocer cuán mortales fueron tus heridas, que ninguna medicina habría podido curar, a no ser la de la sangre del Hijo de Dios. Si miras bien, podrás darte cuenta de cuán grandes son tu dignidad humana y tu valor... En ningún otro lugar el hombre puede comprender mejor lo que vale que mirándose en el espejo de la cruz”.

“Si predicas a Jesús, él ablanda los corazones duros; si lo invocas, endulzas las tentaciones amargas; si piensas en él, te ilumina el corazón; si lo lees, te sacia la mente”.

“Los buenos prelados de la Iglesia y los verdaderos religiosos son estrellas brillantes en lugar tenebroso. Ellos dirigen a los navegantes a través del mar, con rumbo recto hasta las puertas de la vida eterna. Pero los hipócritas y falsos religiosos son estrellas errantes, causa de naufragio para otros. Por eso serán golpeados por la tempestad de la muerte eterna”.

17 de enero de 2018

¿POR QUÉ EL MIEDO Y NO MÁS BIEN LA CONFIANZA?


¡Oh alto y glorioso Dios!, 
ilumina las tinieblas de mi corazón. 
y dame fe recta, 
esperanza cierta y caridad perfecta, 
sentido y conocimiento, Señor, 
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.

San Francisco recitaba esta oración durante ese tiempo largo de búsqueda del querer de Dios para su vida, cuando frecuentaba la iglesita de san Damián y se sintió llamado por su nombre. Fue allí donde aconteció aquel encuentro que cambió definitivamente el rumbo de su vida: Cristo, clavado en la cruz y, a la vez, con los ojos bien abiertos, le habló y le confió una misión. 

La vocación inicia porque hemos sido llamados por Él. No es algo que uno se inventa o decide por su cuenta; no es tampoco el proyecto que uno tiene sobre sí mismo. Es una llamada que se escucha, entre dudas e incertidumbres, y que poco a poco va abriendo un horizonte nuevo en nuestra vida, muchas veces no buscado ni deseado. Y, además, sin merecerlo. Es más: sabiendo que somos limitados, que no somos los mejores… El Señor espera que libremente acojamos su invitación (¡Sígueme!) y nos decidamos a dar el paso; que tengamos la valentía de empezar a caminar con Él; que no apaguemos el deseo de dejarlo todo para seguir sus huellas y servir con humildad a los hermanos. Pero a veces el miedo y las dudas (tinieblas del corazón, las llamó san Francisco) intentan sofocar esta llamada. Por eso san Francisco, con esta sencilla oración, pide luz; pide más confianza y abandono frente a las dudas; pide más esperanza frente al miedo y la inseguridad ante lo desconocido; pide un amor más grande para no conformarse con “amores” pequeños o estrechos. 

¿Tienes miedo de escuchar la voz del Señor, porque temes perder el control de tu vida? ¿Te cuesta fiarte de Dios, es decir, dejar que Él tenga la iniciativa, que Él lleve tu camino permitiendo que te conduzca donde Él quiera? ¿Temas que Él te pida cosas imposibles, que te saque de tus esquemas y seguridades? Quizás por eso, ante su llamada, prefieres inventar excusas, negociar con Él, intentando convencerte a ti mismo (y en el fondo también a Él) de que es mejor dejar las cosas como están... Pide luz. Pide más confianza, más esperanza, más amor.

¡Sígueme!
Marcos 10, 30

25 de diciembre de 2017

EL GRAN REY QUE NACE POBRE Y HUMILDE

"El Hijo de Dios se hizo para nosotros camino" (santa Clara)


Greccio, Navidad de 1223: san Francisco prepara todo lo necesario para la celebración, lo más dignamente posible, de la eucaristía. Con la ayuda de un tal Juan, pide que coloquen un poco de paja en un pesebre y que traigan un buey y una mula, para que sea visible “con los ojos del cuerpo”, el modo en el cual el Niño Jesús nació en Belén, en medio de la más absoluta indigencia e precariedad. Como él mismo dirá en uno de sus escritos: “Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, y nació por nosotros fuera de casa -en el original, “in via”- y fue puesto en un pesebre, porque no tenía lugar en la posada”. Nos dicen los biógrafos que el pueblo acudió numeroso, llevando velas y cirios para iluminar la gruta. Después de haber meditado, ayudados por la escena profundamente realista preparada por Francisco, acerca de la grandeza del misterio del Dios hecho hombre por nosotros, sobre el pesebre es colocado un pequeño altar sobre el cual se celebra la eucaristía. Francisco, diácono, canta el Evangelio con grandísima emoción y predica al pueblo con gran fervor, acerca del gran Rey que nace pobre y humilde.

San Francisco, por lo tanto, no quiso representar un “Belén viviente” como lo entendemos hoy: faltaban María, José y el resto de personajes. Lo que allí ocurrió, y que Francisco quiso contemplar en el modo más real posible, fue algo mucho más profundo: se celebró el sacrificio eucarístico, “recreando” las condiciones que favorecieran un encuentro real con el Misterio de la encarnación del Señor. 

Para Francisco la eucaristía y la encarnación revelan, sobre todo, una opción de fondo: la del Hijo de Dios que se ha hecho pobre y pequeño para “enriquecernos con su pobreza” y hacerse así hermano nuestro. En aquella Navidad, Francisco, “el hombre totalmente evangélico”, quiso volver a proponer el ejemplo de Cristo pobre y humilde, invitando a todos a seguir sus huellas. En esta Navidad acerquémonos también nosotros al gran Misterio que celebramos con los ojos y el corazón del santo de Asís.

¡Feliz y santa Navidad!

18 de diciembre de 2017

VIENE COMO HERMANO NUESTRO

"El Señor de la majestad se hizo hermano nuestro"  (2Celano 198)

Cada Navidad, san Francisco quedaba profundamente conmovido al “ver” a Jesús, el Hijo de Dios, hacerse hermano nuestro para reunir en una sola familia a los hijos de Dios que estaban dispersos. Para hacerse hermano de todos, vendrá a nosotros pobre, en la debilidad de un niño que pide ser acogido por amor y no por la fuerza. Francisco quiere acoger esta Buena Noticia. Invitar a los hombres a abrirse al Padre que nos da a su Hijo y poder así reconocernos hermanos. Por eso san Francisco nos dirá que busquemos superar todo impedimento y dejar de lado toda preocupación, para poder servir, amar y adorar al Señor Dios, preparando en nosotros, en nuestro corazón, una habitación, una casa donde Él pueda entrar. ¿Estás dispuesto a dejarle entrar en tu corazón? ¿Crees que su Amor, entregado totalmente, tiene poder para cambiar tu corazón, para librarlo del pecado que lo oscurece y lo tiene atado?

Jesús, tú has querido venir a este mundo y hacerte hermano nuestro: ¡Gracias, Señor! 
Jesús, tú estás junto a nosotros, no te has marchado de nuestro lado: ¡Gracias, Señor! 
Jesús, tú nos enseñas el camino de la vida: ¡Gracias, Señor! 
Jesús, contigo los corazones rotos por el desamor son sanados: ¡Gracias, Señor! 
Jesús, contigo aprendemos a ser hermanos, a ser familia: ¡Gracias, Señor!

¡Ven, Señor, a salvarnos!