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4 de abril de 2021

SAN FRANCISCO Y LA ALEGRÍA DE PASCUA


Cuando san Francisco habla del gran misterio de la resurrección de Cristo, solo le sale un sinfín de palabras que expresan júbilo, alegría, alabanza, canto, conmoción, danza, ofrecimiento, etc. Es la profundidad de su experiencia de la resurrección del Señor lo que expresan todas estas palabras, tomadas en su mayoría de la Escritura y de la liturgia, hiladas por la fe y el amor en el corazón de un hombre profundamente creyente. De un hombre vaciado de sí. De un hombre que ha mirado mucho al Cristo pobre y humillado. De un hombre que, casi al final de su vida, podrá decir: “Me sé de memoria a Cristo crucificado”. De un hombre que ha abrazado y curado con ternura el cuerpo “crucificado” de los hermanos leprosos…

Esta alegría, este júbilo, este canto de alabanza… son verdaderos porque han pasado por la experiencia de la cruz y son fruto de la resurrección. ¡Ni el mundo ni ningún revés de la vida se los podrán quitar! San Francisco fue aprendiendo que las alegrías que no nacen de la cruz, ¡con todo lo que esto significa!, son como fuegos artificiales, duran lo que duran, se van desvaneciendo poco a poco. De ahí que pida a sus hermanos con insistencia: “Decid entre las gentes que el Señor reinó desde el madero”.

En esta Pascua de resurrección “anclemos” nuestra esperanza y la fuente de nuestra alegría a la cruz de Cristo, árbol de vida. Dejemos que esta fuente riegue nuestras esperanzas y alegrías más pequeñas, las de cada día, para que las hagas más verdaderas, las ensanche y las purifique.

¡A CRISTO QUE VIVE Y NOS QUIERE VIVOS GLORIA Y ALABANZA!
¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!

25 de mayo de 2020

¡VEN, ESPÍRITU SANTO! VENCE MIEDOS Y RESISTENCIAS


Espíritu de Amor eterno, que procedes del Padre y del Hijo, te damos gracias por todas las vocaciones con las que has bendecido a la Iglesia: por los apóstoles y discípulos del Señor Jesús, por los mártires, por las vírgenes consagradas, por los monjes, por los pastores, por los misioneros... ¡Continúa, todavía, te pedimos, esta tu obra! 

Acuérdate de cuando, en Pentecostés, descendiste sobre los Apóstoles reunidos en oración con María, la madre de Jesús, y mira a tu Iglesia que tiene hoy una particular necesidad de sacerdotes, testigos fieles de tu gracia; tiene necesidad de consagrados y consagradas que manifiesten la profunda alegría de quien vive sólo para el Padre, de quien hace propia la misión y el ofrecimiento de Cristo, de quien construye con la caridad y la esperanza un mundo renovado. 

Espíritu Santo, eres tú quien abre el corazón y la mente a la llamada divina; eres tú quien hace eficaz cada impulso al bien, a la verdad, al servicio; eres tú quien puede vencer miedos y resistencias, dudas y temores; eres tú quien puede transformarlos en confianza y valentía. 

Ilumina el corazón y la mente de los jóvenes, para que nuevas vocaciones manifiesten la grandeza de tu amor y todos puedan conocer a Cristo, luz verdadera del mundo, para ofrecer a cada ser humano la segura esperanza de la vida eterna. ¡Ven, Espíritu Santo!

12 de abril de 2020

MENSAJE PASCUAL DEL MINISTRO GENERAL


Roma, Pascua de 2020
No está aquí. Ha resucitado. (Mt 28, 6a)

Queridos hermanos,

siempre me llamó la atención la expresión con la cual el ángel, sentado sobre la piedra que había sellado la tumba de Cristo, se dirigió a María de Magdala y a la otra María: «Él no está aquí. Ha resucitado». Me impresiona el matiz de la expresión, que pasa de un débil «no está aquí» a un solemne «ha resucitado».

Ciertamente no se trata de una simple descripción; no es la indicación espacio-temporal de la ubicación de un cuerpo (de hecho, el del Crucificado), sino del anuncio de la nueva creación, de la victoria final. Es la declaración definitiva de la voluntad salvífica del Padre, de la redención actuada en el sacrificio del Hijo.

Sin embargo, lo repito, la expresión comienza con una modalidad expresiva débil: «no está aquí». El ángel, sentado al modo de un obrero que descansa un momento durante su jornada, anuncia el feliz resultado del itinerario pascual (pasión, muerte y resurrección) de una manera serena, simple y no invasiva.

Interpreto este «estilo» como la oportuna continuación de la actitud que Jesús eligió a lo largo de su ministerio: palabras discretas, gestos simples, presencia ungida de una autoridad serena… para comunicar al mundo la magnificencia de la Buena Nueva; la justicia y la paz del Evangelio; la magnanimidad del amor misericordioso del Padre.

Es mi deseo que en esta Fiesta de Pascua, marcada -en gran parte del mundo- por la debilidad, la enfermedad, la pobreza, la incertidumbre, la falta de inmunidad y de justicia, nosotros, franciscanos, sepamos ser signos creíbles de esperanza de una manera serena, sin muchas palabras, con gestos -quizás- escondidos, pero con un activo y decidido amor. Así podremos ser instrumentos del Amor salvífico del Padre, que hace nuevas todas las cosas.

Y así, el Misterio de esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio, trae la concordia,
doblega a los potentes.

(Del Pregón pascual)

Fray Carlos A. TROVARELLI
Ministro general

6 de abril de 2020

MIRAR A CRISTO CON LOS OJOS DE S. FRANCISCO

“Ante el crucificado de la ermita de san Damián, quedó el corazón de Francisco llagado y derretido de amor ante el recuerdo de la visión de Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor” (Tres Compañeros 14).

Su camino de discípulo llevó a Francisco a una cercanía, a una familiaridad y a una unión muy profundas con el Señor. Un camino iniciado en san Damián ante Cristo crucificado, contemplado con los ojos, pero sobre todo, con el corazón. La cruz de Cristo resume el sufrimiento del mundo y, a la vez, manifiesta la medida sin medida del amor de Dios, que vence la fuerza del mal con el poder de su amor humilde y entregado hasta el final.

En este primer día, quédate en silencio ante la cruz del Señor, como tantas veces hizo san Francisco. Deja que esa imagen se grabe en tus ojos y luego, poco a poco, se imprima en tu corazón. Deja, también, que brote de dentro: “Fue por mí”. Era lo que repetía san Francisco en estos días: "Sucedió por mí". No para caer en la culpabilidad, sino en la gratitud y en la adoración: “Por mí, por el perdón de mis pecados, por mi salvación. ¡Gracias, Señor!”.

El teólogo Romano Guardini, intentado comprender el misterio de la redención, ¡todo un Dios que se baja y se humilla hasta el extremo!, cosa que no lograba, escuchó una frase de un amigo que le iluminó: “El amor hace cosas así”. El amor. Ante una verdad así desaparece toda lógica. Solo queda agradecer, acoger, adorar... Pide a san Francisco el deseo sincero de corresponder mejor a este "Amor que no es amado": “¿Por qué me has amado tanto Señor? ¿Por qué?¿Qué puedo hacer por ti?”.

25 de abril de 2019

PASCUA: TIEMPO DE ENCUENTROS PELIGROSOS...


Encontrarse con el Señor en este tiempo de Pascua puede ser peligroso, ¡muy peligroso!:

- puede sacarnos de la inconsistencia de nuestros miedos y encerramientos; 

- puede hacer que nuestro corazón vuelva a arder, a apasionarse, a experimentar la alegría de saberse amado incondicionalmente y enviado con una fuerza que no viene de ti; 

- puede abrir nuestros ojos y nuestra mente para hacernos ver las cosas de manera diferente, desde Él y no desde nuestra mirada corta y estrecha; 

- puede hacernos regresar allí donde le crucificaron, para recordarnos que el camino del discípulo no puede ser diferente al del maestro: entregarse, amar hasta el extremo, morir para dar fruto.

- puede soplar sobre las ascuas de nuestra fe para avivar un fuego que ilumine y de calor; 

- puede sacarnos del desencanto, al que nos habíamos acostumbrado, de tantas búsquedas frustradas, de tantos sueños rotos, de tantas promesas incumplidas que nos van secando el corazón; 

- puede fortalecernos con su Palabra para que no sigamos huyendo de su llamada, dejando que el tiempo, los miedos y la inseguridad nos impidan decidirnos totalmente por Él, por su Reino, por su Evangelio.

- puede hacernos descubrir que no estamos solo, que se ha quedado con nosotros en la eucaristía para que nunca más nos sintamos perdidos sin remedio, abandonados a nuestra suerte...

Sí, ¡encontrarse con Cristo en este tiempo de Pascua puede ser muy peligroso!

18 de abril de 2019

DEJARSE QUERER POR UN AMOR ASÍ


Sabemos por las Fuentes Franciscanas que el Santo de Asís vivía los días del Triduo Pascual con una gran intensidad espiritual, preparándose a conciencia durante toda la Cuaresma. 

San Francisco nos enseña a vivir desde dentro estos días santos, dejando que resuenen en nuestro corazón estas palabras: “Aquello sucedió por mí”. No para caer en la culpabilidad, sino para dejar que emerja el asombro, el agradecimiento y, al final, caigamos rendidos en adoración humilde: Sí, fue “por mí” y “por el mundo entero”... por eso te adoramos, Señor Jesucristo, aquí y...”. Esta es la clave. El sentido de la Semana Santa es entender que aquello sucedió por mí y que desde aquella hora todo es distinto, nuevo, definitivo, porque ya nada ni nadie podrán separarnos del amor de Cristo. 

San Francisco rompía en lágrimas al reconocer que misteriosamente el mundo, y cada uno con él, estaba siendo salvado a través de un Amor que se dejaba crucificar. Por eso dirá a un campesino que un día lo encontró sollozando por los alrededores de santa María de la Porciúncula: “Lloro la pasión de mi Señor, por quien no debería avergonzarme de ir gimiendo en alta voz por todo el mundo”.

Que en estos días nos veamos absolutamente implicados en primera persona en el Misterio de amor que vamos a celebrar, para que podamos revivir en la fe lo que aconteció en la historia: Cristo, crucificado por nosotros y resucitado para nuestra esperanza. “¿Por qué nos has amado tanto, Señor? ¿Por qué?”