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19 de diciembre de 2020

¿PRESCINDIBLE? NO PARA DIOS...


El ángel Gabriel fue enviado "a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret". Decir Galilea significa nombrar una región esencialmente comercial, cruce de gentes, tierra habitada por paganos... En aquella región, además, Nazaret es un lugar apartado, sin renombre, cosa que atestigua también el dicho reflejado por el evangelista san Juan: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn 1, 42). Desde lo alto de los cielos el mensajero de Dios desciende tan lejos y tan abajo. 

Sorprendente misterio el de las elecciones de Dios, que nos interpela y al mismo tiempo nos remueve: nadie es prescindible para Dios, de todos espera Él una generosa colaboración a su historia de salvación. Dios es tenaz en su amor, nos conoce y, aunque no invade, tampoco está dispuesto a darse por vencido tan fácilmente por más resistencias que pongamos por nuestra parte. Para Dios somos únicos e irrepetibles, por eso no le es indiferente nuestra respuesta, es decir, nuestro sí. ¡Para Dios no somos prescindibles!

Pero... ¿Y si todo esto no fuera sino una semilla loca que nuestra psicología ha creado, una especie de proyección o de ilusión? Dice san Francisco en una de sus oraciones: "Tú eres amor, caridad". El amor de Dios por nosotros no es una ilusión, porque podemos verlo y tocarlo en una persona: Jesucristo. San Francisco nos enseña a acoger en estos días la “verdad” del amor de Dios hecho carne, hecho niño por nosotros. Ojalá que en nuestro corazón nazca el asombro, el agradecimiento y, al final, caigamos rendidos como María ante un amor así, para el que no somos prescindibles: "Aquí estoy, Señor. Hágase en mí".

15 de mayo de 2019

CONTIGO, MADRE, TODO ES MÁS SENCILLO


María, la Madre del Señor, es modelo y guía para todo aquel que escucha, en lo más hondo de su corazón, la llamada del Señor y quiere darle una respuesta. La respuesta de María, llena de confianza, es el “Amén” generoso y total pronunciado con humilde y decidida adhesión a Dios, a su voluntad, a su llamada, a su proyecto de amor y salvación. Su “sí” inmediato le permitió convertirse en la Madre de Dios, la Madre de nuestro Salvador. 

María se mantuvo fiel a aquel primer “fiat” hasta el momento culminante de la crucifixión de su Hijo, cuando “estaba junto a la cruz”, sosteniendo, acompañando y participando del sacrificio redentor de Cristo. Y precisamente desde la cruz, Jesucristo nos la dio como Madre y a Ella fuimos confiados como hijos, ¡Madre especialmente de los sacerdotes y de las personas consagradas! 

Es por ello que podemos ponernos en sus manos si estamos descubriendo en nuestra vida la llamada de Dios que nos invita a encaminarnos por la senda del sacerdocio ministerial o de la vida consagrada. A Ella, Virgen valiente y fiel, podemos pedirle que custodie hasta el más pequeño germen de vocación en nuestro corazón. Y que arranque de él el miedo a pronunciar con alegría nuestro “sí”, nuestro “aquí estoy” humilde y decidido al Señor.

Madre de toda bondad, ¡ruega por nosotros!

2 de agosto de 2018

PERDÓN DE ASÍS: AL CIELO DE LA MANO DE MARÍA


Hoy, 2 de agosto, la Orden Franciscana celebra una de sus fiestas más entrañables: Santa María de los Ángeles y el Perdón de Asís. En la pequeña iglesita de la Porciúncula es el corazón de la Madre, la "Virgen hecha iglesia", como Francisco solía invocarla, la que acoge al peregrino. San Francisco sentía un cariño especial por esta iglesita, que se conserva dentro de la gran basílica de Santa María de los Ángeles, ya que fue una de las iglesias que él se encargó de reparar en los primeros años de su conversión y donde escuchó y meditó el Evangelio de la misión. 

Después de los primeros pasos en Rivotorto, obligados por el dueño a abandonar el pobre tugurio, se establecieron en la "pequeña porción" propiedad de los benedictinos del monte Subasio. Allí Francisco y sus primeros hermanos pudieron resguardarse casi como en el seno materno, para renovarse espiritualmente y volver a partir para la misión llenos de ardor apostólico. Allí, la tarde-noche del Domingo de Ramos de 1211, recibió a Clara. En ese mismo lugar, por intercesión de la Madre de Dios, Francisco obtuvo para todos un manantial de misericordia en la experiencia del "gran perdón" de Asís en 1216. Por último, allí el padre san Francisco vivió su encuentro con la "hermana muerte" la tarde del 3 de octubre de 1226.

Cuenta san Buenaventura que san Francisco amó a la Porciúncula con preferencia a todos los demás lugares, pues allí comenzó humildemente, allí progresó en la virtud, allí terminó felizmente el curso de su vida; en fin, ese lugar lo encomendó encarecidamente a sus hermanos, como morada muy querida por la Virgen. Y en otro pasaje nos dice que Francisco se estableció en la Porciúncula, una iglesita dedicada a la Virgen: una construcción antigua, pero entonces del todo descuidada y abandonada. Cuando el hombre de Dios la vio tan abandonada, empujado por su fervorosa devoción por la Reina del mundo, puso allí su morada, con intención de repararla.

¡FELIZ FIESTA DE SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES DE LA PORCIÚCULA!

13 de diciembre de 2017

ADVIENTO: VOLVER A LO ESENCIAL CON MARÍA

"Haced lo que Él os diga" (Jn 2, 1-11)

Vivimos en un mundo que cambia con una rapidez increíble: los cristianos no podemos permitirnos el lujo de vivir «distraídos», de dejarnos «distraer», de dejarnos llevar aquí y allá en vez de estar centrados en lo esencial, en una vida interior continuamente custodiada, renovada y fortalecida. La Iglesia, un año más, nos está regalando un tiempo precioso para «tomar el pulso» a nuestra vida de fe y a la esperanza que hay en nosotros: el Adviento. Durante este tiempo, si así lo queremos, la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de la Virgen María, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor, el único que salva y consuela realmente.

Sí, queremos estar despiertos, con las manos, los ojos y el corazón bien abiertos, como aquél que permanece vigilando, ¡como el más sagaz de los centinelas!, preparados para salir al encuentro del Señor apenas sintamos sus primeros pasos. La Iglesia necesita centinelas, hombres y mujeres que jamás dejen de esperar y de velar en su corazón. Para ello es necesario, como hacía san Francisco, ¡uno de los mejores centinelas que ha tenido la Iglesia!, que aprendamos a dar gratuitamente un poco más de tiempo al Señor en nuestra vida; que creemos amplios espacios de silencio y escucha para custodiar su Palabra a fin de que ésta sea nuestra lámpara y para adorarle en su presencia eucarística; y que renovemos nuestra fe, es decir, la decisión firme de confiar nuestra propia vida a Aquel que es el único que puede darle plenitud en el tiempo y abrirla a una esperanza que lo transciende.

Vivamos este tiempo de espera junto a la Virgen María, nuestra Señora del Adviento. Pongamos nuestra mano en la suya y caminemos con alegría. Dejémonos guiar por Ella, para que reavive en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado en el mundo entero, de que venga su reino de justicia y de paz, y de que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. 

¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!