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17 de abril de 2021

TÚ ERES NUESTRA ALEGRÍA


Una de las cosas que más atrae de san Francisco es su alegría. En sus gestos, en sus palabras, en sus decisiones... reconocemos a un hombre que se sabía profundamente amado y cuidado por Dios. Escuchando a Cristo a través de su evangelio descubrió que sólo una cosa era necesaria y bastaba para todo: dejarse hacer, dejarse guiar, dejarse transformar por el Espíritu de Dios. 

San Francisco, a partir de su conversión, dejará de buscar el éxito y fama; ya no luchará por mantenerse en el pedestal porque habrá elegido el último de los peldaños, como Jesús, con Jesús. El no apropiarse de nada ni de nadie, de manera radical, será la raíz de su alegría verdadera: todo lo esperará de Dios, el altísimo y buen Señor, único necesario que basta para todo. 

Esta libertad del corazón es gracia, ¡sin duda alguna!, pero no ahorró a san Francisco de librar librar duras batallas: El siervo de Dios que no se enoja ni se turba por cosa alguna, vive, en verdad, sin nada propio. Y dichoso es quien nada retiene para sí, restituyendo al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios [Adm. 11].

¡Al Señor Jesús, que vive por los siglos, gloria y alabanza!

21 de enero de 2021

CAPACITA A LOS QUE LLAMA


Tomar la decisión vocacional es difícil, no podemos negarlo. Ante una opción que comprometerá tu vida entera, sentirás todos tus miedos, incertidumbres y limitaciones: “¡Ay, Señor! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho...” (Jeremías 1, 7). Pero Dios no se deja condicionar por nuestros miedos ni limitaciones. Es más, deja claro a Jeremías: ¡Precisamente porque eres joven te estoy llamando! Y es que, como seguro habrás oído, "Dios no llama a los capaces, sino que capacita a los llamados".   

No sé si has pensado alguna vez que Dios nos tiene una confianza enorme, no obstante nuestra fragilidad y nuestros límites... Está siempre dispuesto a aceptar nuestra pequeñez, nuestros “cinco panes y dos peces”, nuestro “sí” titubeante. Necesitamos recobrar la certeza de esta CONFIANZA de Dios hacia cada uno de sus hijos; intuir y experimentar, como san Francisco, la presencia viva y eficaz del Espíritu de Dios en nosotros: fuerza, luz, confianza, valentía. ¡Cuenta con Él y con su ayuda a la hora de responder! Llegar a tomar una decisión con la cual comprometerás toda tu vida, no sólo es difícil, que también, es sobre todo... ¡Una gracia! Hay que pedir al Espíritu Santo esa capacidad de respuesta. 

Entonces verás cómo, a pesar de todas tus limitaciones, o mejor, con todas ellas, es posible responder al Señor, como Isaías: “Aquí estoy, envíame” (Isaías 6,8); es posible decidirse como María, aún sin tenerlo todo claro: “Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho” (Lucas 1,38). 

Su amor cubrirá el resto de acciones que tu incapacidad no pueda alcanzar. Aquel que te llama y te ama, se encargará de todo lo demás... ¡No lo dudes! 

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

4 de febrero de 2020

SI ESTÁS A PUNTO DE DAR EL PASO


RECUERDA...

- que quieres entregarte por completo a Dios, porque Él se ha fijado en ti y te ha llamado por tu nombre, y esto es lo más grande que puede ocurrirnos en esta vida. ¡No retrases más tu respuesta! 

- que desde ahora no te pertenecerán tus ilusiones, tu vida, tus comodidades, el honor, el dinero, la gloria, la fama... Siempre que vayas detrás de estas cosas, te irás apartando de tu vocación. No olvides la promesa que el Señor te ha hecho y que Él siempre cumple: "El que deja casa, padre, madre, campos... recibirá cien veces más y la vida eterna". 

- que la vocación, la llamada de Dios, no se pierde pero puedes dejar que se enfríe si diariamente no cuidas esas pequeñas fidelidades que van centrando tu corazón en Cristo. 

- que las dificultades, las dudas, los momentos de oscuridad forman parte del camino. De ahora en adelante cuenta con ello y no te asustes: ¡Él no te dejará ni su gracia te faltará! Cuenta con los ratos de aburrimiento, con tus soledades, con la incomprensión de los demás, con la monotonía... 

- que la perfección no es de este mundo. No existe la Iglesia perfecta, el sacerdote perfecto, la comunidad religiosa perfecta, la parroquia perfecta... ¡Todo eso existe sólo en tu cabeza! 

- que el desánimo es la tentación de abandonar lo grande y siempre viene de nuestro enemigo. No te desanimes cuando palpes tu fragilidad, cuando te veas incapaz de salvar el mundo, cuando veas la posible dejadez de algunos consagrados, cuando te sientas un poco solo, cuando observes a tu alrededor la indiferencia de los que debían ser mejores.

- que sin vida de oración pronto estarás más cerca del "mundo" que del "cielo" y entonces nada valdrá la pena y entrarás en la espiral de la doble vida . 

- que una tentación constante en tu vida va a ser la de querer recuperar, poco a poco, lo que estás a punto de dejar o lo que ya dejaste. Y un consagrado a Dios no puede ser un triste solterón forzado a serlo... 

- que la felicidad en tu vocación está en razón directa con tu entrega sin rebajas, humilde, confiada. 

María dijo: "Aquí está la esclava del Señor, ¡hágase!"

8 de enero de 2020

TE ESPERA, TE BUSCA



La vocación no es algo que tú inventas o decides por tu cuenta: es algo que encuentras o que poco a poco vas descubriendo en tu vida. No es el proyecto que tú tienes sobre ti mismo, es el proyecto que Dios tiene sobre ti y que te invita a realizar. Por eso, para descubrir tu vocación, es fundamental crecer en el diálogo y la familiaridad con el Señor, es decir, aprender a orar con el corazón. Sólo mediante la oración es posible encontrar lo que Dios quiere de ti. En la oración, el Espíritu Santo afina tu oído y todos tus sentidos para que puedas escuchar y percibir la voz de Aquel que te llama por tu nombre y te conoce desde siempre: "Samuel, Samuel... Habla, que tu siervo escucha" (1Samuel 3, 10). Así fue también para san Francisco de Asís, quien, como nos recuerdan sus primeros biógrafos, "cuando oraba en selvas y soledades, hablaba con su Señor" (2Celano 95).

Todo esto te puede parecer un poco difícil… Es verdad, ¡a veces este camino se hace arduo! Pero no olvides la Buena Noticia de la Navidad, que celebraremos dentro de muy poco: ¡El Señor se deja encontrar! Más aún, no tiene otro deseo que ser encontrado y ha tomado Él la iniciativa saliendo a nuestro encuentro. Por eso, el Hijo de Dios, anhelando buscar al hombre, oveja perdida, deja la gloria del Padre y viene a nuestro mundo. Este misterio llenaba de alegría y de agradecimiento profundo el corazón de san Francisco. ¡Y no era para menos! 

El Señor puede y quiere hacerte entender que sus caminos para ti son más grandes de lo que te habías imaginado. Que donde tú ves limitación, Él encuentra posibilidad; que donde tú te cierras por miedo o falta de confianza, Él sabe que todavía hay mucho camino por recorrer. Entonces, ¿también tú estás dispuesto a dejarlo todo para seguirle?

Ven, Señor. Ven, Salvador

30 de noviembre de 2019

AQUÍ Y AHORA: NO DEJES PASAR LA VIDA


¿Habéis pensado alguna vez cómo continuaría la historia del “joven rico” del Evangelio? Jesús le invitó a dejarlo todo y seguirle. Pero él se asustó y se fue triste, porque "era muy rico". Hubo otros que sí le siguieron, que no dejaron pasar la oportunidad de su vida y fueron grandes apóstoles, grandes santos, con la ayuda de la gracia de Dios. Podemos suponer que, pasado el tiempo, a aquel joven le irían llegando noticias del Maestro. Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado...

Podemos imaginarnos que el personaje se ha hecho un poco más grande... Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio. Vive de nostalgias y de recuerdos, de lo que pudo ser y no fue. Hay algunos instantes de su vida que pesan en su alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel Maestro de Galilea que "mirándole le amó". 

El tiempo ha pasado. Hace unos años, con motivo de la fiesta de pascua, le contaron que lo habían crucificado. Y respiró hondo. «Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes y mis proyectos!». Pero, sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda a la mirada del Maestro, llena de un amor nuevo, distinto. En su mente seguía fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por miedo a arriesgar, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior. Descubrió que su deseo de entrega, su deseo de Dios, seguía allí, en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando.

Aquel hombre pudo haber sido un gran apóstol. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que no. El miedo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por miedo a perder esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus seguridades, a sus propios proyectos... ¿Qué es todo eso en comparación con el Reino de los cielos, con servir a Cristo y participar de su gloria, con la vida eterna?

Señor: ¡vence nuestros miedos y resistencias!

28 de enero de 2019

QUIEN ARRIESGA POR CRISTO, SIEMPRE GANA

Querer tenerlo todo claro o esperar la confirmación decisiva y evidente por parte de Dios antes de tomar una decisión, son dos reacciones (normales) que podemos experimentar a lo largo del tiempo de búsqueda vocacional. El problema es que pueden convertirse en justificaciones que esconden un ansia de seguridad y el deseo de una certeza tal que nunca vamos a tener y que, por supuesto, no pedimos a Dios en otros asuntos. 

El Señor, llamándonos, no nos indica exactamente lo que tenemos que hacer. Eso nos lo irá revelando poco a poco, a través de signos, personas, experiencias, en la oración... Su llamada es ante todo un encuentro que ensancha nuestro deseo de dar la vida, de entregar lo que somos, de dejarlo todo por Él, porque hemos encontrado el amor más grande. No tengamos ninguna duda: ¡Dios nunca jugará con nosotros, confundiéndonos con su propuesta! 

Si nos abrimos a la confianza y decidimos ponernos en camino, paso a paso, entonces experimentaremos que el pequeño grano de mostaza de la primera intuición o certeza de su llamada, comienza a crecer porque es una semilla que posee una gran fuerza, despertando en nosotros energías insospechadas y una alegría hasta entonces desconocida. ¿Te ha pasado algo así? No lo dejes pasar... 

Todo sería mucho más fácil si nos fiáramos. Lo único que se nos pide es dar el primer paso. Luego, ¡Dios dirá! ¿Y si resulta que ese no era mi camino? ¿Y si me equivoco? No pasa nada. Podemos no acertar a la primera. ¡Les ha ocurrido a muchos santos! Dios no te pide que aciertes siempre, sino que aprendas a confiar en Él. Quien confía en Él nunca se equivoca. Quien arriesga por Él siempre gana. Lo triste sería no dar el paso, permanecer en la duda, dejarse paralizar por el miedo, huir una y otra vez, posponer la decisión, esperar a que todo esté claro como el agua...   

26 de enero de 2019

EL TIEMPO DE LA VOCACIÓN


Cuando Dios llama, importa poco la edad, la experiencia, los títulos... Hace muchos siglos, Jeremías vivía en Anatot, un pueblecito cercano a Jerusalén, en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios para ser profeta. El chico se resistía aduciendo que era demasiado joven y débil para este oficio tan importante, pero Dios le respondió: «No digas que eres demasiado joven o demasiado débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré». ¿Qué más se puede pedir? Samuel, que llegaría a ser un gran profeta, recibió la llamada siendo aún niño y siempre le acompañó la gracia de Dios para realizar su vocación y cumplir su misión. 

San Alfonso María de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional; san Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una juventud bastante loca; y san Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos, tras una existencia aventurera. Dios llama cuando quiere y como quiere. Aunque también es cierto que su llamada suele llegar casi siempre en la adolescencia o en la juventud, como les ocurrió a san Francisco y a santa Clara.

Todos hemos escuchado alguna vez (o quizás también lo pensemos…) la cansina y socorrida cantinela de que «es demasiado joven para elegir ese camino», o que «ha de esperar a saber más de la vida», o que «ha de probar antes otras cosas, pensarlo bien y tenerlo muy claro». Sin embargo, la vocación no es programable: ¡El Señor llama cómo y cuándo quiere! Es cierto que somos nosotros los que libremente respondemos a su invitación, pero no es bueno imponer a Dios nuestro propio calendario. Con frecuencia, esta actitud es fruto de nuestros miedos e inseguridades... 

La llamada de Dios no es una “desgracia”, no nos hace perder nada, nada, absolutamente nada de lo que hace nuestra vida libre, bella y grande. Entonces, ¿por qué tener miedo? ¿Por qué pensar que Dios quiere “estropear” los mejores años de nuestra vida y por tanto hay que apurarlos al máximo? ¿Por qué seguir posponiendo la decisión que hace vibrar nuestro corazón, que nos hace soñar alto, que nos llena de una alegría sin comparación? Samuel, al final, con la ayuda del profeta Elí, respondió: "Habla, Señor, que tu siervo escucha". Y tú, ¿qué vas a responder?

14 de julio de 2018

LA VOCACIÓN: UNA EXPERIENCIA DE ENCUENTRO


Toda vocación nace del encuentro con Cristo, del diálogo con Él. Ya sea que una vocación madure de forma gradual, lenta, a través de etapas jalonadas en el tiempo, como sucede más generalmente; ya sea que la gracia del Señor golpee casi repentinamente, sobre un nuevo «camino de Damasco», como un chispazo, como una experiencia imprevista, que después se va precisando en el tiempo, la vocación es siempre y en cualquier caso una experiencia «de encuentro»: la voz del Señor empieza a resonar con fuerza en el corazón de una persona y la interpela, la invita y solicita una respuesta. Este encuentro (o encuentros) suele ir acompañado por una búsqueda de silencio y de lugares solitarios; de una o varias preguntas que resuenan insistentemente interiormente; de una “humilde certeza”, de una palabra o de una luz que te empuja a dar el paso, aun sin tenerlo todo claro. 

En la experiencia vocacional de san Francisco podemos descubrir cada uno de estos elementos: 

- La suya es, ante todo, la experiencia de una necesidad nueva y profunda de soledad y de silencio para reencontrar los susurros de aquella palabra que, en una noche llena de estrellas, por las calles de Asís, le había enamorado y trastornado y «de tanta dulzura había llenado su corazón, que ni siquiera podía ya hablar». Basta leer a Celano (1Cel 6) y la Leyenda de los Tres Compañeros (cap. III), para descubrir al joven Francisco que se encierra durante horas en una gruta: «Desde entonces, escondiéndose de la mirada de los hombres, se retiraba todos los días a hacer oración, atraído secretamente por dicha dulzura del corazón, la cual, visitándole cada vez con más frecuencia, lo invitaba a la oración, alejándolo de las plazas y de otros lugares públicos».

- Es también la experiencia de una insistente pregunta del corazón, aun antes que de los labios: «¿Qué quieres que haga...?» Una pregunta tan insistente y tan profundamente enraizada en el corazón de san Francisco que aflora hasta en sueños, en la noche de Espoleto: «¿Qué quieres que haga, Señor?» (Tres Compañeros 6).

- Y es, finalmente, la experiencia de la escucha de una Palabra que resuena en el silencio, delante del Crucifijo de San Damián: «Francisco, ve y repara mi casa...», a la que sigue una pronta respuesta: «Lo haré con gusto, Señor» (Tres Compañeros 13).

¡Habla, Señor, que tu siervo escucha!

17 de junio de 2018

¿CÓMO RECONOCER SI ES VOCACIÓN?


No es extraño que la voz de Dios tarde en esclarecerse, que no se escuche al principio con nitidez. De ahí la tentación de no prestarle mucha atención y de ir posponiendo sin cesar el momento de afrontar una posible llamada del Señor... Sin embargo, queremos animaros a que, si os encontráis en esa situación, en vez de escapar o no darle importancia, pongáis en práctica dos sencillas recomendaciones que nos vienen de la experiencia de san Francisco.

En primer lugar, orar, dialogar con Dios, rogarle que os haga ver con más claridad qué quiere de vosotros. Normalmente no lo hará por medios excepcionales, como a san Pablo camino de Damasco, sino que os dejará una cierta penumbra, quizá para no forzar vuestra libertad, para dejaros más iniciativa personal. En segundo lugar, pedir consejo a quien realmente os pueda ayudar y os oriente para descubrir la voluntad de Dios, en vez de a quien siempre os dice que no os compliquéis la vida. 

San Francisco no tomaba una decisión, grande o pequeña, sin recurrir a la oración. Aun para elegir si ir a predicar a un país o a otro “oraba e invitaba a los hermanos a orar, para que Dios inclinase su corazón a ir allí donde fuese mejor, según la voluntad divina” (Leyenda Perusa 108). La oración, por tanto, era indispensable para él. Junto a ella, también Francisco buscaba descubrir la voluntad del Señor en las resonancias interiores que su espíritu iba gustando: la alegría, la dulzura que le inundan llegan a ser el signo de que cumple la voluntad de Dios. Así experimenta que cuando se determina por un gesto de misericordia, aunque éste repugne a su naturaleza, como el servicio a los leprosos, experimenta una especial dulzura interior, a diferencia de cuando se abandonaba a los placeres de otro tiempo, que lo dejaban vacío (2Celano 9). 

Otro medio para descubrir lo que es mejor ante Dios es el diálogo con los hermanos y su consejo. En la Carta a un Ministro, refiriéndose a un problema concreto entonces suscitado, Francisco escribe que sería tratado en el capítulo general de Pentecostés, “con el consejo de los hermanos” (Leyenda menor 12). Cuando le vuelve la duda de si el Señor le quiere para la vida eremítica o para el apostolado, ora y hace orar, y habla largamente con los hermanos: “Hermanos, ¿qué decidís, qué os parece justo?” Luego manda pedir consejo a fray Silvestre y a Santa Clara: su respuesta es para él “indicación de la voluntad de Dios”. 

19 de abril de 2018

HAY UNA LLAMADA PARA TI

«El Señor me concedió de esta manera a mí, el hermano Francisco, el comenzar...». Con estas palabras empieza san Francisco la síntesis de su propio camino de conversión a Cristo, con el consiguiente descubrimiento de su vocación en la Iglesia. Y es que en la raíz de toda vocación no se da una iniciativa humana o personal con sus inevitables limitaciones, sino una misteriosa iniciativa de Dios: El Señor me concedió... 

Desde que comenzamos a existir en los designios del Creador y Él nos quiso criaturas, también nos quiso llamados, preparándonos con dones y condiciones para la respuesta personal, libre y consciente a la llamada de Cristo y de la Iglesia. Dios que nos ama, que es Amor, es «Él quien llama». 

Los discípulos fueron elegidos por el Maestro, no se presentaron voluntarios, al menos en su inicio, porque la amistad que ofrece Jesús es completamente gratuita. Y el que se siente querido por Jesús, sabe que el Maestro espera de él que sea un discípulo fiel y activo. Dar fruto. Buscar la santidad, que no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no seguir a otros "señores" y volver a levantarse siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, sino más bien del esfuerzo por no obstaculizar la acción de la gracia en la propia alma, siendo, más bien, sus humildes «colaboradores». 

Si hoy escuchas su voz, 
¡no cierres ni endurezcas tu corazón! 

7 de febrero de 2018

CAMINA, ¡NO VAS SOLO!


No es extraño que en el camino vocacional, el momento de la decisión conlleve franquear algunas barreras, vencer miedos y atreverse a hacer ese acto de confianza que nos abre a una vida nueva que no podemos controlar ni prever. San Francisco también tuvo que recorrer este mismo camino hasta poder exclamar en verdad: «De aquí en adelante puedo decir con absoluta confianza: Padre nuestro, que estás en los cielos, en quien he depositado todo mi tesoro y toda la seguridad de mi esperanza» (LM 2,4). Y un poco más tarde, sin esperarlo, el Señor le regaló hermanos para que nunca más caminara solo. 

Aquel que no es capaz de abrirse a la confianza, que no se reconoce en manos de Otro, se constituye en centro absoluto y, poco a poco, cae en la trampa del dominio, de la apropiación, del encerrarse en sí mismo. ¿Por qué? Porque si Dios no es su origen, el hombre debe «hacerse a sí mismo» él solo, a pulso. Se siente frágil. Se siente solo. Tiene miedo. Y disfrazará su miedo, su fragilidad, dominando o excluyendo a los demás. O excluyéndose a sí mismo. San Francisco descubrió que el secreto está en hundir sus raíces en otra parte, en Otro, con total confianza. Y apoyarse en la cercanía de los hermanos que Dios va poniendo en el camino. 

Entonces, superada la barrera de la desconfianza, liberado de todo tipo de seguridad en sí mismo, en lo sucesivo estará disponible en las manos del Padre, ¡las mejores!: Haz de mí lo que quieras. Su vuelta al «corazón del Evangelio» comienza por abrirse a la paternidad de Dios y al don de la fraternidad. Un camino que irá siempre a más... Por tanto, no tengas miedo de decir: Señor, pongo mi vida en tus manos. ¡Haz de mi lo que quieras! No caminarás solo... 

¡Al Señor Jesús gloria y alabanza!

26 de enero de 2018

NADA SE LE PUEDE COMPARAR


Deslumbrado, sorprendido, sin palabras... Así se ha quedado el joven de la imagen ante lo que acaba de encontrar. “El reino de Dios puede compararse a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra, lo primero que hace es esconderlo de nuevo; luego, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo”.

Amigo, si Dios te está revelando la existencia de un tesoro precioso... ¡Fíate de Él! La valía del tesoro es extraordinaria. Nada se le puede comparar. «No hay mayor amor que su amor, ni mayor alegría que su alegría», solía decir Madre Teresa de Calcuta. 

Deja de hacer cálculos: ¿Qué estás dispuesto a vender para conseguir ese tesoro? ¿Vale la pena quedarte con algo que te impida conseguirlo? ¿Te ha costado venderlo o lo has vendido corriendo de alegría? ¿Te estás desprendiendo de verdad o estás siempre con indecisiones? ¿Estás siempre pendiente de lo que has vendido o has empezado a dar gracias por lo que has encontrado? No olvides que quien elige, renuncia. Elige lo mejor y renuncia a todo aquello que es incompatible con lo que has elegido. ¿Sabes apreciar el don de Dios que has recibido? Sí, la vocación es un regalo de Dios. Este regalo es incompatible con otras cosas. Si lo aceptas has de renunciar a ellas. Por eso hay que arriesgarse a vender, si te decides a aceptar el regalo.

Ahora bien, no olvides que su llamada es ante todo un encuentro que nos abre a “algo nuevo”, mucho más grande y bello de lo que hubiéramos podido imaginar: ¡Él jamás defrauda con su propuesta! Sí, su llamada despertará en ti energías insospechadas y una alegría hasta entonces desconocida que llenará tu corazón plenamente…

ORACIÓN

Señor, tu Iglesia y el mundo tienen hoy una particular necesidad de sacerdotes, testigos fieles de tu evangelio y de tu ternura; tienen necesidad de consagrados y consagradas que manifiesten la profunda alegría de quien vive sólo para Ti, de quien hace propia la misión y el ofrecimiento de Cristo, de quien construye con el amor y la esperanza un mundo nuevo. ¡Bendícenos con nuevas vocaciones consagradas! 

Lleno de alegría, vende todo lo que tienes y sígueme

13 de diciembre de 2017

ADVIENTO: VOLVER A LO ESENCIAL CON MARÍA

"Haced lo que Él os diga" (Jn 2, 1-11)

Vivimos en un mundo que cambia con una rapidez increíble: los cristianos no podemos permitirnos el lujo de vivir «distraídos», de dejarnos «distraer», de dejarnos llevar aquí y allá en vez de estar centrados en lo esencial, en una vida interior continuamente custodiada, renovada y fortalecida. La Iglesia, un año más, nos está regalando un tiempo precioso para «tomar el pulso» a nuestra vida de fe y a la esperanza que hay en nosotros: el Adviento. Durante este tiempo, si así lo queremos, la Iglesia nos toma de la mano y, a imagen de la Virgen María, manifiesta su maternidad haciéndonos experimentar la espera gozosa de la venida del Señor, que nos abraza a todos en su amor, el único que salva y consuela realmente.

Sí, queremos estar despiertos, con las manos, los ojos y el corazón bien abiertos, como aquél que permanece vigilando, ¡como el más sagaz de los centinelas!, preparados para salir al encuentro del Señor apenas sintamos sus primeros pasos. La Iglesia necesita centinelas, hombres y mujeres que jamás dejen de esperar y de velar en su corazón. Para ello es necesario, como hacía san Francisco, ¡uno de los mejores centinelas que ha tenido la Iglesia!, que aprendamos a dar gratuitamente un poco más de tiempo al Señor en nuestra vida; que creemos amplios espacios de silencio y escucha para custodiar su Palabra a fin de que ésta sea nuestra lámpara y para adorarle en su presencia eucarística; y que renovemos nuestra fe, es decir, la decisión firme de confiar nuestra propia vida a Aquel que es el único que puede darle plenitud en el tiempo y abrirla a una esperanza que lo transciende.

Vivamos este tiempo de espera junto a la Virgen María, nuestra Señora del Adviento. Pongamos nuestra mano en la suya y caminemos con alegría. Dejémonos guiar por Ella, para que reavive en nuestros corazones la espera del Dios-que-viene y la esperanza de que su nombre sea santificado en el mundo entero, de que venga su reino de justicia y de paz, y de que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo. 

¡Ven pronto, Señor! ¡Ven, Salvador!