17 de noviembre de 2012

SANTA ISABEL Y LOS FRANCISCANOS SEGLARES

Hoy, 17 de noviembre, celebramos la fiesta de santa Isabel de Hungría, princesa y penitente franciscana del siglo XIII, patrona y modelo de la Orden Franciscana Seglar (OFS) o Tercera Orden. La santidad aparece en la historia de la Iglesia como un exceso de amor: por Cristo, por el Evangelio, por los pobres, por la Iglesia, por un mundo más justo... En santa Isabel, a pesar de los siglos, brilla con una fuerza siempre nueva este exceso. 

Su breve pero intensa vida, ¡murió con 24 años!, estuvo colmada de servicio amoroso y de alegría, pero también de sufrimiento. Su generosidad y su amor desbordante hacia los pobres, en quien reconocía el rostro de Cristo, provocó no pocos escándalos en la corte de Wartburgo; no encajaba en aquel ambiente refinado y ambicioso. Muchos la tenían como una loca. Se discute entre los biógrafos si fue echada del castillo de Wartburgo o simplemente se marchó. Lo cierto es que su respuesta a esta nueva situación de precariedad fue un canto de agradecimiento que pidió entonar en la capilla de los franciscanos, el Te Deum, por haber abandonado el castillo... 

Poco tiempo después, el Viernes Santo de 1228, puestas las manos sobre el altar desnudo de la capilla franciscana, hizo profesión pública de abandonar la lógica de este mundo para seguir a Cristo en pobreza y humildad, asumiendo el hábito gris de penitente como signo externo. Desde aquel momento, día tras día, hora tras hora, pobre con los pobres, libre de toda atadura, practicó la misericordia de Dios sin descanso, fundando hospitales y sirviendo personalmente a pobres y enfermos. 

Santa Isabel hizo resplandecer la luz y la esperanza en el corazón de muchas almas. ¡Sólo Dios sabe las lágrimas que secó, las heridas que vendó, el amor que supo despertar! Su santidad fue una novedad rica en matices que abrió un camino nuevo en la Iglesia y en la Orden Franciscana, siendo la primera mujer que alcanzó la santidad en el seguimiento de Cristo según la forma de vida de San Francisco, el pobrecillo de Cristo. 
 
En el día de su fiesta nos encomendamos a su intercesión, para que su testimonio siga iluminando nuestro camino cristiano y franciscano, especialmente el de los hermanos de la Orden Franciscana Seglar.